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La tortura silenciosa

<p>El que esté libre de pecado que lance la primera piedra. Este relato narra casos reales. Se han cambiado u omitido los nombres a petición de las fuentes.</p>
09.02.2013

CONFESIÓN. Fue doloroso para mí saber que mi esposo era homosexual, o, mejor dicho, bisexual. Él era el hombre al que adoraba, el padre de mis hijos, el amor de mi vida, para el que cuidé mi virginidad veintiocho años y al que le entregué mi alma, mi cuerpo, mi voluntad y toda mi existencia.

¿Por qué me enamoré de él?
Es alto, guapo, varonil, inteligente y cariñoso, pero esto último solo era una máscara. En la intimidad se volvió violento, me agredía por nada, se desinteresó de mí y yo empecé mi camino al calvario. No podía entender por qué se portaba así, si ya teníamos seis años de casados, tres hijos, un patrimonio que cuidar y yo lo amaba.

Un día quise saber por qué había cambiado tanto. Me gritó que estaba enamorado de otra persona. Yo sentí que me había partido el corazón en dos. Lo ataqué, chillé, me desesperé y él, en respuesta, me golpeó en el rostro con el filo del vaso en el que estaba bebiendo whisky. ¿Ve esta cicatriz debajo de mi pómulo derecho? El golpe me rompió la piel, sangré mucho y estuve encerrada por un mes entero.

Esa noche me dijo que era homosexual, que se había casado conmigo por conveniencia y que había tenido muchas parejas. Que se vino de su país, en Sudamérica, porque no podía ocultar más su secreto, y que en Honduras se sentía más cómodo. Él es ingeniero, es un hombre inteligente, un artista, pero él mismo dice que no puede controlar sus emociones, que detesta a las mujeres, que me odia especialmente y que quiere ser libre. Está enamorado de un hombre muy conocido, un comisionado de la Policía, que también es casado y con hijos, un hombre al que conoció en la boda de una hermana mía. Antes tuvo una relación larga con un modelo, uno de esos maniquís humanos que le sacó mucho dinero. Por él fue quien me dio este golpe en la cara.

Usted me pregunta qué siento por él. No sé. Es como si se me hubiera enfriado el alma. No lo compadezco, no lo odio, solo lo acepto porque fue bueno, porque es responsable y porque para mi familia, un divorcio es un anatema, una maldición. Además, es el padre de mis hijos.

¿Que si tengo sexo con él?

No. No volví a desearlo como hombre. Una noche me dijo que yo podía tener los amantes que quisiera y que lo dejara a él con los suyos. Ha sido un buen arreglo, si es que se puede llamar así a este absurdo modo de vida que tenemos. Dormimos en la misma cama, comemos en la misma mesa y dirigimos la misma empresa. Creo que cuando el último de mis hijos se haya ido, empezaré de nuevo, lejos de él, o me quitaré la vida. Este callejón sin salida en el que vivo cada día es una tortura que debo soportar en secreto.

¿Que si tengo amantes?

(La mujer llora y sus bellos ojos grises miran al infinito con tristeza). Sí, he tenido muchos amantes, pero nada me llena. Solo me queda el sufrimiento. Me siento mal después.

¿Que si me volví a enamorar?

No, pero estimé mucho a un hombre, un doctor, mucho mayor que yo, que me trató como a una mujer, como a un ser humano. Me aferré a él, pero cuando él vio que su matrimonio estaba en peligro, me hizo a un lado. A él se le murió un pariente muy querido y creyó que era castigo de Dios por su infidelidad. Sé que me estimaba. No me quería. Yo he sido hermosa y atractiva, él era mayor que yo, muy mayor, pero era imposible que lo retuviera a mi lado. Cuando me dejó quise morir. Solo mis hijos me han mantenido con vida. Creo que casarme con él, con mi esposo, fue el peor de mis castigos, aunque no sé qué pecado pude haber cometido para merecer esta cruz.

¿Cuántos años cree que tengo? Me casé a los veintiocho. Dos años después nació mi primer hijo. Los gemelos vinieron un año después. Cumplí cincuenta y dos años. Él tiene sesenta. ¿Adónde voy a ir cuando esta casa se quede vacía? Creo que terminaré con todo. Escriba mi caso. Solo cambie los nombres. ¿Se imagina usted cuántas personas más viven escondidas en el clóset, con su homosexualismo reprimido, sufriendo y haciendo sufrir a inocentes como yo? Pero muy poco se puede hacer en una sociedad intolerante, discriminatoria e hipócrita con esta. Siento decirlo.

CARTA. No tengo paz, no soy feliz y, desde hace mucho tiempo, estoy en un callejón sin salida. Mi padre me condenó, se avergonzó de mí y se olvidó de que yo existía.

A nadie le importo. Mi madre, mi santa madre, la única persona que me aceptó como soy, me dejó en la peor de las soledades después de que la dejamos en la tumba fría. Mi padre dijo que la mató el corazón, débil y traicionero; yo sé que la mató la tristeza. ¡La maté yo! ¡Yo, que no fui normal jamás! ¡Yo, que fui su único hijo varón y que fui, además, su mayor dolor y su peor vergüenza! ¿Cómo seguir viviendo con esta culpa?

¿Cómo seguir viviendo en una sociedad que no me aceptará jamás, una sociedad hipócrita, que sale del clóset amparada en las sombras de la noche, que da rienda suelta a sus pasiones en el anonimato de los moteles, en los bares especiales, en la soledad de los apartamentos de soltero?

Mi madre quiso que me casara, y me casé. Pero aquello fue una tortura.

Me gustan los hombres; amo a los hombres y no soporto vivir más con este engaño.

LA DNIC. Cinco días pasaron para que sus amigos notaran la ausencia del ingeniero. Cuando llegaron a su casa, un olor insoportable salía del dormitorio principal. Sobre la cama estaba su cadáver y en el buró una carta de cinco páginas, un vaso con un poco de jugo de naranja, y los restos de lo que en el laboratorio se identificó como cianuro. El ingeniero se suicidó a los cincuenta y tres años de edad, solo, abandonado, sumido en su dolor y su tristeza.

ELLA. Mira, Carmilla, vivir en estas condiciones es una tortura, una tortura silenciosa, sin embargo, la vida es bella y yo pude sobreponerme. Como ves, tengo dinero, manejo un Mercedes, soy profesional universitaria, mi familia es dueña de muchas empresas y soy la heredera de mi padre, y digo heredera porque él menciona mi nombre de mujer en su testamento. Pero soy un hombre. Me corté los pechos, he moldeado mi cuerpo y, por esas rarezas de la naturaleza, tengo algunos atributos íntimos masculinos. Y tengo pareja. Pero no en Honduras. Vivo en un país más culto y tolerante, con mi pareja, esta mujer bella que ves a mi lado.

Sufrí. Desde niña fui diferente. Me obligaron a casarme pero no funcionó. Decidí vivir mi vida a mi manera. Mi madre me amaba y me apoyó; mi padre tardó en entenderlo. Pero en Honduras me escondo a veces. No quiero parecer un animal raro, una atracción de circo. Carmilla, no imaginas que dolor más grande es el que provocan en tu alma la discriminación, la intolerancia y el desprecio. Por eso admiro a Miguel Caballero Leiva, culto, valiente, solidario, humano, consciente de que la vida debe vivirse sin pedirle peras al olmo. Miguel es un ser admirable.

ÉL. Norman era casado, su esposa lo amaba, sus hijos lo respetaban y sus vecinos tenían en él a un hombre bueno. Pero muchas cosas cambiaron cuando la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) reconoció su cadáver en el piso de un apartamento por el que había pagado ciento treinta mil dólares. Lo mataron a cuchilladas. Tenía heridas en los brazos, las que los detectives de Homicidios identificaron como heridas de defensa, dos heridas profundas en el pecho, y diecisiete cuchilladas más en la espalda. Murió desangrado. Los detectives dicen que se arrastró en el suelo tratando de llegar a la puerta de salida, como si quisiera buscar ayuda.

En la escena encontraron dos condones usados, manchados con heces frescas, latas vacías de cerveza, pastillas estimulantes, videos y juguetes eróticos. Su asesino, un vividor de homosexuales, dijo que Norman le prometió dinero, que lo conocía desde hacía un año, que eran buenos amigos pero que le mintió; él se enfureció y lo atacó. Tuvo poco tiempo para arrepentirse de su crimen. Murió en la cárcel, asesinado por manos desconocidas.

La esposa de Norman dice, llorando, que ella desconocía la doble vida de su esposo. Dice, además, que si lo hubiera sabido, lo hubiera amado igual. Fue un buen hombre. Su madre, una anciana de ochenta y un años, dice que ella siempre supo que su hijo era diferente, pero que era su hijo. No se arrepiente de haberlo casado casi a la fuerza con aquella bendita mujer. Sin embargo, llora porque sabe que Norman sufrió toda su vida ante el miedo a la discriminación.

LAURA. Tengo sida, no VIH, sida. Sé que moriré pronto y quiero confesarme, contar mi vida, dejar constancia del dolor y del sufrimiento que hunde a hombres como yo en el fango del miedo a que te señalen, se burlen por ser como sos, te repudien y hasta te condenen. ¿Ves esta casa? Aquí crié a mi familia. Mi esposa ya murió. Mis hijos viven en Estados Unidos, con los nietos que no conoceré jamás. Mi única compañía son los recuerdos, la fotografía de mi esposa, mis perros, los guardias y las enfermeras. Mis hijas se avergüenzan de mí. Mis hijos varones se olvidaron de que yo les di la vida, los formé y que no he dejado de amarlos. Ellos sienten vergüenza. Solo mi esposa me comprendió. Ella murió de cáncer de matriz, hace tres años.

Cuando supo mi verdad, lloró, me miró con ternura y me sonrió. Me dijo que siempre lo supo. Mi mamá le contó que mi papá me golpeaba porque me gustaba jugar con muñecas, con trastecitos y con niñas. Y mi papá era el señor ministro, el gran abogado, el hombre de sociedad. Y yo era su mancha más asquerosa. Así se lo dijo a mi madre cuando decidió irse de la casa para siempre. ¿Salir del clóset? No sé que quieren decir con eso. No podría salir de mi oscuridad. Me avergüenzo de mí mismo. Mis hijos se avergüenzan de mí. ¡Dios se avergüenza de mí! ¡Ay, Carmilla!

A mis setenta y dos años entiendo que morir no es tan difícil. Vivir es terrible; y lo es mucho más vivir así. ¿Va a escribir el caso del hijo del general que se suicidó en el gimnasio de su colegio porque su padre, un macho en todo el sentido de la palabra, le dijo que maricas no quería en su casa? Ese es un caso criminal. Las palabras del general obligaron al muchacho a suicidarse. El general ahora se arrepiente, pero ya es tarde. Como dice el poema: “Agora ya es tarde, querida hermanita”. ¿Que por qué quiero que me llame Laura en su reportaje? No lo sé, en realidad. Si hubiera nacido con un cuerpo de mujer me hubiera gustado llamarme así.

COMENTARIO. Entre los hombres como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz, y un gran logro para la humanidad sería que las personas tratemos a los demás como nos gustaría que nos traten a nosotros.

Lastimosamente, a Juan Orlando no se le ha ocurrido legislar para que la tolerancia se incluya en el ADN del hondureño, para que el respeto a los demás sea de obligatorio cumplimiento y para que la discriminación se convierta en un delito de lesa humanidad, en un crimen merecedor de la más severa de las penas, en esta Honduras donde la hipocresía es una pandemia incurable, donde sí se lanza la primera piedra, a pesar de que se nada en un insondable mar de pecados.

Como hemos dicho en otras ocasiones, a esta sociedad le falta Dios.