Cuando le anunciaron a Anaím Orellana que sería el defensor público del expresidente Manuel Zelaya, respiró profundo y exclamó: “Hay que asumir el reto”.
Y, confiesa, el desafío lo enfrentó pese a que esa situación lo iba a poner en el ojo del huracán, pero no tuvo temor de las amenazas porque -asegura- ha sido un hombre de competencia.
Su etapa de representante jurídico de los que menos tienen ya pasó y ahora escaló hasta ser un juez de sentencia.
El salto en su carrera profesional ha sido mayúsculo, de hacer mandados y dejar encomiendas avanzó y hoy es un juzgador.
Sencillo, de plática amena, con modestia que a veces lo cohibe. Así se percibe la personalidad de este abogado con el cual EL HERALDO conversa para escudriñar su historia:
¿Sus inicios en el Poder Judicial fueron como conserje?
Primero estudié en la escuela Ramón Rosa, en Lempira, aquí en la capital estudié en el instituto Alfonso Guillén Zelaya, donde me gradué de perito mercantil.
En el Poder Judicial trabajo desde 1993, he asumido varios puestos, comencé en el área administrativa de conserje.
¿Cómo consigue el trabajo de conserje?
Por medio de un amigo de un hermano que también es abogado, le preguntaron si tenía un hermano que quería trabajar y tomé la decisión de venir.
¿Cuántos años tenía en ese momento?
Estaba por cumplir 17 años, solo estuve dos meses como conserje y me ascendieron dentro de la misma oficina, fue de oficinista.
Luego pasé a la jefatura de almacén de la Corte Suprema de Justicia, me desarrollé allí, estudié todo ese tiempo.
¿Entonces estudia derecho por el ambiente en donde trabajaba?
Le diré que yo pensaba estudiar Contaduría Pública porque la contabilidad se llevaba en esa área donde trabajaba, pero pedí consejos con gente de experiencia, con otros abogados y como la carrera de abogado me gustaba desde siempre, me matriculé en la misma y me gradué en 2004 y hasta la fecha no me arrepiento. Si volviera a nacer, volvería a estudiar derecho.
Como todo estudiante que trabaja y estudia hay sacrificios, pero cuando uno tiene ganas de superación no mira dificultades u obstáculos.
Me resultaba cansado salir de trabajar a estudiar, en el colegio me gradué en la jornada nocturna, el mayor sacrificio fue el cansancio, trabajar ocho horas diarias y luego salir a las 9:00 de la noche de la universidad, problemas de transporte, pero cuando uno se quiere superar lucha y lucha.
¿Cuando se gradúa de abogado se le abren más puertas en la Corte?
Terminando la carrera de derecho estuve trabajando en el juzgado Primero de lo Civil.
¿De qué?
Como escribiente y luego me ascendieron a la Relatoría de la Corte Suprema de Justicia, dos años después pasé a la Defensa Pública y después me dieron la oportunidad de estar en varios proyectos con la abogada Paulina de Licona, como por ejemplo en la Supervisión de la Defensa Pública a nivel nacional, proyectos de auditoría penitenciaria, posteriormente en 2010 paso a ser coordinador de la Defensa Pública de la zona central.
¿Qué representó para usted ser defensor público?
Es tener ese compromiso de ayudar a la gente más desposeída, a la clase más pobre, a veces le toca ver injusticias, frustraciones, ganas de ayudar a la gente, pero por limitaciones en el sistema no le puede ayudar y otra situación es que aunque uno quiera no puede porque hay hechos probados y el hecho está acreditado.
Me he sentido frustrado por no poder ayudar más a unas personas, pero ser defensor público es una labor muy noble, ayudar a la gente desposeída, eso es muy bonito.
La gente llega con sed de justicia y tiene necesidad de que la ayuden, hay abogados privados que les cobran a los clientes y no hacen todo el trabajo, los pobres llegan llorando angustiados y es ahí cuando uno quiere ayudarles y darles esa confianza.
Me dicen que su familia luchó para que todos salieran adelante.
Somos una familia que hemos luchado, mi mamá es una persona a la cual admiro bastante, somos diez hermanos, habemos de todo: abogados, maestros comerciantes...
Salimos adelante luchando, mi mamá tenía sus negocios y nuestros hermanos mayores nos ayudaban cuando ya ellos trabajaban.
¿Y su padre?
Murió cuando yo tenía seis años, así que mi madre fue padre y madre para nosotros.
La clave fueron los valores morales, esos valores espirituales que vienen de la familia. Mi madre ya pasa descansado en la casa y nosotros los hijos miramos por ella.
Yo no tengo malos recuerdos de mi infancia, fui un niño de campo, viví en la naturaleza de forma distinta al niño de ciudad.
¿Están por sonar las campanas de boda?
Creo que ya hemos llegado a esa etapa, el matrimonio no se improvisa, es una institución que es dada por Dios y estar seguro de lo que se va a hacer en la vida y tener una base profesional y personal para que el matrimonio sobreviva y se fortalezca cada día. Se llama Claudia Orellana y también trabaja en el Poder Judicial.
¿Qué le dice su futura esposa de los riesgos que hay como juez?
No, ella me apoya, la verdad que es una mujer que me ha dicho que en la buenas y en las malas va a estar conmigo, es una persona que uno necesita tener a su lado. Dios sabrá sobre la bendición de los hijos porque espero tener hijos.
¿Cuál es la siguiente meta profesional luego que deje de ser juez?
Mis aspiraciones siempre son grandes, puede ser aspirar a ser magistrado, si uno aspira a grande así van a ser los resultados. Mi pensamiento y finalidad es pensar en grande a pesar de los obstáculos.
¿Hay llamadas de magistrados para inducir fallos?
No, la verdad que para nada. Esta Corte se ha caracterizado por eso, ni cuando el caso de Zelaya me llamaron, me dejaron actuar de forma independiente y uno sabe actuar conforme a ley sin que le hagan una llamada o que le digan qué es lo que tiene que hacer.
¿Qué se le vino a la mente cuando le dicen que será el defensor público de Manuel Zelaya?
Ah, créame que fue un reto muy bonito y muy comprometedor a la vez, porque recuerde que en ese momento la sociedad hondureña estaba muy dividida, me quedé callado, respiré profundo y digo: “Bueno, está bien, démosle (asumamos el reto). Una de mis cualidades es que siempre asumo retos, trato de personalizar, pero en ese momento digo que vamos a sumir ese reto, pese a que al compañero de la Defensa Pública que estuvo conmigo en esta causa le dije que íbamos a tener cuestionamientos de todo tipo, hay que asumirlos, hay que seguir para adelante y que nosotros nos dediquemos a lo que es asumir la causa procesal sin tomar importancia a lo que dijera la sociedad para bien del país.
¿Tuvo amenazas?
No, porque no me llevé a nadie de encuentro porque no lo personalicé (el caso).
Hubo mucho cansancio, más que todo porque el medio periodístico día a día me llegaba a buscar y precisamente había que pensar, analizar qué venía más adelante.
¿Habló con el expresidente durante lo representó en el juicio?
Es una de las curiosidades que le voy a contar, fue una defensa en la que nunca tuve comunicación.
¿Fue a control remoto?
Como a control remoto, pero recuerde que era una situación en la que el Estado actuó unilateralmente porque el expresidente desconocía a las autoridades hondureñas y la causa iba a estar estancada en los tribunales, y es así que se toma la decisión de ponerle defensores de oficio, que fue a través de la Procuraduría General de la República que solicitó el nombramiento de defensores y recayó en nosotros.
Recuerde que el juicio no eran audiencias en las que tenía que estar el imputado, ya que era un caso de nulidad procedimental sobre los requerimientos.
¿Llegó a conocer a Manuel Zelaya?
Querían llevarme a conocer donde él, pero la verdad que hice mi trabajo. Los amigos de él me decía que me querían llevar a conocer al líder y no quise ir por cuestiones de ética y profesionalismo, porque yo hice mi trabajo.
Una cosa es que los juicios se anularan por estar mal planteados y otra cosa es si había pruebas de que Zelaya cometió corrupción. ¿Qué le dicen las pruebas que miró?
Bueno, yo ahí me voy a reservar porque fui defensor de él, pero le voy a decir que el pecado que fue evidente fue sacarlo del país, eso nunca debió suceder.
¿Y qué pasaría ahora que es juez si le tocara juzgarlo?
No, ahora tendría que inhibirme o las partes lo recusan a uno.