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Un paseo por las nubes

Una pareja estadounidense deja su casa en Portland, Oregón, y viaja 6,920 kilómetros para disfrutar de su casa de campo ubicada en un pueblo en medio de la nada en los Andes ecuatorianos.

FOTOGALERÍA
23.06.2013

Tener una casa de campo es el sueño de muchas familias.

Sin embargo, la mayoría de las personas no están dispuestas a manejar más de unas cuantas horas para tener un hogar donde compartir los fines de semana y las vacaciones.

Pero Judy Blankenship y Michael Jenkings dejan su casa en Portland, Oregón, y recorren 6,920.2 kilómetros –un viaje de dos días que por lo general implica tres vuelos y un miserable recorrido en autobús, de cerca de cinco horas, pero se siente más como de una semana– hasta un descuidado pueblo, arriba, en los Andes ecuatorianos.

Su casa en el pueblo no tiene televisión, ni lavadora de platos, ni calefacción, además del hogar de adobe en la sala. No se puede confiar en el clima de locura, el aire delgado causa todo tipo de estragos corporales, no tienen coche y los pocos amigos dispuestos a hacer el arduo viaje para ir de visita se dan cuenta, al llegar, de que no hay nada que hacer.

No obstante, Jenkins, un contratista, y su esposa, fotógrafa y periodista, han venido desde hace casi un cuarto de siglo y han establecido una rutina: llegan en enero, como exóticas aves migratorias, y se quedan hasta junio, más o menos. Ni siquiera sus vecinos en el pueblito saben bien por qué.

¿Qué es lo que hace que regresen?

Además de la riqueza de la cultura cañarí local, cuyas tradiciones y folclor se ha dedicado a documentar Blankenship, está una de las vistas más espectaculares del mundo.

La casa de la pareja está tan arriba que desde las ventanas pueden ver las nubes que se levantan desde el valle abajo, como si fueran olas espumosas.

“Realmente es un mundo en sí mismo”, señaló Blankenship, de 72 años.

Cuando extraños los detienen en la calle y preguntan, con interés genuino, qué es exactamente lo que les gusta de vivir aquí (algo que sucede con más frecuencia de la que se puede pensar), Jenkins, de 74 años, responde simplemente, en español sencillo: “Es como un pedazo de paraíso en el cielo”.

CURIOSIDAD. Los rumores rondan a la pareja como si fueran actores que filman una película en una locación remota. Y no solo es porque Blankenship publicó hace poco un relato sobre el tiempo que pasan aquí, Our House in the Clouds: Building a Second Life en the Andes of Ecuador.

O porque mientras otros en la comunidad levantan modernas casas de concreto, la pareja hizo la suya en la forma en la que se construyeron durante cientos de años, usando métodos de construcción con barro, transmitidos de generación en generación.

“Somos la única gente de fuera”, dijo Blankenship. “Y nos gusta así”. Para empezar, fue su fascinación por las tribus andinas, cuando trabajó como educadora de derechos humanos y fotoperiodista en América Latina en los 80, lo que los trajo al pueblo e inspiró esta extraña segunda vida.

En Portland viven en una casa victoriana bastante convencional y trabajan para ganarse la vida como cualquiera –Jenkins en trabajitos de contratista y Blankenship editando y escribiendo proyectos como periodista independiente– y apartan dinero suficiente para subsidiar el tiempo que están fuera.

La vida en Ecuador es más simple y mucho menos cara. Su presupuesto de 10,000 dólares les alcanza, en general, para seis meses, con suficiente para unas vacaciones cortas.

En el pueblo, viven en una casa de bahareque, con marco estructural de madera, y paredes rellenas de paja y barro. (Les costó solo 75,000 dólares en 2006, incluidos el terreno de dos hectáreas, la mano de obra y los materiales.)

Y se ocupan en observar la dinámica del cielo o a los bueyes cuando se labran las tierras distantes desde los enormes ventanales.

De la cocina siempre salen aromas grandiosos porque es donde Jenkins cocina y hornea constantemente. Y las noches los encuentran acurrucados junto a la chimenea, escuchando ópera o a Al Green, o viendo una película en una computadora portátil.

Si se los invita a salir a cenar, como debería hacerlo cualquier huésped decente, admiten que no hay un solo restaurante decente en ninguna parte cerca. Pronto sale a la luz que cosas como mantequilla y queso reales tampoco se consiguen en ninguna parte cerca.

Tales lujos comestibles requieren subirse a un autobús y viajar a Cuenca, una ciudad de medio millón de habitantes, a unos 88.5 kilómetros de distancia.

Jenkins y Blankenship hacen el viaje cada semana, más o menos. Él juega ajedrez en el club local y compra las provisiones; ella se reúne con los curadores del museo y se va a comer con amistades. En realidad, no están aquí por la vida urbana ecuatoriana.

De día, Jenkins prefiere trabajar en mejorar la casa. O camina al pueblo a hacer mandados, deteniéndose a platicar con quien se encuentre en el camino.

Blankenship lee y escribe, o visita a personas de la tribu cañari, quienes se dirigen cariñosamente a ella como Judicita.

Un pueblo espiritual y reservado, los cañaris siguen un código social basado en la reciprocidad de bienes y servicios. Blankenship ha sido su autodesignada (y no remunerada) documentalista en forma intermitente desde hace 25 años.

Al principio, recordó, no fue fácil. Cuando trataba de fotografiarlos o pedía ir con ellos, se negaban moviendo la cabeza.

“Estaba en un mal lugar porque había una larga historia de académicos, principalmente estadounidenses, que venían y se iban sin dejar nada detrás, como no fueran vergüenzas”, dijo.

“Los cañaris siempre cooperaron con las investigaciones, pero se quejaron de que no hubo nada real que las mostrara, ninguna fotografía ni libros suyos”.

ENCUENTRO CON LOS CAÑARIS. Con el tiempo, llegaron a conocerla y a confiar en ella. Y la pareja aprendió a tolerar exquisiteces como cocuyo rostizado y tragos de zhumir, el aguardiente local. Pronto, los cañaris posaban para las fotografías y compartían historias de familia.

Como dijo Jenkins: “Judy tiene credibilidad callejera en todos los pueblos. Siempre termina las cosas y hace lo que dice que hará”.

En el camino, han sido padrinos de cuatro niños cañaris, y Blankenship obtuvo dos subvenciones Fulbright y de otras instituciones que les han permitido pasar más tiempo en los Andes.

A Jenkins le inquieta que ella trabaje tan duro, en especial ahora que su archivo fotográfico, y las historias en audio y escritas que ha recopilado están a punto de exhibirse en forma permanente en un nuevo centro cultural en el pueblo.

Desde hace poco, Blankenship está más ansiosa por completar su trabajo y asegurarse de que quede algún registro de estas tradiciones tribales aisladas antes de desaparecer bajo las presiones de la vida moderna.

“Se está muriendo la generación más vieja, los que saben todo sobre el tejido, las canciones, los bailes, los mitos”, contó.

“Y, definitivamente, la generación más joven no sigue con estas cosas”.

Puede resultar difícil equilibrar dos vidas y dos casas a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, es refrescante: siempre hay algo diferente por venir. Las transiciones son la parte más difícil, dijo Jenkins, porque una vez que te estableces, puede ser difícil irte.

En Cañar dijo: “Me encanta levantarme, preparar el café y mirar por la ventana para ver cómo se forma el día. Ir al pueblo porque nunca sabes con quién terminarás platicando”.

La vida en Portland es más ocupada y ruidosa. Y se espera más de ellos, en particular porque tienen que meter 12 meses de trabajo y reuniones con amistades en la mitad del tiempo, dijo Blankenship.

“Es como un carrusel, simplemente agotador. Es raro que tengamos una noche o un fin de semana abiertos”.

Sin embargo, todo eso está bien porque Cañar no tarda en llegar. Después de un periodo de cinco años alejados, cuando estaban muy ocupados volviendo a llenar las cuentas bancarias, volaron de regreso para asistir a una exposición de las fotografías de Blankenship en un museo de Cuenca.

“Cuando tomamos el autobús rumbo a las montañas, me dio un vuelco el estómago”, contó ella.

“Era como ver a un antiguo amante”.

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