Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
TIKAL. En la zona 11 de Ciudad de Guatemala, sobre la avenida o calzada Roosevelt, se encuentra Tikal Futura, un complejo de edificios que conforman uno de los centros comerciales más atractivos de la ciudad.
Una noche de viernes, de esas noches frías de Ciudad Guatemala, situada a más de mil quinientos metros sobre el nivel del mar, un grupo de jóvenes departía y se divertía esperando la hora para entrar al cine.
Vestían con elegancia y se cubrían con chaquetas finas, lucían caros teléfonos celulares y no se preocupaban de nada más que de sus risas y bromas. El mayor de los cinco no pasaría los dieciséis años.
Entre el mar de gente que pasaba cerca de ellos, varios hombres de pelo corto, ojos avispados y rostros de piedra, con armas de nueve milímetros escondidas bajo las faldas de las guayaberas, los vigilaban de cerca. Eran los guardaespaldas, mudos y siempre alerta.
Sin embargo, por muy alertas que estuvieran, no le dieron importancia a los dos guardias de seguridad que se movían cerca de ellos, viendo de vez en cuando al grupo de muchachos que reían, y hablando en clave por los walkie-talkie que llevaban asegurado sobre el hombro izquierdo.
La Policía dijo después que los guardias no trabajaban en el complejo y que se disfrazaron con uniformes parecidos a los de una empresa de seguridad reconocida de la ciudad. Aunque las cámaras de vigilancia los grabaron, sus rostros eran desconocidos para todo el mundo. Nadie los había visto antes y nadie volvió a verlos después de lo que sucedió aquella noche agradable y llena de estrellas.
Los guardaespaldas dijeron que “les pareció” que dos de los hombres que los atacaron los siguieron al salir de Tikal Futura, pero que al inicio no les dieron importancia porque creyeron que se trataba de guardias que custodiaban a alguno de los otros muchachos.
Habían pasado el Monumento a Juan Pablo II y dejaban atrás la Avenida de las Américas, cuando una camioneta gris les cerró el paso mientras una camioneta verde los golpeó por detrás.
Los disparos no se hicieron esperar y la balacera estremeció aquella zona de la ciudad, que empezaba a dormirse. Sin embargo, el blindaje de la Toyota Land Cruiser en que viajaban resistió, el chofer se abrió camino chocando la camioneta gris, los guardaespaldas respondieron al fuego y la Policía encontró sangre en la segunda camioneta, que los atacantes dejaron abandonada sobre una acera.
Después comprobaron que era robada. Al amanecer, desde una clínica privada llamaron a la Policía para avisar que un hombre acababa de morir en la sala de operaciones.
Lo llevaron dos hombres más, vestidos como guardias de seguridad, y pagaron por adelantado los servicios de la clínica. Pero el hombre iba muriendo.
Tenía dos heridas de bala en la cabeza. Los médicos no pudieron hacer nada por él. Esa misma semana, Balística confirmó que las balas que le sacaron del cerebro al muerto fueron disparadas por los dos guardaespaldas en la avenida América.
¿Qué había pasado? ¿Cuáles eran los propósitos de los delincuentes? Un oficial de la Policía dijo que se trató de un intento de secuestro. ¿Contra quien? Contra el pasajero de la Land Cruiser blindada. ¿Su nombre? Tenían prohibido decirlo. Se trataba de un menor de edad.
ACLARACIÓN. Lo que sigue a continuación es el testimonio de dos detectives de homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), que siguieron el caso comunicándose con sus colegas de la Policía de Investigación de Guatemala (Digicri).
¿Por qué se produjo esta comunicación? Porque la víctima que quisieron secuestrar era hondureño, hijo de hondureños con abuelos guatemaltecos, y la Digicri quiso saber por qué aquel adolescente que había llegado a Guatemala poco más de dos semanas antes, no solo estaba bien custodiado sino que también era blanco de una banda de secuestradores profesionales que había roto una de las reglas sagradas del oficio: el tiempo de vigilancia, seguimiento y planificación del secuestro.
Además, el delincuente que murió en la clínica privada con dos balas en la cabeza, era un viejo conocido de la Policía guatemalteca que un mes antes del ataque viajó a Tegucigalpa, Honduras, en un vuelo privado pagado con su propia tarjeta de crédito. El viaje no duró mucho tiempo. Regresó a Ciudad Guatemala esa misma noche. Menos de un mes después estaba muerto.
¿A quién quisieron secuestrar?
El adolescente de la camioneta Land Cruiser se llamaba Mauro, había llegado al país tres semanas antes y había ingresado a un colegio donde se adaptó rápidamente. Aquella noche hermosa y fresca se salvó gracias al blindaje de su camioneta y a la destreza de sus dos guardaespaldas.
Alguien en Guatemala quiso saber algo más sobre él. La DNIC le advirtió que tenían prohibido hablar del tema. Pero deberían guardar la fuente. De todas maneras, se trataba de información extraoficial, difícil de confirmar.
MAURO. Tenía dieciséis años, alto, delgado, de apariencia agradable, risueño y mal estudiante. La DNIC estaba segura de que lo habían sacado de Honduras porque sus padres tenían miedo de que lo asesinaran.
Menos de veinte días antes la DNIC encontró muerto a uno de sus compañeros de colegio de nombre Martín, al que secuestraron varios hombres frente al portón de su casa, donde esperaba el bus que lo llevaba al colegio. Lo mataron de tres balazos en la cara, disparados a menos de un metro de distancia.
Le habían amarrado las manos hacia atrás con un anillo de seguridad de plástico transparente, y lo dejaron tirado en la calle de tierra cerca de una aldea de las afueras de Tegucigalpa.
Extrañamente, alguien ordenó a los detectives que dejaran la escena a “varios expertos que iban en camino”, y que ellos suponían era gente de Inteligencia del Ejército, aunque solo lo suponían.
Ahora bien, la DNIC no sabía quién pudo asesinar al muchacho, y menos en aquellas circunstancias, aunque estaban seguros de que se trataba de una acción bien planificada, bien coordinada y bien ejecutada. La familia no habló con la Policía y en el colegio nadie les dio información.
Cuando los detectives recibieron las preguntas de sus colegas de Guatemala, se llevaron una sorpresa. La víctima de la tentativa de secuestro se llamaba Mauro, y se trataba de un alumno del colegio al que asistía Martín, el adolescente asesinado dos días antes.
LA DNIC. ¿Había alguna relación entre estos dos actos delictivos? Mauro y Martín fueron compañeros, es más, eran buenos amigos, inseparables amigos. A Martín lo secuestraron y lo mataron. A Mauro quisieron secuestrarlo, lejos de Honduras. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para pedir rescate? ¿Para asesinarlo?
La banda que intentó su secuestro es una de las mejor organizadas de Guatemala, a la que la Policía sigue de cerca. ¿Por qué querían secuestrar a Mauro si nunca había estado en Guatemala y nadie lo conocía? Esto era raro en el modus operandi de los secuestradores. ¿Los había contratado alguien? ¿Quién? ¿Por qué?
RELACIÓN. La muerte de Martín tenía tantos elementos para analizar que los detectives terminaron por elaborar un perfil que ubicó a los asesinos en el círculo de amistades de la víctima.
Cuando definieron la muerte como ejecución por venganza, se preguntaron: ¿quién desearía vengarse de un adolescente y por qué? Dispararle a la cara tenía un significado especial.
Quien lo mataba lo hacía de frente, le disparaba a la cara y con esto proyectaba cólera y odio, la ira y el odio del asesino. ¿Por qué odiar a un adolescente de esa forma?
Aunque no debían referirse al caso, los detectives se entretenían armando hipótesis. El secuestro fue planificado y ejecutado sin errores y la ejecución no esperó mucho tiempo.
Alguien quería cobrarse alguna deuda, y rápido. Cuando supieron de Mauro, los detectives llegaron a una conclusión: el mismo que secuestró y asesinó a Martín quería secuestrar y asesinar a Mauro. Aquí se repetía la pregunta: ¿Por qué?
La respuesta estaba en el colegio o en la casa de Martín. Aquí nadie habló. En el colegio alguien abrió la boca, aunque solo fue para decir: “Todo eso tiene que ver con el suicidio de Javier…”. Los detectives se miraron sorprendidos.
ALGUIEN. “Carmilla, investigar un caso que nadie quiere que se investigue es un acto de soberana estupidez, no solo porque se pone en riesgo la propia vida; también porque o te trasladan lejos de tu casa y de tu familia, o te despiden. Y más con la bendita depuración”.
Pero los detectives se divertían atando cabos. Una semana pasaron recabando los nombres de las personas cercanas a Javier, y con los nombres recogían algunos números de teléfonos celulares.
Tenían sospechas, el poder del dinero es irresistible y su mano llegaba lejos para castigar. Sin embargo, esta idea se iba diluyendo conforme confirmaban los números de teléfono y no aparecía ante sus ojos lo que buscaban.
¿Qué buscaban?
“Un número que hubiera hecho alguna llamada a Guatemala. Era estúpido pero era una idea, y queríamos creer que era una buena idea”.
“No encontramos nada. Entonces pedimos a Guatemala el número de celular del secuestrador muerto, aunque estábamos seguros de que no encontraríamos nada. Pero, nos equivocamos. Del número de aquel hombre salieron tres llamadas hacia Honduras y se recibieron dos. El número hondureño lo investigaron ese mismo día. Estaba a nombre de un hombre de cincuenta y ocho años que vivía en la colonia La Era. ¿Por qué se comunicaría el secuestrador con aquel hombre de apariencia sencilla y que trabajaba como chofer de camión?'
“Creemos que usted está involucrado en un intento de secuestro en Ciudad Guatemala. Tiene que acompañarnos”.
“¿Por mando de quién?”
“De nosotros… Somos la Policía…”
Era la segunda vez que los detectives se identificaban.
“Miren, yo solo hice el favor de comprar el chip”.
“¿Para quién lo compró?”
“Para un amigo”.
“¿Quién es ese amigo?”
“Es un vecino…”
“¿Dónde vive?”
“Yo no quiero problemas”.
“Pues, creemos que ya tiene suficientes problemas como para preocuparse muchos años en la penitenciaría”.
El hombre empezó a sudar.
“Los voy a llevar donde mi amigo”.
Cuando este hombre vio que la Policía se detenía frente a su casa, empezó a temblar.
“Sabés por qué estamos aquí, ¿verdad?”
El primer hombre intervino:
“Yo les dije, Juan… No quiero problemas con la Policía… Vos dijiste que no había ped…”
“¿Qué tenés que decir?”
La voz del detective sonó áspera y amenazadora.
“Es que lo compré para mi patrón”.
“¿Quién es tu patrón?”
El hombre tartamudeó un nombre. Los detectives se miraron una vez más.
“¿Estás seguro?”
“Sí”.
“Desde este chip llamaron a Guatemala…”
“Fue el patrón.”
“¿Sabés con quien habló?”
“Creo que con un chapín que hasta vino a Honduras y se fue el mismo día…”
“¿Se vio con tu patrón?”
“Eso no sé, pero mis otros compañeros lo fueron a traer al aeropuerto y después lo fueron a dejar”.
“¿Sabías a qué venía ese hombre a Honduras?”
“No sé”.
“¿Sabés por qué se suicidó Javier, el hijo de tu patrón?”
“Mire, señor, yo solo sé que es que lo molestaban mucho en el colegio, que lo humillaban unos compañeros y que hasta le quitaban el dinero que llevaba…”
“¿Cómo supiste eso?”
“Es que una compañera le dijo a la mamá y se regó la bomba en la casa”.
“¿Y dijeron quiénes molestaban a Javier?”
“Yo creo que sí…”
“¿Ves esta foto? Se llamaba Martín; era uno de los que molestaban a Javier”.
“Ese era compañero de Javier…”
“¿Sabés quién lo mató?”
“Ni idea…”
“¿Fue tu patrón?”
“Yo no sé… Vaya donde él y pregúntele…”
“¿Sabés quién es la compañera que dijo que molestaba a Martín en el colegio?”
“No, solo supe eso…”
“¿Y a Mauro XYZ lo conociste?”
“No; yo no sé quién es ese”.
“¿Quién fue a traer al chapín al aeropuerto?”
“Esa es gente cercana al dueño…”
“Dame el nombre”.
El hombre dijo un nombre y dos apellidos.
“Bien. ¿Dónde vive?”
“En la casa del patrón”.
“¿En la casa? ¿Por qué?”
“Porque no es de aquí…”
“¿De dónde es?”.
“Es de Guatemala; de Guastatoya, en Zacapa… o algo así… Yo no sé. Pregúntenle a él.”
“¿Cómo hacemos para llegar a él?”
“Eso yo no sé… Allá ustedes…”
FRUSTRACIÓN. Cuando los detectives quisieron informar sobre los avances que tenían sobre el caso del asesinato de Martín, les dedicaron una sonrisa, les regalaron un apretón de manos, y les asignaron otros casos. Queda al lector y a la lectora sacar sus propias conclusiones.
Sin embargo, lo que debemos aprender de este es que el bullying mata, y si no mata, destruye a sus víctimas para siempre, y a los victimarios también. Javier es solo uno de los miles de víctimas de este fenómeno indeseable y difícil de controlar.
Hay que hacer algo para salvar a los niños y adolescentes víctimas de esta práctica siniestra, nacida en los hogares permisivos donde los abusadores se forman ante el ejemplo indeseable de los padres o encargados. Es más, urge que se penalice este delito terrible; y cuanto antes mejor.