La Pasión y Muerte de Jesús fue recreada ayer, Viernes Santo, en Tegucigalpa con un vía crucis, donde cientos de feligreses renovaron su fe e hicieron gloria y gracias para el Hijo de Dios que nos liberó de todos los pecados.
El obispo Juan José Pineda dijo que Honduras es un pueblo lleno de fe, y por eso es necesario que nos solidaricemos con miles de hondureños y hondureñas que viven en estado permanente de Viernes Santo y lo hacemos proclamando nuestra fe.
Pineda sustituyó al cardenal Óscar Andrés Rodríguez, quien por primera vez en muchos años no lidera este vía crucis debido a una lesión en uno de sus tobillos. El llamado de la Iglesia es para que los hondureños seamos fuertes, que carguemos con nuestra cruz, que seamos fieles a las sagradas escrituras, porque solo de esa forma seguiremos el camino de Jesús, solo así lograremos la resurrección y la vida eterna.
Se señaló, además que sigue en ascenso la paternidad irresponsable, la injusticia social, y se cuestionó que muchos nos quieren despojar de la comunión, de la paz, e incluso del país, de la tierra que nos vio nacer.
Las escenas revividas en cada estación recuerdan lo que el Salvador del Mundo pasó previo a su muerte, todo por salvarnos, por demostrarnos su amor infinito.
I Estación: El miedo y la máscara nos impide ver a Jesús
Jesús es condenado a muerte. Se recordó que en las fiestas de pascua se acostumbra a soltar un preso en Jerusalén, y la muchedumbre pidió que liberaran a Barrabás y pidieron la crucifixión de Jesucristo, y Poncio Pilatos se lavó las manos diciendo que la sangre de ese justo recaería sobre ellos, la muchedumbre.
Jesús comparece ante Pilatos que preguntó al pueblo allí reunido qué debía hacer con Jesús y el pueblo grita “crucifícalo, crucifícalo, crucifícalo...”
El obispo Juan José Pineda dijo que “cada uno de nosotros estamos allí y somos incapaces de ver la ternura con que nos mira el hombre que destrozado por sus verdugos está frente a nosotros, incapaces de recordar sus palabras de vida, por el miedo al que dirán, los falsos respetos humanos, las máscaras, nuestras cobardías nos impide levantar los ojos y mirarlo”
Sin embargo, siguió, los que nos decimos sus discípulos, él nos ha dicho que nadie puede venir a mí, si mi padre no lo atrae.
Cuando vamos a la celebración de la eucaristía somos convocados por el Señor mismo, vamos a asistir al acto más grande de entrega de amor.
La santa misa es, por tanto, en primer lugar un encuentro con esa misericordia que Dios nos da, con esa conciencia debemos asistir, de que me voy a encontrar y reunir con Dios con todo lo que Él es, me voy a reunir con toda la Iglesia, con todos los hermanos y hermanas que Dios me ha regalado, por eso siempre empezamos poniéndonos en presencia de la santísima trinidad, comenzamos con la señal de la cruz, que en el fondo es una invocación de su presencia, y por eso siempre decimos “en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, en el nombre del Espíritu Santo”, es por ellos y con ellos como celebramos la santa misa.
En ese sentido, Pineda preguntó ¿quién o qué nos convoca? ¿Es el Padre el que nos atrae o es la rutina o la costumbre o el qué dirán?... Porque si es el Padre iremos con el corazón abierto que junto con el que preside dispuestos a pedir perdón y a dejarnos limpiar por la misericordia de Dios nos acoge para participar de la fiesta.
Pero si no vamos con el corazón abierto seremos simple y sencillamente otros entre la muchedumbre, otros acusadores silenciosos, otros fariseos rechazando al que nos da la libertad porque tenemos miedo de perder lo que nos esclaviza, seremos otros Pilatos tratando de cumplir con nuestro vulgar y triste deber de lavarnos las manos.
II Estación: No pongamos cruces sobre los inocentes
San Mateo dice “vengan a mí si están fatigados o cansados y yo les daré descanso, tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y le darán consuelo a su alma porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Jesús acepta con mansedumbre la dura cruz que los soldados ponen sobre sus hombros, podemos contemplar lo que esto significa para su humanidad sin recordarnos lo que ha vivido desde su agonía. Los soldados no sienten por él ningún tipo de piedad y al ver cómo al aceptar su cruz, se doblan sus rodillas y su santísimo cuerpo se tambalea, eso les provoca risas, burlas y satisfacción, les provoca de todo menos dolor, ni solidaridad, mucho menos piedad.
Nos preguntamos al contemplar esta escena ¿cuántas veces hemos sido nosotros los que hemos colocado cruces en las espaldas de quienes nos rodean?
Cuántas veces nos hemos preguntado cómo los soldados, que se merecían esas cruces por lo que habían hecho, y sin embargo Jesús es inocente de todo pecado, así como muchos hermanos y hermanas nuestros, muchos sacerdotes inocentes son cargados con una cruz.
Muchas veces hemos sido nosotros los que nos hemos sentido cansados y agobiados y apunto de explotar por lo que vivimos, por las cruces que sentimos nos ponen los demás sobre nuestras espaldas.
¿A qué nos llama la palabra del Señor que hemos escuchado? ¿Qué es lo que nos pide, a lo que nos hemos de comprometer? En el camino de la vida todos somos llamados a seguirle y a resucitar con él, pero no hay resurrección sin cruz.
En la eucaristía cuando escuchamos su palabra ¿cuántos dejamos que sea luz en nuestra vida, lámpara en nuestro sendero? Si la respuesta es sí, ¿cuántas veces hemos ido a buscar refugio, consuelo y fuerza en el corazón de Cristo, en palabra de Dios y en la eucaristía? ¿Estamos siguiéndole como él nos lo pide con entereza, con amor y con fidelidad? O cuando llega el momento de la cruz la primera reacción y sensación es pedirle a Dios “quítame esta cruz”. Pero para llegar al Domingo de Resurrección tenemos que pasar por el Viernes Santo. Sigámonos preguntando ¿cómo es nuestra escucha de la palabra de Dios? ¿Será que solo tomamos de ella lo que nos conviene para acomodarla a nosotros para hacer solo nuestra voluntad y no la suya?
El Señor Jesús no tiró la cruz ni se bajó de ella, entonces nosotros no tenemos tampoco el derecho a arrancar ninguna página de la sagradas escrituras porque no nos conviene o porque no nos gusta.
III Estación: El desempleo y la muerte son como la primera caída
Jesús cae bajo el peso de la cruz. Sucederá tres veces durante el camino relativamente corto de la Vía Dolorosa.
“¿Cómo es mi fe? ¿Cómo es mi fe? ¿Cómo es mi fe?”, oreguntó el obispo Juan José Pineda, para luego decir que la caída “es consecuencia normal después de tanto maltrato, le hemos visto desfallecido desde que Pilato nos lo mostró cubierto de llagas después de su flagelación, por sus llagas hemos sido sanados, en sus llagas hemos sido curados”.
En esta primera caída de Jesús, podemos contemplar aquella primera, aquel primer momento de rechazo cuando dijo que era comida verdadera, aquella primera decisión que posiblemente nos aleja del camino por el que el Señor no invita a seguir a Jesucristo.
Esa duda puede ser una enfermedad, el desempleo, la muerte, una oración que sentimos no escuchada, una frustración, cualquier cosa nos lleva a esa primera caída, en el lenguaje vulgar en nuestro país decimos que “ante el primer problema nos escurrimos el bulto”; sin embargo, el Señor, ante la primera caída, persevera.
A veces asistimos incluso a la eucaristía y recitamos el Credo como algo que simple y sencillamente nos sabemos de memoria, pero que no es parte de nuestra vida, de nuestra fe.
“Por eso pregunto, de nuevo, ¿cómo es nuestra fe? ¿En quién creemos? ¿En quién confiamos? Solemos decir: ‘creo en Dios Padre Todopoderoso¿, pero en nuestro interior siempre hay una voz que nos dice ‘¿será?’ O ‘¿es cierto que crees en Dios Padre Todopoderoso?’”.
“También solemos decir, muchísimas veces, ‘creemos en Jesucristo Señor nuestro’, y hay una voz interior igual que los que escuchan que nos invita a rechazar al Señor Jesús y sus palabras porque son muy duras”.
El obispo Pineda preguntó a la feligresía que acompañaba el vía crucis: “¿Con esta primera caída el Señor Jesús habrá dicho, habrá pensado o sentido que en esa primera caída, que era Dios el que le invita a seguir caminando hasta llegar a la cruz?”.
En ese sentido, el líder religioso aconsejó que “sigamos nosotros caminando con nuestra profesión de fe, con la eucaristía, con el amor al prójimo, con la caridad fraterna, no seamos como algunos de los apóstoles que a lo largo del camino simplemente desaparecen, o no asumen su responsabilidad”.
Sentenció que “el que a lo largo del camino desaparece no cree en Dios, no cree en Jesucristo, no cree en la eucaristía, no cree en la palabra de Dios”.
Sin embargo, puntualizó, “en este camino de la cruz, Señor, caminamos contigo, creemos, te amamos, perseveramos, te escuchamos y te queremos encontrar en la eucaristía”.
Cristo se levanta de esta primera caída a duras penas para proseguir el camino. Los soldados que lo escoltan le gritan y lo golpean.
IV Estación: La mujer hondureña es fuerte, fiel y perseverante
Del evangelio según San Mateo, se relató que cuando fue bautizado Jesús, salió luego del agua y en eso se abrieron los cielos y vio al espíritu de Dios que bajaba como una paloma, y venía sobre Él y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi hijo amado en quien me complazco”.
El obispo Juan José Pineda explicó que el día que el señor Jesús fue bautizado y escuchó estas palabras del cielo: “Este es mi hijo amado”, esas mismas palabras utilizó María cuando se encontró con Jesús.
“En ese momento en que Jesús se encuentra con María ya sabemos cuáles son las palabras de la madre ‘este es mi hijo muy amado’ y el hijo mirando a su madre seguramente le habrá dicho ‘esta es mi madre muy amada’, y en este momento, Señor, vienen a nuestra mente tantas mujeres en nuestra Honduras que no solamente cumplen con su tarea y su misión de ser madres, sino también de ser padres por la irresponsabilidad de tantos varones”.
Gracias, Señor, porque María aparece en el camino de la cruz; gracias, Señor, por las mujeres de nuestra Honduras que se parecen a María, mujeres fuertes, fieles y perseverantes.
“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”, dice la palabra de Dios.
En esta parte del vía crucis que tuvo que vivir Jesús, María recordaba estas palabras. Las consideraba a menudo en la intimidad de su corazón y le dieron fuerzas.
El obispo Juan José Pineda pidió a la feligresía orar por los padrinos para que acompañen a los bautizados en su camino de fe... Pidió porque los bautizados renueven la gracia y su fe, para que sean discípulos fieles de Jesús.
Pidió además por los padres de Honduras para que se decidan a vivir y enfrentar con valentía su compromiso con fidelidad y acompañen a sus hijos en el camino que los lleve a la salvación eterna.
Rogaron al Señor para que todos los hondureños se decidan a vivir como hijos de Dios siendo luz para el mundo, así como Jesús lo fue para sus fieles.
V Estación: En Honduras hay quienes en vez de ayudar cargan con más cruces
El evangelio según San Lucas relata que a Jesús le preguntó un legalista que ¿quién era su prójimo? y Jesús le respondió con una de sus parábolas: Pasaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de los salteadores, que después de despojarle de todo le dieron una paliza, se fueron dejándolo medio muerto, casualmente pasaba por aquel camino un sacerdote y al verle dio un rodeo. De igual modo un levita que pasada por aquel sitio le vio y dio un rodeo.
Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y al verlo tuvo compasión acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino y lo montó sobre su cabalgadura y le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios y se los dio al posadero diciendo “cuida de él y si gastas algo más te lo pagaré a mi vuelta”.
Entonces, Jesús le preguntó al legalista ¿Quién de estos te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? y el legalista respondió “el que practicó la misericordia”, entonces, Jesús le replicó “vete y haz tú lo mismo”.
En esta quinta Estación Jesús también fue ayudado por un buen samaritano, Simón el Cireneo.
Cuando llevaban a crucificar a Jesús, Simón de Cireneo, que venía del campo, le ayudó a Jesús a llevar la cruz.
Jesús salió del pretorio llevando a cuestas su cruz, camino del Calvario; pero su primera caída puso de manifiesto el agotamiento del reo.
Temerosos los soldados de que la víctima sucumbiese antes de hora, pensaron en buscarle un sustituto. Entonces, el centurión obligó a un tal Simón de Cirene, que venía del campo y pasaba por allí, a que tomara la cruz sobre sus hombros y la llevara detrás de Jesús.
Tal vez Simón tomó la cruz de mala gana y a la fuerza, pero luego, movido por el ejemplo de Cristo y tocado por la gracia, la abrazó con resignación y amor y fue para él y sus hijos el origen de su conversión.
Siempre que ayudamos a alguien que necesita, lo hagamos de buen grado o no, es un signo de amor a Jesús.
El obispo Juan José Pineda señaló que “en este camino de la cruz también apareció un buen samaritano que te cuidase a ti Jesús, Simón de Cirene, nos duele pensar que en nuestra Honduras hay muchas hondureñas y hondureños que lejos de ser Simón Cireneo para cargar con la cruz de sus hermanos y sus hermanas, son todo lo contrario, les cargan con más peso, les cargan con más dolor, les cargan con calumnias y con insultos, queremos, Señor que nos enseñes a cuidar a los hondureños y hondureñas que aman y cuidan a Honduras porque si no cuidamos a los hondureños que aman al prójimo nos vamos a quedar solo con los que le quieren destruir a Honduras”.
En esta estación se oró para que el Señor nos enseñe a ser solidarios, para que al hacer la oración de los fieles todos nos sintamos hermanos de aquellos por los que pedimos.
También se elevaron plegarias para descubrir la bendición que hay en la oración comunitaria y sumarnos a ella con el corazón para sentirnos parte de la Iglesia Universal.
Asimismo, para incluir en las oraciones particulares nos sintamos acompañados por los hermanos y hermanas que viven con nosotros la Eucaristía.