El taxista Mario Raudales no se imaginaba que entre los aficionados que le veían jugar estaban sus asesinos.
El malogrado conductor jugaba una gran final que disputaban dos equipos burocráticos en la colonia 30 de noviembre al norte, de la capital.
El partido transcurría entre los gritos de gol de los aficionados de ambos cuadros.
Al finalizar el encuentro, y cuando el taxista se aprestaba a subirse a su carro, los sicarios encapuchados le dispararon varias veces hasta quitarle la vida.
De inmediato los asesinos salieron corriendo, huyendo de la escena del crimen.
Se sospecha que la muerte le vino en circunstancias parecidas a los demás: negarse a pagar extorsión a los mareros, esa plaga que no da muestras de desaparecer.