VELAS. La noche era fría y oscura; la lluvia había desaparecido pero quedaba en el aire una brisa fina que helaba los huesos. Las calles estaban solitarias y solo de vez en cuando se veían las luces de algún carro a lo lejos.
La llama de las velas bailaba a merced del viento, a pesar de las botellas de plástico en que las habían metido, y apenas iluminaban las cuatro esquinas donde las habían asegurado con pedazos de concreto y piedras. Entre las velas, sobre cartones y periódicos empapados de agua y sangre, y debajo de un toldo de plástico transparente, estaba el cadáver, tendido boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, amarradas con cordones viejos de zapatos a la altura de las muñecas y cubierto con un pedazo de tela que fue cortina en otro tiempo.
Aunque estaba mojado, le habían limpiado el rostro, lo habían peinado con cierta delicadeza y lo habían cubierto con el pedazo de cortina que ahora servía de mortaja. La acera, dura y helada, le servía de lecho y, a su alrededor, lo que parecían ser once seres humanos, vestidos con harapos, decrépitos y embrutecidos por el crack y el resistol, lo velaban en silencio, confundiendo sus sombras con las sombras siniestras de la noche.
Las candelas que ardían en las cuatro esquinas le daban un acento de solemnidad mágica a aquella imagen y, cualquiera que, movido por la curiosidad, hubiera observado más de cerca, se hubiera dado cuenta de que el cadáver nadaba sobre un charco de sangre que se había diluido con el agua de lluvia, y si su interés hubiera ido más allá, tal vez hubiera notado que debajo del pedazo de cortina la ropa estaba perforada y que en el pecho y en el abdomen del cadáver bien podían contarse unas veinte heridas de cuchillo, profundas y grotescas, y que le habían cortado el cuello casi hasta la decapitación.
¿Qué había pasado allí? ¿Por qué estaban velando aquel cadáver en semejantes condiciones? ¿Quiénes eran los dolientes que lo acompañaban? ¿Por qué había tanta sangre sobre la acera? ¿Y las heridas? ¿Quién era, a fin de cuentas, la víctima y quién su victimario?
LA NOCHE. El hombre caminaba despacio por la acera solitaria. Había guardado la carreta en la que vendía frutas y había salido del estacionamiento al anochecer, después de tomarse casi un litro de Yuscarán. El cigarro en sus labios se iba extinguiendo y el viento helado que precedía a la tormenta avivaba la llama que lanzaba un reflejo rojizo sobre su rostro grueso y mal encarado.
Era un hombre de baja estatura, delgado, cabezón y de lentos ademanes. Avanzaba tropezando en las paredes y gruñía cuando encontraba un transeúnte desperdigado.
Arriba, el cielo había desaparecido y un manto negro y gris cubría el espacio. Un trueno lejano estremeció el aire y el hombre detuvo su marcha por un segundo. De pronto, levantó la cabeza, escupió la colilla que empezaba a quemarle el bigote y vomitó una maldición.
En ese momento se llevó la mano a la cintura, levantó la falda de la camisa y tocó el mango de su cuchillo, pero no pudo sacarlo de la vaina. Un golpe seco en la nuca lo hizo trastabillar y apenas pudo ver cuando cinco sombras caían sobre él y lo reducían a la impotencia. Nunca volvió a despertar.
LA PATRULLA. Hacia las doce de la noche el frío era mayor, a pesar de que el viento había desaparecido; la luna, como un disco de plata bruñida, brillaba en un cielo sin nubes y lleno de estrellas, disipando tenuemente las sombras. Ahora, las llamas de las velas no se movían y lanzaban alrededor un resplandor amarillento que dejaba adivinar un poco las formas de aquella escena macabra.
Sobre la misma acera, envueltos en cartones y plástico, varios de los dolientes dormían y los que seguían velando el cadáver, estaban en cuclillas, cerca uno del otro, y siempre en silencio.
En sus manos, los botes de plástico llenos de pegamento, parecían el más preciado de los tesoros, y cada quien cuidaba el suyo con su propia vida. Estaban tan drogados, que el mundo había desaparecido a su alrededor. Por eso no sintieron el ruido de la motocicleta que se acercó a ellos despacio, y que había aparecido en la calle del Ministerio de Educación con la luz azul de la baliza girando sobre las paredes.
La moto avanzó sin prisa y se detuvo de pronto frente a ellos. El mayor, con el bote de resistol pegado a la nariz, solo levantó los ojos abotagados y perdidos, y si miró a los policías que se quitaban los cascos frente a él, es algo que no sabremos nunca.
“¿Qué pasa aquí?”
La voz del policía era hosca, casi intimidatoria, pero no causó ningún efecto en nadie. Más allá, los bultos envueltos en cartón y plástico seguían durmiendo. Al frente, tres pares de ojos los miraban sin verlos.
“¡Es un muerto! ¡Están velando un muerto!”
El segundo policía quitó la mortaja del cadáver, alumbró con un foco de mano la escena, y dio un paso hacia atrás.
“¡Es sangre fresca! Parece que acaban de matar a este hombre”.
En aquel momento, cinco sombras saltaron del suelo y empezaron a correr calle abajo. Los policías gritaron, amenazaron, se identificaron pero de nada sirvió. Las sombras desaparecieron antes de que se extinguiera el eco de sus palabras.
LA DNIC. A la una de la mañana, el equipo de turno de la sección de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegó a la escena. Las velas se habían extinguido y flotaba en el espacio un olor pegajoso a sangre, a resistol y a parafina. Los policías de la motocicleta se habían rendido. Los tres muchachos, casi unos niños, que seguían en cuclillas cerca del cadáver, no habían dicho una sola palabra. Aspiraban el pegamento de vez en cuando y luego paseaban su mirada perdida en el vacío.
“La víctima se llama Teodoro Cálix, cincuenta años, originario de Pespire, Choluteca. Lo mataron a cuchilladas, veintitrés en total, sin contar la herida que tiene en el cuello y que casi lo decapita”.
“¿Qué relación tenía con los resistoleros que lo están velando?”
“Eso es algo que hay que averiguar, pero creo que hacer hablar a estos tres va a ser un poco difícil”.
“¿Qué más tiene encima?”
Uno de los técnicos de Inspecciones Oculares contestó de inmediato, sacando su mano enguantada de una de las bolsas delanteras del pantalón.
“Un teléfono celular”.
El detective dio un salto.
“¡Bingo!”
“Tiene carga. Hay treinta y dos llamadas perdidas…”
“Ahora vamos a saber a qué se dedicaba don Teodoro y si le ha hecho falta a alguien esta noche”.
LA MUJER. A eso de las dos de la mañana, una mujer menudita, de unos cuarenta y seis años, con el pelo alborotado, un delantal amarrado a la cintura y con senos que le caían sobre el abdomen, reconoció el cadáver de Teodoro.
“¡Ay, no, Dios mío! Era mi marido, señor. Era mi compañero. ¿Por qué lo mataron? ¿Por qué?”
“¿Cuándo fue la última vez que lo vio con vida, señora?”
“Ayer en la tarde. Siempre nos íbamos juntos para la casa, pero me dijo que iba a jugar naipes con unos amigos y que iba a llegar después…”
“¿Conoce a alguien que haya tenido motivos para hacerle esto?”
“¡Ay, no! Él no se metía con nadie. Vendía sus naranjitas y se tomaba sus cervecitas de vez en cuando pero no le hacía mal a nadie…”
“¿Imagina por qué lo estaban velando en esta acera? ¿Lo conocía alguien en esta calle, en esta acera de los billares ‘Chimbomba’?”
La mujer abrió la boca, casi sin dientes, para decir algo, pero las palabras se detuvieron en su garganta; abrió los ojos, miró aterrorizada al detective y soltó un suspiro fétido, luego cayó al suelo pesadamente, desmayada. El detective quedó mudo por un instante, luego sonrió, miró a la mujer, tendida en el asfalto húmedo, y le dijo luego a un compañero:
“Creo que ya sabemos quién mató a don Teodoro. Solo hay que esperar que se despierte la viuda”.
El otro detective no contestó.
“¿Qué hacemos con ella?” –preguntó, al poco rato.
“Nada. Dejá que se despierte y luego la llevan a la oficina. Creo que tiene mucho que decirnos”.
“¿Y con los resistoleros…?
“Ya van en una patrulla camino de la DNIC. Creo que este es uno de esos casos sencillos que tienen motivaciones terribles… ¡Ya veremos!”
EN LA OFICINA. El sol apareció temprano, brillando con haces de oro sobre el cerro Cantagallo. La ciudad empezaba a despertarse en una mañana de sábado, fresca todavía, y el bullicio iba poco a poco in crescendo.
EN LA DNIC. “¿Cuántos hijos tenía con don Teodoro?”
“Ninguno, señor”.
“¿Ninguno, a pesar de que tenía diez años de vivir con él?”
“Sí, señor; es que me operé cuando parí a la última niña, la muerta”.
“¿Se le murió una niña?”
“¡Ay, señor; me la mataron”.
“¿Se la mataron?”
“Sí”.
“¿Hace cuánto?”
“Hace dos años”.
“¿Dónde?”
“En la calle… Me la violaron unos malditos y la mataron a puñaladas… Y solo tenía doce añitos…”
El detective miró a la mujer a los ojos, ojos tristes y llorosos, y por un momento sintió compasión por ella.
“¿Supo quiénes mataron a su hija?”
“Sí, señor; unos pícaros que se resistoleaban en el mercado, pero que ya se murieron…”
“¿Vivía su niña con usted?”
La mujer guardó silencio, primero miró al techo, luego bajó los ojos, dejó pasar unos segundos y contestó moviendo la cabeza hacia los lados.
“¿Por qué no?”
“Se había ido”.
“¿A los doce años?”
La mujer movió la cabeza hacia adelante varias veces.
“¿Por qué, señora?”
Hubo una nueva pausa. La mujer no levantó la cabeza al responder:
“Las amistades, usted; las gavillas que no les enseñan nada bueno a los niños…”.
“¿Se resistoleaba su niña?”
“Sí”.
“No me está mintiendo, ¿verdad, señora?”
La mujer dio un salto en su silla. El detective la miraba ahora con ojos severos.
“Dígame una cosa, y recuerde que no se le miente a la Policía.”
Los ojos de la mujer temblaban.
“¿Don Teodoro abusaba de su niña?”
La mujer dio un grito, se puso de pie y tuvo que agarrarse del respaldo de la silla para no caerse.
“¿Cómo sabe eso?”
Sus palabras fueron un murmullo que salió de su pecho mezclado con miedo y desesperación.
“Abajo tenemos un muchacho, un adolescente al que le dice el ‘Candinga’; ¿lo conoce?”
A la mujer le dio un vaguido. Un detective le ayudó a sentarse.
EL FIN. “Señora –dijo el detective, con voz grave y acusatoria–, a su marido lo mataron con furia, con cólera, más por venganza que por otra cosa, y quien lo mató tenía motivos suficientes para hacerle el mayor daño posible. ¿No sé si me está entendiendo?”
La mujer tenía la boca abierta. Entendía más de la cuenta.
“¿Por qué imagina usted que lo estaban velando en la acera de los billares ‘Chimbomba’? ¿Por qué velarlo? Nosotros creemos que lo mataron en esa misma acera y con su propio cuchillo. ¿Reconoce este cuchillo?”
El detective levantó una bolsa transparente en la que estaba un cuchillo de cocina, manchado de sangre, y que tenía el mango envuelto en cinta aislante. La mujer asintió dos veces.
“Con este cuchillo mataron a don Teodoro. Creímos que era el suyo porque encontramos en su faja una vaina de cuero vacía. Usted ha confirmado que es el cuchillo de su marido. Testigos que dicen haber jugado naipes con él en el estacionamiento donde guardaba la carreta con las frutas dicen que iba bien tomado, o sea, bien borracho, que salió a eso de las siete de la noche del parqueo y que no volvieron a saber nada de él.
Nosotros creemos que lo interceptaron entre el estacionamiento y los billares ‘Chimbomba’, en una de esas calles oscuras, poco antes de que empezara la tormenta de ayer, que lo inmovilizaron, tal vez lo golpearon hasta que se desmayara, y lo llevaron a la acera donde lo mataron, mejor dicho, donde una sola persona lo asesinó, con tanto odio, que no quedó satisfecho hasta que no se dio cuenta que le había hecho todo el daño posible y hasta que don Teodoro no se movió más.
¿Quién podría odiar tanto a su marido para asesinarlo de esa forma?”
La mujer no respondió. Estaba inmóvil, con la cabeza sobre el pecho, y lloraba.
“¿Fue su hijo, verdad señora?”
La mujer no se movió.
“El ‘Candinga’ es su hijo, ¿verdad, señora?”
Silencio.
“Don Teodoro abusó de él también, y lo obligó a buscar la calle, ¿verdad? Quizás era un niño cuando se unió a un grupo de resistoleros que lo acogieron como a uno más de su familia. Don Teodoro abusó de la niña, su hija muerta, esta buscó a su hermano en la calle, y allí encontró su fin, violada y asesinada… Esto a usted no le importó.
¿Cuántos de sus hijos viven aún con usted?
Ninguno,
¿verdad? ¿Por qué? ¿Por don Teodoro?
¡Quizás! ¡Creo que usted es cómplice de la muerte
de su marido, y de la desgracia de sus hijos!”
La mujer levantó la cabeza. Sus ojos casi se salen de sus órbitas.
“Esto si le da miedo, ¿verdad?”
La mujer apretó los labios.
“Lo que no me explicó es por qué el ‘Candinga’ y sus amigos velaban el cadáver?”
La mujer abrió la boca.
“Teodoro fue bueno con él al principio, y él lo quería, pero cuando le hizo eso a sus hermanas él dejó de quererlo, y hasta lo odiaba…”.
“Sí, eso tiene que ser. Lo mata porque lo odia pero lo vela por el afecto que le tuvo un día… Es una historia rara…”
“¿Qué van a hacer con mi hijo?”
“Nosotros nada –dijo el detective–. ¿Qué podríamos hacer? Creo que lo van a mandar al Santa Rosita…”
“¿Y con el cuerpo de Teodoro?”
“Tal vez usted quiera enterrarlo”.