CONFESIÓN
La cara asustada y los ojos nerviosos describían por sí mismos la presión a la que estaba sometido aquel hombre desde hacía mucho tiempo.
Estaba delgado, tanto, que parecía que el uniforme no fuera suyo, a pesar del fichero con su apellido que lucía sobre la bolsa izquierda de la fatiga, y se notaba decepcionado y triste, pero también encolerizado y decidido.
Respiraba con la boca, sus labios resecos y sin color mostraban la ansiedad que se esforzaba por controlar mientras sus ojos empezaban a iluminarse con la cólera que guardaba desde hacía mucho en su pecho y que iba saliendo poco a poco, conforme se tranquilizaba. Al final, su voz sonó clara y fuerte, aunque su tono parecía misterioso.
“Esto hay que pararlo –dijo, mirándome fijamente–; la Policía no puede seguir en boca de todo el mundo por la ambición de unos cuantos y por el miedo de los que tienen que tomar decisiones”.
Se detuvo de pronto, como si aquel esfuerzo lo hubiera debilitado al extremo. Tras largos segundos, agregó:
“Yo soy policía por amor a la carrera; mi padre fue policía, y también mi abuelo y mi bisabuelo. Muchos de mis familiares han sido policías. ¿Ve esta foto? Este es mi bisabuelo y este es el coronel Tomás “Caquita”, el policía más duro y más efectivo del general Carías. ¿Ve por qué quiero tanto a esta institución?”
Siguió a esto un momento de silencio. El policía continuó:
“Aquí en La Paz han pasado muchas cosas, cosas que no me gustan. Y yo hablo por La Paz porque es mi departamento y aquí estoy asignado, y uno ve muchas cosas. Hombres disfrazados de policías están manchando la institución, porque esos son cualquier cosa, menos policías.
Ellos trafican con café, con ganado robado, con carros ilegales, con municiones de guerra, extorsionan, secuestran y hasta matan, y nadie se mete con ellos… Y ¿sabe qué es lo peor? Que tienen contactos en el Ministerio Público y en los Juzgados para salvarse ellos mismos y para salvar a sus cómplices, pero también para hundir a quien se les ponga por delante. ¿Se ha fijado cómo hay jueces y fiscales casados o ‘amachinados’ con policías? No es que no se pueda pero...”
En este punto levantó los hombros, torció un labio y levantó las palmas de las manos. Ahora se sentía más seguro.
INDIGNACIÓN.
Ahora le brillaban los ojos.
“Mi subcomisionado Lozano es un buen policía; es un buen hombre, pero estuvo muy poco en La Paz y creo que no se dio cuenta de la podredumbre que hay aquí. Yo me atreví a escribirle a mi general José Simeón Flores, el que estaba en Asuntos Internos, pero parece que nunca le llegó mi denuncia, pero mire, aquí tengo copia con el sello de recibido, la fecha y la firma de la persona que recibió… Un día fui a preguntar cómo iba ese caso y nadie me dio razón. El expediente no existe…”
“¿No tiene miedo de hacer esto?”
“¡Claro que tengo miedo! Y más ahora con lo que ha pasado con el doctor de Marcala”.
“¿Cuál doctor?”
“El doctor Erwin Mejía…”
“¿El del atentado contra la fiscal?”
“Sí”.
“¿Qué ha pasado con él?”
“Se lo están llevando de encuentro… –El hombre hizo una pausa, miró hacia los lados y retuvo la respiración, luego, bajando el tono, dijo–: ¿Quiere que le cuente ese caso?”
“Sí, pero solo si no le causa problemas”.
Nueva pausa.
“Bueno, ya estoy en problemas. Le voy a hablar del caso pero sin nombres. Usted no necesita nombres para sus historias, ¿verdad?”
“En realidad no. Lo único que me interesa es que las historias sean verdaderas, que sean reales”.
El policía sonrió.
Alrededor silbaba el viento, los pájaros volvían a sus nidos y, a lo lejos, sobre las montañas llenas de pinos, brillaban los últimos reflejos del sol tiñendo las nubes con largos trazos dorados. La tarde estaba fresca, pero él sudaba.
“Yo no meto las manos al fuego por nadie –dijo, al poco rato–, pero el doctor no quiso matar a la fiscal, se lo digo yo que sé muchas cosas de Marcala, y cosas probadas… Allí hay gato encerrado. Esa bomba es parte del show y alguien se quiere sacar un clavo con el doctor… Yo se lo puedo probar…”
“A mí no debe probarme nada… ¿Habló con el juez? ¿Ha hablado con sus superiores sobre este caso?”
“El caso es reciente y estoy esperando más información para escribir un informe. Pero yo sé lo que le digo”.
“¿Y si lo llaman como testigo?”
“Mire, yo soy policía y siempre he estado dispuesto a poner el pecho por defender al ciudadano, y si tengo que testificar en este caso, pues lo hago, y no como testigo protegido porque eso aquí no funciona, y en La Paz, en todo el departamento, nos conocemos todos. ¿Me entiende?”
“Sí”.
“¿Usted sabe lo que es un allanamiento?”
“Sí”.
“¿Está usted de acuerdo en que en un allanamiento los policías se lleven alhajas, lociones, celulares, dinero, rompan puertas, aterroricen a niñas inocentes, golpeen a los detenidos, los humillen y no les lean ni sus derechos?”
“No, claro que no”.
“Pues eso fue lo que pasó cuando detuvieron al doctor… Esos no son procedimientos policiales; son procedimientos de otro tipo…”
“¿Cómo sabe todo esto?”
El hombre soltó un suspiro largo y sonrió. Era una sonrisa entre maliciosa y triste.
“Yo estuve allí… –dijo, soltando las palabras despacio–. ¿Y quiere que le diga algo más? Varios de los policías que andaban en el allanamiento ni siquiera son policías… Creo que son enemigos del doctor… Pero eso la fiscalía y el juez no lo saben… ¡Pero tienen que saberlo!”
“¿Está seguro de lo que me está diciendo?”
“Sí. No lo dude.”
“¿Puedo escribirlo?”
“Si usted quiere… Yo creo que hay que hacer algo por sacar a los malos de la Policía, y que hay que hacerlo ya.”
CASO.
La madrugada del sábado veintiuno de abril de dos mil doce era tranquila. Era una madrugada hermosa de Marcala, La Paz; los gallos cantaban, algunos perros ladraban y, de vez en cuando, se escuchaba el motor de algún vehículo a lo lejos. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de pasar en aquella calle silenciosa, justo en la vivienda de la fiscal del Ministerio Público.
Los hombres avanzaron hasta situarse frente al garaje. Nadie podría decir de donde salieron, pero su presencia en aquel sitio no era normal. Las sombras cubrían sus rasgos y, al decir de un policía, “tal vez sea difícil identificar al hombre que se acercó al portón, aunque dicen que tienen una foto…”
La explosión estremeció el suelo. El eco profundo del estallido retumbó a lo largo de la calle, alarmando a los vecinos, y luego se perdió ondulando a lo lejos.
“Hay un testigo que vio a dos hombres salir corriendo antes de que la bomba estallara –dice el policía, revisando unas hojas de papel impresas, copias fotostáticas perfectamente legibles–; uno era bajo y delgado, y andaba una gorra y una chumpa. El otro era alto y corrió hasta doblar una esquina. Después el testigo dice que escuchó el ruido de un motor…”
El terror entró a la casa de la fiscal. Los daños mostraban el poder destructivo de la granada y, por desgracia, mostraban un aspecto mucho más grave y delicado: el irrespeto a la majestad de la justicia; el irrespeto a la ley y a su representante y la osadía de los criminales que creen que sí son capaces de tomarse el país y poner de rodillas a toda una sociedad.
ATENTADO.
La aldea San José es un caserío pintoresco situado entre Marcala y La Paz. Es una zona de Honduras donde la gente sobrevive entre la cruda realidad y la esperanza, donde la pobreza sigue marcando la vida de hombres, mujeres y niños, y donde aún se esperan los cambios que van a mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.
La camioneta avanzaba rápido por la carretera, algunas vacas arrancaban la hierba a las orillas y varios niños jugaban atrás de los cercos de alambre de sus casas de adobe y bahareque.
De la carretera asfaltada se levantaba un vapor vidrioso y el calor era sofocante.
El chofer bajó la velocidad, avanzó cien metros más y, de pronto, escuchó a sus espaldas un ruido que casi lo paralizó.
En ese momento sintió que varias balas traspasaban el metal de su camioneta, y aceleró. Cuando supo de donde venían las balas, trató de defenderse.
No estaba herido y repelió el ataque con su propia arma. Los atacantes se replegaron, sin dejar de disparar, y el doctor Erwin aprovechó aquellos breves segundos.
Los últimos disparos los escuchó cuando tomaba una curva casi a cien kilómetros por hora. Un minuto más tarde, estaba lejos de San José.
Manejó hasta que sintió que le dolían los dedos que apretaban con fuerza el timón y vio por el retrovisor que estaba solo. Sus atacantes habían desaparecido.
Se estacionó a un lado de la carretera, tragó aire, dio gracias a Dios, y tomó una decisión: regresaría a Marcala a poner la denuncia a la Policía.
“Dios santo –dijo–, ¿quiénes eran esos hombres?”
Dios no respondió.
El viaje de regreso a Marcala se le hizo eterno. No se detuvo hasta llegar a la Policía.
“Quiero denunciar un atentado”, le dijo al primer uniformado que se encontró.
“¿Qué atentado?”
“En la carretera, en la aldea de San José… Unos hombres me dispararon. Quisieron matarme… Mire la camioneta como está de perforada por las balas… Vengo a poner la denuncia…”
“Usted cómo se llama…”
“¿Es que no me conoce?”
“Su nombre, señor”.
“Erwin Mejía… Erwin Francisco Mejía Pineda… Doctor en…”
“Sí, ya sé quien es usted… Espérese allí… El jefe está descansando…”
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA