Tegucigalpa, Honduras
Este relato narra casos reales.
Se han cambiado u omitido los nombres y algunos detalles.
NOTA INICIAL. Esta es la segunda entrega de “7 crímenes extraños”, una compilación de casos criminales cuyas características poco comunes los hicieron interesantes para muchos lectores y lectoras que pidieron un resumen, un recuento de estas historias que forman parte de la historia negra de Honduras, esa parte indivisible de la historia de la sociedad que se escribe con la sangre, la angustia y el dolor de las víctimas, y que es, hay que aceptarlo, un subproducto de la misma sociedad a la que aterrorizan.
3. “MIREYA MIGUEL”
NIÑO. Desde pequeño, Miguel fue diferente. Prefería jugar con sus hermanas que con los niños del barrio, siempre estaba bien bañado, vestía con pulcritud, nunca se ensuciaba la ropa y le gustaban las cosas de la cocina. Su mamá creía que Miguel sería un hombre hogareño, buen esposo, padre ejemplar y, sobre todo, buen hijo.
El papá brillaba por su ausencia, pero cuando Miguel creció y parecía más una mujercita que un varón, desapareció para siempre. Una vez que Miguel lo fue a buscar para pedirle ayuda para los gastos de graduación, el hombre casi se muere de la vergüenza. ¿Habráse visto bestia más grande? Miguel salió llorando de la oficina de su “papá”… Pero Miguel lo perdonó.
“Él no sabe lo que hace, mamá –le dijo a su madre, limpiándose las lágrimas con el dolor de la señora–, y tampoco tiene la culpa de que yo sea como soy… pero una cosa sí le pido, mamita: que cuando yo muera lo busque para que me venga a ver, aunque sea en el ataúd, porque yo lo quiero mucho…”
“¡Ay, hijo!, vos me vas a enterrar a mí”.
“No, mamá… Yo me voy a morir joven… Esta no es vida para mí. Trabajo nadie me da, todo el mundo me ve como a un bicho raro, en la calle se ríen de mí, los clientes son abusivos… y solo entre gente como yo puedo sentirme tranquilo. La única persona que me quiere es usted porque hasta mis hermanos se avergüenzan de mí”.
Bien dice el doctor Emec Cherenfant: “La vida es un constante ir y venir entre la tristeza y la alegría”. Por supuesto, alegría no es sinónimo de felicidad. La felicidad es un estado emocional superior, efímero y huraño. Y Miguel nunca fue feliz. Tal vez tuvo alegrías, pero su vida estuvo marcada por mil amarguras. Cuando su papá lo vio en el ataúd, le regaló una lágrima. Tal vez Miguel le sonrió desde el cielo…
MUERTE. Lo encontraron muerto en una orilla del río Guacerique, cerca de la primera avenida de Comayagüela, poco antes de las seis de la mañana de un sábado lleno de sol. Tenía el escote del vestido abajo del pecho, la peluca sobre la cara, una de sus uñas quebrada, el vestido roto en la parte de atrás, a la altura de las caderas, las medias deshechas y los tacones de los zapatos rayados.
“El asesino lo arrastró por el pavimento –dijo uno de los detectives que fue al levantamiento del cuerpo–, y lo trajo hasta aquí”.
“Murió por asfixia” –dijo el forense.
“Pero no tiene señales de estrangulamiento en el cuello”.
“No, pero la causa de muerte fue asfixia…”
“Tampoco tiene señales de violencia, ni heridas de defensa. Nadie lo atacó…”
“Tiene una uña quebrada y parece que tiene sangre en otras uñas”.
“Tendré el informe de la autopsia en la tarde”.
“Doctor –dijo el detective–, ayúdeme con esto antes de que se lleven el cuerpo… ¿Qué es lo que tiene en la garganta?”
La boca entreabierta de Miguel dejaba ver el fondo, donde destacaba un charco de líquido verde pálido.
“Es semen” –dijo el médico.
El detective se puso de pie, pensativo, miró al médico, se volvió hacia dos de sus compañeros y les dijo:
“Hay que entrevistar a sus compañeras de trabajo. Quiero saber quién vio a la víctima por última vez y con quién…”.
RESPUESTAS. “Sheila Jazmín” vio a “Mireya Miguel” por última vez a eso de las once y media de la noche del viernes. Iba caminando hacia el río, por la calle abandonada que da a la primera avenida. Adelante iba un hombre, un cliente, pero “Sheila” no lo vio bien, es más, estaba segura de que no lo reconocería si lo viera de nuevo.
“Era un hombre alto, ¿verdad?”
“Sí, me pareció…”
“¿Conocía usted a los clientes de ‘Mireya Miguel’?”
“A uno que otro…”
“¿Tenía clientes negros? De raza negra, quiero decir”.
“Aquí todas tenemos clientes así…”
“¿Diría usted que el cliente con el que se fue anoche su amiga podría ser negro?”
“Es posible…”
“¿Por qué?”
“Porque vi la sombra y era alto, más alto que ‘Mireya’”.
“Dígame una cosa… Los morenos que vienen aquí son jugadores de fútbol o de básquetbol, ¿verdad?”.
“¡Ay, usted! Usted como que es brujo…”
CAUSA. En la tarde, el detective de homicidios expuso su hipótesis al fiscal de turno.
“La causa de muerte de la víctima es asfixia por atragantamiento –dijo el detective–. Miguel se fue con un cliente a la parte más oscura de la calle, allí le hizo sexo oral, en el momento del clímax, el cliente agarró de la cabeza a Miguel, lo atrajo hacia él y, sin darse cuenta, el miembro entró en la garganta lo suficiente como para ahogarlo y quitarle la vida. Debe ser un negro fuerte, alto y bien dotado…
En el momento de la angustia de la asfixia, Miguel trató de zafarse, se aferró a las caderas del cliente, con mucha fuerza porque se le quebró una uña, pero este no sintió nada, hasta el final, cuando se dio cuenta de que Miguel estaba muerto… Entonces se subió el pantalón y arrastró el cuerpo de los brazos hasta la orilla del río, luego se fue del lugar, tal vez por la orilla…”
“Si es un jugador, ¿por qué no andaba en carro?”
“Sí andaba en carro… Estos hombres nunca salen solos a divertirse en las noches… A lo mejor sus compañeros, o su compañero lo dejó en El Obelisco y quizás quedaron de regresar por él…”
“¿Cómo lo vamos a identificar?”
“Bueno, eso es parte del trabajo policial”.
FINAL. Los detectives tardaron algún tiempo en identificar a un sospechoso. Uno de los compañeros de Miguel recordó un carro. Los policías esperaron cinco viernes para verlo aparecer de nuevo.
En él iban tres hombres, se estacionaron frente al parque El Obelisco, el chofer habló con dos personas que les ofrecieron sus servicios y, al día siguiente, los detectives tenían un nombre: el del dueño del carro. Lo demás fue puro trámite. Había dejado a su amigo hacía cinco viernes en El Obelisco y quedó de recogerlo media hora después, pero no lo encontró.
“No, no sé lo que pasó esa noche”.
Cuando los detectives se acercaron al hombre, este se puso blanco. Medía casi dos metros de estatura. Tenía varias cicatrices de uñas en el lado derecho de las caderas, una más clara que las otras.
El detective supuso que era la de la uña quebrada de Miguel. Dijo que tuvo sexo con él, que no supo en qué momento se ahogó… con su miembro… Cuando el fiscal quiso hablar con él, no lo encontraron. Dejó el país y su equipo de fútbol.
4. UNA MUJER INFIEL
CASO. Cuando a don Jorge le dijeron que su esposa se veía con otro hombre, no lo creyó. Él era un macho olanchano y a un macho como él la mujer jamás se atrevería a ponerle los cuernos.
¡No, señor! Pero, por si las dudas, y más para callarles la boca a los envidiosos, don Jorge imaginó un plan. Se iría de viaje por varios días, a arreglar algunos asuntos que tenía pendientes de sus negocios. Y, por supuesto, ser iría triste porque dejaba a su mujer en la casa.
La mañana del viaje se despidió de su esposa, hizo que subieran las maletas a su Ford 350 y él metió su enorme cuerpo en la cabina, y se fue. Eran las seis de la mañana.
Salió de la hacienda, pero manejó muy poco, escondió el carro y regresó a su casa. Llegó a eso de las nueve.
Todo estaba tranquilo, la casa estaba en silencio. Seguramente, su esposa dormía, inocente como un angelito. Es más, hasta quiso regresarse. ¿Dudar de su esposa? ¡Jamás! Pero era mejor seguir adelante. Los lenguas largas decían muchas cosas y los viejitos dicen que cuando el río suena…
Subió al segundo piso, se acercó a su cuarto y se detuvo una vez más. La puerta estaba cerrada. Su mujer dormía. Avanzó unos dos metros y se detuvo de nuevo, pero esta vez sintió que le jalaban los pelos de las patillas. Escuchó ruidos detrás de la puerta. Se puso rojo de ira. ¿Era posible? ¡No! Pero era mejor averiguarlo y terminar con aquella duda.
El ruido en el cuarto se escuchaba más claro, don Jorge agarró el pomo del llavín de la puerta, esperó un segundo y abrió. Y allí estaba su esposa, en su cama, desnuda, cabalgando como poseída sobre un hombre que se agarraba con fuerza de los barrotes del espaldar, gritando de gusto.
“¡Maldita!” –gritó don Jorge.
La mujer se detuvo, miró a su esposo, este estaba rojo de cólera, se bajó del hombre, vio que su marido trataba de sacarse la pistola de la cintura, pero esta se había trabado en la faja por el gatillo. La mujer saltó de la cama, el hombre desapareció por la ventana, la desnudez de la mujer encolerizó más a don Jorge al verla correr, desesperada, hacia el baño.
La mujer entró en él justo en el momento en que su marido sacó la pistola de la cintura. Ella cerró la puerta y don Jorge disparó. Y, un segundo después, don Jorge cayó muerto al piso. Cuando se perdió el eco del disparo, la mujer, suplicando, siguió refugiada en el baño.
Cuando el silencio fue completo, salió, abrió la puerta despacio y vio a su marido en el suelo. Entonces empezó a gritar, luego se vistió y llamó a la gente de la casa.
Cuando llegó la Policía, lo primero que hicieron fue acusarla de matar a su marido. Le era infiel, él la descubrió y ella lo mató, era así de sencillo. Según el fiscal le esperaban treinta años de cárcel.
“No, yo no lo maté… Él me halló en la cama con otro y se sacó la pistola para matarme, pero yo me escondí en el baño… Él me disparó…”.
Don Jorge tenía una herida a la altura de la tetilla izquierda. Una bala le perforó el corazón, matándolo de inmediato.
“Queda usted detenida por considerársele sospechosa de la muerte de su esposo…”
“No, yo no fui…”
El H-3, detective de homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, DNIC, entró en escena.
“Noté algo raro en aquella muerte, algo raro y cómico…, bueno, cómico no, solo raro”.
El fiscal detuvo a los policías que iban a esposar a la viuda.
El H-3 se acercó al baño, vio la puerta, revisó los dos agujeros que estaban uno sobre el otro y miró al fiscal.
“Ella le disparó desde adentro –dijo este–, y lo mató”.
“Solo tenemos un arma y es el revólver que está a los pies del muerto”.
“El caso está claro. Parricidio”.
“Veamos”.
El H-3 entró al baño, vio la losa de mármol de la pared de enfrente, vio en ella un pequeño agujero, cerró la puerta, midió el primer agujero de la puerta y luego el segundo, vio que había una especie de hueco en el agujero de la pared de mármol y sonrió. Luego salió del baño.
“Este hombre se mató solo –le dijo al fiscal–. La mujer dice que ella se bajó de la cama, que la pistola se le trabó al marido en la faja, que ella aprovechó para esconderse en el baño y que cerró la puerta, que es de cedro.
En eso, él hombre sacó la pistola y sin pensarlo dos veces, disparó contra la espalda de la mujer que acababa de cerrar la puerta del baño y se había protegido adentro. La bala, una sola bala, entró por la madera, rebotó en la pared de mármol, salió por la madera de la puerta y se le metió en el corazón al hombre. Eso fue lo que pasó”.
Después de un minuto, el fiscal sonrió.
“Vamos a necesitar su declaración en la oficina” –le dijo a la mujer.
NOTA FINAL. Se sabe que los caminos de la muerte son extraños, muy extraños.