Este relato narra un caso real.
Se han cambiado los nombres y se omiten algunos detalles a petición de las fuentes y para a los inocentes.
CAJA.
Luis era policía. Un policía de esos que se formaron como militares, en la disciplina grotesca de los batallones de los años noventa. Era serio, duro e insobornable; hacía cumplir la ley y él mismo no rebasaba sus límites.
Se decía de él que odiaba el delito y, aunque estaba seguro de que sí se podía salvar al delincuente, predicaba que el mejor delincuente era el delincuente muerto.
Muchas más cosas se decían de Luis y algunos jefes lo apreciaban porque sabían que podían contar con su discreción, su lealtad y su silencio. En San Pedro Sula el bajo mundo lo respetaba y le temía; la mayoría lo odiaba.
Fue por eso que sus compañeros no se extrañaron cuando encontraron su cadáver envuelto en una caja de cartón, la que habían metido en dos bolsas negras para jardín y habían asegurado con cinta adhesiva.
Cómo se las arreglaron para meter aquel cuerpo fornido, poco menos que gordo y de un metro ochenta centímetros de estatura en un espacio tan reducido es algo que nadie se preguntó; la verdad era que a Luis lo acomodaron como pudieron, lo envolvieron bien, y lo fueron a tirar en una calle poco transitada de la zona de Tiloarque.
LA DNIC.
Los agentes del departamento de homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) no tardaron en llegar a la escena.
Era temprano en la mañana, el cielo estaba nublado y el día sería fresco. Y tenían ganas de trabajar.
Cuando rompieron las bolsas, se encontraron con el cuerpo ensangrentado, vestido con una camiseta negra, un pantalón azul, de tela, y con los pies descalzos.
Tenía los ojos abiertos, casi desorbitados, como si lo hubiera asaltado un repentino terror o un dolor insoportable. Sus dientes estaban apretados y tenía sangre en la comisura de los labios. Se había mordido la lengua.
En las manos, ensangrentadas también, le contaron dos uñas quebradas y algunas más con restos de piel en ellas, su propia piel. Cuando le quitaron la camiseta, los detectives se encontraron con varios surcos marcados limpiamente abajo del cuello, a pocos centímetros del omóplato izquierdo, donde aparecía una herida de cuchillo, ancha y profunda que, a juzgar por la posición, debió traspasar el corazón.
Más abajo tenía tres heridas más, una casi del mismo ancho que la primera, y las dos restantes, más bien dos rasguños. Los detectives dedujeron que la primera herida fue la que le quitó la vida, aunque no instantáneamente.
Había demasiada sangre en la espalda como para creer que había muerto de inmediato.
TESIS.
Matar a un hombre como Luis, entrenado para defenderse de ataques como aquel, desconfiado y fuerte como era, no parecía obra de la casualidad.
Y matarlo de cerca, por la espalda, y con cuchillo, era una temeridad para el asesino, aunque nadie es inmune ante los criminales.
Luis siempre pensó que si lo mataban sería con arma de fuego, y desde cierta distancia. Sabía que sus enemigos lo recordaban y siempre estaba alerta.
Por lo tanto, los detectives no creían que el asesino de Luis fuera uno de sus enemigos, al menos no de los que se había ganado en el ejercicio de su profesión. ¿Entonces?
MÁS.
La esposa estaba en shock, lloraba, estaba pálida y se desmayaba con frecuencia. Los detectives decidieron hablar con ella más adelante. Sin embargo, la investigación no se detendría.
Un detalle importante descubierto en la escena era el hecho de que Luis estuviera vestido. Era lógico; sin embargo, la camiseta estaba intacta, solo empapada de sangre.
“Lo atacaron cuando estaba desnudo”, dijo un detective.
Cuando le quitaron el pantalón, no tenía calzoncillos y tenía sangre coagulada en las caderas, en las nalgas y en la parte posterior de las piernas.
“Estaba desnudo, lo atacaron por la espalda, dejaron que muriera y lo vistieron antes en envolverlo en la sábana, luego con la caja y por último con las bolsas para basura”.
Uno de los detectives sonrió. Era una mueca maliciosa.
“Esto significa que este caballero estaba teniendo sexo con alguien o estaba a punto de tenerlo y algún esposo despechado lo atacó por la espalda, para limpiar su honor”.
Era una suposición lógica.
Pero aquella lógica suposición pronto encontró un obstáculo aparentemente insalvable. Luis era fiel. Sus compañeros jamás le conocieron amantes.
Nunca, ni en su temprana juventud. Casado a los treinta, divorciado a los treinta y cinco, vuelto a casar a los treinta y siete y muerto poco después de los cuarenta. Nadie le conoció más mujeres que estas dos. Uno de los detectives lanzó una hipótesis:
“Si todo eso es cierto, o tenía una doble vida bien escondida, o lo mataron en su propia casa”.
CONSULTA.
Gonzalo Sánchez Picado es abogado, criminalista y criminólogo, experto en escena del crimen, en perfil psicológico del criminal, en perfil geográfico de la escena del crimen, especialista en inspecciones oculares, catedrático universitario y, por antonomasia, el investigador criminal que es referencia obligada en casos verdaderamente imposibles.
Esto último, en opinión de varios agentes de homicidios del FBI.
Siendo el caso de Luis tan complejo y tan aparentemente sencillo a la vez, los detectives acudieron a Gonzalo. Su porte sencillo, la humildad que lo caracteriza y el amor a su trabajo, se ganaba la confianza de los detectives. Cuando terminaron de exponerle el caso, Gonzalo dijo:
“En un caso criminal como este, siempre deben buscar primero en el círculo más cercano de la víctima, esto es, sus familiares y sus compañeros de trabajo.
Dicen ustedes que Luis estaba franco el día de su muerte y que era un hombre disciplinado, que no se salía nunca de su rutina y que era, además, hogareño.
Podemos deducir, entonces, que, si esto es así, Luis fue atacado en su propia casa. ¿Quién puede ser el asesino? ¿Un amante de su esposa?
¿Siendo como era Luis, qué posibilidades existen de que la esposa, en un día franco, fuera capaz de llevar a la casa al amante? No es que esto no sea posible.
Quizás se planificó el crimen y en el momento en que Luis estaba en su cuarto, indefenso, de espaldas y dispuesto a hacer el amor a su mujer, el asesino lo atacó hasta matarlo.
Es posible. Pero, ¿es así? ¿Por qué matar a un hombre en su propia casa, y con cuchillo, si es posible atacarlo por sorpresa y con arma de
fuego en la calle, a la salida o entrada de su casa? ¿Tiene la esposa un amante? Por lo que me han dicho, no. ¿Entonces?”.
“Un detalle que han pasado por alto es la entrevista a la esposa. El que esté en shock no significa que no pueda contestar preguntas elementales”.
“Otro detalle que han olvidado es el hecho de que en la casa de la víctima siempre se encuentran datos que sirven de mucho a la investigación del crimen. Un cateo no estaría mal”.
“Hay que tomar en cuenta el tipo de hombre que era la víctima. Un policía entrenado por militares, altamente desconfiado y de reflejos rápidos. Solo un ataque sorpresivo pudo reducirlo a la impotencia. Aun así, trató de defenderse, quiso arrancarse el cuchillo de la espalda, se llevó las manos hacia atrás y se rasgó la piel con las uñas”.
“En este punto, es importante pensar en el asesino. ¿Cómo? Hay que tomar en cuenta las heridas. ¿A qué distancia del suelo está la primera? Ancho, forma, grados de inclinación, profundidad…De aquí podemos deducir la fortaleza y la estatura del atacante. Está claro de que el asesino sabía que estaba obligado a neutralizar a Luis con la primera herida, y escogió el sitió donde clavar el cuchillo. Hacerlo por la espalda le garantiza su propia seguridad. Esto nos dice que el asesino actuó con premeditación. Mató con cuchillo, no porque no pueda conseguir un arma de fuego. Quizás lo hizo para evitar el sonido del disparo. Ahora bien, el cuchillo es un arma con características especiales, desde el punto de vista del psicoanálisis del crimen. Su asociación fálica lo hace un elemento de castigo para crímenes pasionales y entre homosexuales. De aquí que deduzco que el asesinato tiene connotaciones sexuales, si recordamos que estaba desnudo cuando lo atacaron, lo que nos induce a pensar que estaba a punto de tener sexo”.
“El asesino, pues, es débil, temeroso de su víctima, por lo que trató de sorprenderlo. La herida es recta, de arriba hacia abajo, con un grado de inclinación leve; clavaron el cuchillo con fuerza y, por los bordes irregulares, mantuvieron hundido el cuchillo varios segundos, lo que nos demuestra la lucha de la víctima por desprenderse de él. Creo que el atacante es de baja estatura, quizás no mayor del metro sesenta o sesenta, de brazos cortos, aunque no tanto, pero que suplieron la diferencia de estatura con la víctima. No debe ser muy fuerte porque las tres heridas siguientes no tienen las características de la primera, con excepción de una. La víctima no pudo defenderse, es más, no creo que se volteara para enfrentar a su agresor, que, además, es diestro, no zurdo. Con el corazón lesionado, perdió fuerzas y, aunque tardó en morir, nada pudo hacer por su vida”.
“Ahora bien, ¿por qué estaba desnudo Luis? ¿Venía de bañarse? ¿Iba a cambiarse de ropa? ¿Iba a hacer el amor? El forense dice que murió entre las doce del día y las seis de la tarde. Ustedes calculan que lo fueron a botar en la madrugada, porque la caja no estaba mojada, a pesar de la tormenta que cayó la noche del crimen”.
“Este es otro detalle. El asesino y su ayudante, porque para envolver a un hombre así necesitó ayuda, conocen la zona en la que botarían el cuerpo. Esto significa que viven cerca de allí. ¿Revisaron las cámaras de vigilancia de la empresa que está cerca de la escena? ¿No? Sería bueno que lo hagan. Algo se puede encontrar. Ahora, un detalle importante: ¿Por qué lo mataron? ¿Por qué matarlo? Está claro que lo mataron con odio, para castigarlo. ¿Qué hizo Luis para merecer esta muerte? La respuesta está en su casa. ¿Era tan sano Luis como se dice? Hablen con la esposa. Recuerden que tiempo que pasa, verdad que huye. El asesino de Luis está en la casa”.
VISITA.
Dos semanas después del crimen, los detectives llegaron a la casa de Luis. Estaba vacía. Nadie pudo decirles qué había pasado con su familia. Sin embargo, hablaron con los vecinos.
Estos dijeron que Luis era serio, duro y de pocos amigos. Que se portaba en su casa como un tirano y que su esposa, quince años menor que él, nunca salía porque se lo tenía prohibido.
No tenían hijos, al menos entre ellos, porque la esposa sí tenía una niña de un matrimonio anterior, pero era una niña con problemas. Padecía mielomeningocele. Tenía trece años.
Casi nunca la sacaban de la casa. En los primeros años la llevaban a Teletón, pero como nunca iba a caminar, la dejaron en la casa. Los detectives estaban molestos. Querían entrar a la casa.
Saltaron el cerco después de hacer una llamada a la oficina. Sin hacer mucho daño, entraron. No había nada en el interior. La sala estaba limpia, con algo de polvo.
El que parecía ser el dormitorio principal, por el baño que tenía adentro, estaba sucio pero no había en él nada que llamara la atención de los detectives.
En el segundo cuarto, más pequeño y que daba a la cocina y al patio, había algo que extrañó un poco a los investigadores. Lo habían limpiado, barrido y trapeado. Era casi seguro que lo habían lavado.
Uno de los detectives se puso de rodillas. En la separación de dos ladrillos del piso, algo llamó su atención. Era algo gelatinoso, ocre y que bien podría ser sangre.
Llamaron a la oficina. Una hora después estaban en la casa los técnicos de Inspecciones Oculares. Aplicaron luminol en la habitación y dio positivo. Había sangre por todas partes. ¿Qué había sucedido?
PREGUNTAS:
Era lógico suponer que aquella sangre era humana y que era sangre de Luis. Ahora venían nuevas preguntas:
¿Por qué mataron a Luis por la espalda? ¿Por qué estaba desnudo y en el cuarto de su hijastra? ¿Abusaba Luis sexualmente de ella?
Si era así, ¿desde cuando lo hacía? ¿Lo sabía su madre? ¿Cuánto tiempo lo toleró? ¿Era ella la asesina? Según Gonzalo Sánchez, ella no pudo matar a su marido.
Es baja de estatura, delgada, enfermiza y nerviosa. ¿Entonces quien? El asesino es un hombre. Pero, ¿quién?
MOTORIZADOS.
Una semana después de cateo en la casa de Luis, dos motorizados llegaron a la DNIC y declararon que en la madrugada del día en que encontraron la caja con el cadáver de Luis ellos se detuvieron al lado de un vehículo blanco que tenía las intermitentes encendidas.
Estaba estacionado a la orilla donde encontraron la caja, tenía el tonó levantado y el hombre que lo manejaba dijo que le estaba calentando. No necesitaba ayuda y los motorizados se fueron.
“¿Podrían describir al chofer?”
“Sí”.
Era un hombre de estatura regular, quizás entre el metro sesenta y el metro sesenta y cinco, de unos cincuenta y cinco años, fornido, de barba blanca y con grandes entradas.
Con un retrato hablado, los detectives regresaron a la colonia de Luis. Varios vecinos reconocieron en el retrato al suegro del policía, el papá de su esposa. Venía de visita constantemente y era muy sociable. Luis lo respetaba.
Cuando los detectives pidieron el video de vigilancia de los negocios de la zona, no encontraron nada significativo pero estaba grabado un vehículo Datsun 2-10, blanco, y una patrulla motorizada que pasó al frente a las dos y quince minutos de la madrugada. El Datsun pasó a las dos y veintiún minutos.
Hasta hoy, el crimen de Luis sigue sin resolverse, aunque el misterio está casi aclarado.
Dicen algunos vecinos que conocieron a la niña que esta estaba permanentemente triste, que nunca miraba de frente y que sus ojos siempre estaban húmedos.