UN CADÁVER. Los vecinos de Norma estaban sorprendidos. Su cadáver, todavía caliente, estaba tendido en la cama, con los brazos a los lados, la cabeza en el centro de la almohada y el rostro sereno. Aún vestía ropa de dormir, incluidos las calcetas celestes con que se cubría los pies todas las noches porque el frío siempre agravaba su asma. Lo más triste era que media hora antes se veía llena de vida, sonreía amablemente, como todos los días, y acababa de regresar de la pulpería, donde había ido a fiar el pan y la leche para el desayuno. ¿Qué le había pasado? Nadie podría decirlo.
Su esposo estaba desesperado, tirado en un sillón, bañado en agua de Florida, asistido por los amigos, compadecido por las vecinas, abandonado de Dios. Su esposa, la madre de sus dos hijos, su compañera en los últimos quince años, no estaría más a su lado; estaba muerta y no encontraba una explicación para semejante tragedia.
MISTERIO. Aparte de una ligera gripe que ya iba desapareciendo, nada amenazaba la salud de Norma, por lo que el misterio de su muerte se complicaba cada vez más. Cuando llegaron los detectives de la Dirección de Investigación Criminal (DNIC), para el reconocimiento del cuerpo, supusieron que había muerto de un paro cardíaco, aunque habían algunas cosas en la escena que ponían a pensar a cualquier policía con cuatro dedos de frente.
Venía llegando de la pulpería, con la leche y el pan, fiados (este era un detalle importante porque mostraba que la familia no estaba bien económicamente), aunque, ¿quién está bien económicamente en Honduras? Los niños estaban en la escuela. El esposo aún no se iba a trabajar, ella seguía con ropa de dormir, tenía en la estufa el agua para el café y había partido los panes para ponerles mantequilla. Nada parecía anormal.
¿En qué momento entró al cuarto? ¿Por qué se acostó si el agua no tardaría en hervir? ¿Le dijo algo a su esposo antes de entrar al dormitorio? ¿Qué había pasado con Norma?
Los detectives abordaron a los curiosos.
Una vecina dijo que Norma sufría, aunque tratara de ocultarlo. Su esposo no ganaba lo suficiente y pasaban dificultades, como la mayoría de la gente; esto causaba problemas entre ellos y a veces discutían hasta que ella terminaba llorando, encerrada en el cuarto. Pero esto también era normal. La psicosis que provoca la crisis afecta a todo el mundo.
¿Se había suicidado la muchacha?
Una vecina, que se presentó como su mejor amiga, dijo que eso era imposible. A pesar de las dificultades, Norma amaba la vida, adoraba a sus hijos y quería a su esposo, trece años mayor que ella. Tenía problemas pero no era para tanto.
¿Padecía ella del corazón?
No. Ella no padeció más que de asma, y esto muy esporádicamente porque se cuidaba mucho.
LA ESCENA. ¿Por qué se acostó si estaba haciendo el desayuno? Eso era parte del misterio. Pero más misterioso era el hecho de que se había acostado en el centro de la cama, tenía los brazos estirados, pegados a los costados, la cabeza acomodada en la almohada, las piernas juntas y la ropa alisada, como si se hubiera acicalado antes de acostarse. ¿Qué significaba todo eso? Los detectives no hallaban una respuesta.
Sin embargo, había algo más. En el piso, en línea recta con sus pies y con la plantilla vuelta hacia arriba, estaba su sandalia izquierda, como si al acostarse se hubiera desprendido del pie.
Los detectives pensaron que tal vez vino a recostarse un momento, mientras hervía el agua para el café, se subió a la cama, y no se molestó en quitarse las sandalias, puesto que no tardaría en levantarse. Pero la sorprendió la muerte un momento después.
FANTASMAS. Los detectives de la DNIC, por la naturaleza de su trabajo, están acostumbrados a ver fantasmas en todas partes, a oler misterios y a imaginar conspiraciones criminales cada segundo del día. Y los que reconocían el cadáver de Norma no eran la excepción.
Uno de ellos supuso que la muchacha se acostó con las sandalias puestas y que, por su propio peso, aquella se le había caído. Pero, ¿dónde estaba la otra? No estaba en el pie, no estaba en la cama y tampoco en el suelo; ni debajo de la cama. ¿Caminó hasta el cuarto con una sola sandalia? Aunque era posible, parecía raro. Si se cuidaba tanto del frío y si usaba calcetas para dormir, no iba a caminar por el piso helado, con el riesgo de enfermarse.
Además, la calceta derecha no estaba sucia, lo que significaba que Norma no había caminado por el piso, que no estaba tan limpio. El detective salió del dormitorio. Buscó en la sala, llegó a la cocina y encontró la sandalia que faltaba. Estaba con el talón hacia la estufa. El detective llamó al fiscal, le dijo algo al oído y este llamó a un oficial. Los curiosos tuvieron que salir de la casa. Un policía le llevó un vaso con agua al esposo, que seguía inconsolable en el sillón.
ANÁLISIS. Con la autorización del fiscal, el detective cerró el dormitorio, dejó a una mujer policía adentro, y le dijo algo a sus compañeros.
“Dos cosas son imposibles en esta escena –dijo–, que ella se fuera a recostar mientras partía el pan, tenía abierta la bolsa de la mantequilla, había puesto la leche en un pichel y esperaba a que hirviera el agua para el café. El azúcar y la bolsa estaban listas solo para echarle el agua.
Además, se va a recostar y se acomoda perfectamente, con los brazos extendidos a los lados, las manos pegadas a las piernas, la cabeza en el centro de la almohada, ella misma en el centro de la cama King Size, y camina hasta el cuarto con una sola sandalia, la que no se quita para subirse a la cama, pero que se cae al suelo por algún movimiento que la zafa del pie… ¿Me vas entendiendo?”
El fiscal también dijo que sí.
“Creo que esta mujer ya estaba muerta cuando la acomodaron en la cama. Me parece que la atacaron en la cocina, ella se resistió, levantó las piernas, dejó una sandalia cerca de la estufa, con el talón en la dirección contraria a la que debería tener, lógicamente, puesto que estaba afanada en la mesa que está cerca de la estufa”.
“¿Tiene algún golpe el cuerpo?”
“No le vi ninguno”.
“¿Señales de estrangulamiento?”
“Tampoco le vi”.
“¿Algún golpe en la cabeza?”
“Al menos al frente, no.”
El fiscal suspiró.
“Vamos” –dijo.
EL CUERPO. No tenía golpes en la cabeza, el cuello no tenía señales de ataque y solo tenía un leve enrojecimiento en el brazo izquierdo, a pocos centímetros de la articulación. El detective se acercó un poco más. En la cara posterior del brazo, estaban dos óvalos rojizos, en la misma dirección que la marca anterior. El detective se rascó la cabeza. Tenía que ser adivino para saber qué había pasado con Norma.
“Hay que llevarla a la morgue. El forense nos va a decir de qué murió”.
El fiscal es quien dice la última palabra en una investigación criminal y a los detectives no les quedaba más que obedecer. Pero aquel policía era terco y le pidió un poco de tiempo más.
“A esta mujer la mataron” –le dijo, para convencerlo–.
“Y el asesino está cerca de nosotros”.
“Probalo”.
“Deme unos minutos, abogado. Solo unos minutos”.
El fiscal se rindió.
MÁS. “Esta escena está arreglada –dijo el detective–; la prepararon para despistar a la Policía”.
El fiscal sonrió.
El detective levantó la bata de la mujer, hasta llegar a la cintura, en el lado derecho de las caderas. Revisó el pantalón del pijama, con la ansiedad pintada en el rostro, levantó un poco el cuerpo, moviéndolo con cuidado, y de repente dio un grito:
“¡Aquí está!” –dijo–. “Esto es lo que buscaba”.
El fiscal, los detectives y la mujer policía se acercaron, caminando a la orilla de la cama. En el pantalón, casi en el centro de la nalga derecha, había una mancha de sangre, un poco más grande que la punta de un lápiz. El detective sostuvo el cuerpo de lado, el fiscal bajó el pantalón, luego el blúmer y sus ojos sonrieron cuando se encontraron con una manchita morada, circular, con un pinchazo en el centro, por el cual había salido la sangre que manchó el blúmer y el pantalón.
“Tráigame al esposo” –dijo el fiscal.
Este apareció con el rostro desencajado, los ojos rojos, los párpados inflamados, y pálido como la cera. Iba vestido con una camisa azul, de mangas largas, un pantalón negro, zapatillas de punta, negras y brillantes, y olía exageradamente a perfume. Tenía el pelo bien peinado, aplastado con gelatina. Alrededor de su cintura, una mariconera negra abultaba a su izquierda, colgando ligeramente sobre el bolsillo del pantalón.
“Usted es zurdo, ¿verdad?” –le preguntó el detective, cuando la mujer policía cerró una vez más la puerta.
“Sí” –respondió él, en un murmullo–. “¿Por qué me lo pregunta?”.
Dice el detective que parecía a punto de desmayarse y que con su actitud suplicaba la compasión del mundo.
“Porque con la mano y el brazo derecho inmovilizaste a tu esposa cuando estaba partiendo el pan para hacerte el desayuno, en la cocina, y con la zurda le inyectaste algo que la mató… Después la trajiste chineada hasta aquí, la acomodaste, le alisaste la ropa para que se viera bien, por aquello de que las mujeres son vanidosas, le acomodaste la cabeza en la almohada pero te equivocaste en pequeñas cosas, como acostarla en el centro de la cama, olvidándote que tenía el agua para el café en la estufa, que no le había puesto mantequilla a los panes, que al atacarla, ella quiso defenderse, forcejeó pero vos la apretaste con fuerza, ya que no solo sos mayor que ella, sino también, sos más alto y más fuerte, por lo que dominarla no era ningún problema para vos. Pero ella agitó las piernas, levantó un pie, se le cayó una sandalia y quedó con el talón al revés.
No te fijaste que la otra la traía puesta. Tal vez estaba desmayada, aunque agonizaba. En lo que la movías para acomodarla en la cama, se le cayó la sandalia y quedó boca abajo en el suelo, en dirección a sus pies. Preparaste la escena, llamaste a los vecinos, y esperaste a que se llevaran el cuerpo. Pero hay una mancha de sangre en el pantalón y en el blúmer de tu esposa, es una mancha pequeña pero en la piel hay un círculo morado. Allí la inyectaste a la fuerza. A lo mejor ella creyó que la ibas a abrazar por detrás y dejó que te acercaras. Eso solo Dios lo sabe. ¡Dame la mariconera!”
El esposo estaba con la boca abierta y los ojos desorbitados, blanco, sudando helado y temblando.
EVIDENCIAS. El fiscal abrió la mariconera. En una bolsa pequeña estaba una jeringa, grande, con la aguja cubierta, dos botecitos vacíos de insulina Glinuc N, un frasquito de vidrio con un líquido transparente hasta la mitad, y dos jeringas más, sin usar. El fiscal dio una orden.
“Esposen a este hombre” –gritó.
ÉL. El esposo no opuso resistencia, vio a los detectives, miró al fiscal y le dedicó una última mirada a su esposa.
“¿Por qué la mataste? –le preguntó un detective.
El hombre esperó un momento antes de contestar.
“Ella me iba a dejar –murmuró–; yo ya no le servía para nada y quería irse para España… y llevarse a los niños…”.
Fue condenado a diecinueve años. Ha envejecido y dice que la libertad que le espera, en poco tiempo, no le servirá de nada. Accedió a que contáramos su historia con la condición de que mantuviéramos su nombre en secreto.