TESTIGO. Doña Ernestina es una mujer menudita, delgada, con la piel amarilla surcada de arrugas, ojos azules en los que brillan con mucha dignidad los ochenta y tres años que ha vivido, y cabellos largos e intensamente blancos que lleva recogidos en una trenza larga y vistosa. Es una buena conversadora y guarda en su memoria tanta historia que pasar el tiempo escuchándola es una de las más grandes satisfacciones que deja este oficio.
Desde que vino de Santa Bárbara en diciembre de 1931, siendo una recién nacida, vivió en el barrio La Hoya, cerca de la vieja Penitenciaría Central. Allí creció, se enamoró, se casó, parió y enviudó. Y allí morirá cuando Dios quiera. Cincuenta años tenía cuando fue testigo de esta historia que documentó, en su juventud, Jorge Quan.
LAMENTOS. Hacia finales de 1981, algo pasaba en la Penitenciaría que alarmaba a los vecinos, quitándoles el sueño y alborotando su miedo y su curiosidad. Sucedía aquello siempre a la misma hora. Gritos, súplicas y lamentos saltaban los muros, haciendo más tenebrosas las noches. Eran alaridos de hombres que sufrían, eran súplicas de hombres que se rendían, eran lamentos de hombres que padecían terribles dolores.
Hacia la madrugada todo quedaba en silencio y la historia se repetía la noche siguiente. La intriga aumentaba y el misterio se mantenía entre los muros.
CINE. A inicios de los años ochenta se le ocurrió a alguien en la Dirección de la Penitenciaría cambiar algunas cosas que vinieran a darles un respiro a los reos que padecían en medio del hacinamiento, el hambre, la soledad, los abusos y hasta el olvido.
Ya tenían a algunas mujeres que llegaban a la PC desde temprano, se encerraban en un cuarto, acondicionado ex profeso, se desnudaban de la cintura para abajo y esperaban, con las piernas separadas y un condón en la mano, a que los clientes llegaran. Y los clientes no faltaban. Las filas eran enormes. Los hombres llevaban en una mano dos lempiras, el precio de la atención a sus lúbricas necesidades. La mujer cobraba, entregaba el condón, se quitaba la toalla con que se tapaba sus partes pudibundas, o pudendas, y la fila esperaba. A la puerta, por supuesto, estaba un hombre con una libreta en la que anotaba cada entrada. Un lempira servía para gastos de administración. Nada más justo y conveniente.
Sin embargo, hacía falta algo más para entretener a los reos. Picar piedras y pavimentar calles con ellas ya no era una opción, por lo que había que encontrar algo más divertido. Y a alguien se le ocurrió un cine, mejor dicho, una sábana blanca extendida entre dos troncos sobre la que se proyectaba una película. El precio: un lempira para gastos de administración. No era un negocio, por supuesto, era terapia. Y esta terapia duró mucho tiempo.
EL CORONEL. Tales de Mileto, uno de los siete sabios de Grecia, dijo que todo pasa y todo cambia, y el cine de la PC pronto iba a cambiar.
El coronel al que acababan de nombrar como director traía sus propias ideas para mejorar las cosas en la Penitenciaría. Y sus ideas se referían, sobre todo, a aquellos delincuentes que, por su dinero, por su poder y por sus conexiones, entraban y salían de la cárcel riéndose de la sociedad. Cometían delitos y el poderoso caballero don dinero pronto les conseguía la libertad para que siguieran delinquiendo. Bien dijo Salomón: nada hay nuevo bajo el sol.
Al coronel le decían “El Chacalín”, aunque bien pudieron apodarlo “El Tigre” de tan duro que era. Estaba seguro que la ley por sí misma no rehabilitaría a aquellos delincuentes y él tenía que hacer algo drástico para que los reincidentes no siguieran riéndose de la justicia. Cuando ordenó que se cancelara el cine porque la PC no era un asilo de señoritas consentidas ni de monjas ¡ni de las once mil vírgenes!, dijo que se dejara la pantalla donde estaba porque él tenía otro uso para ella. Pronto iba a estrenarla.
EL LADRÓN. Era un hombre de unos cuarenta años, hacía unos tres meses que había sido liberado por cargos que su dinero y sus amistades pudieron desvanecer y, convencido de que podía seguir delinquiendo impunemente, asaltó una joyería. Cuando regresó a la PC, sonreía. Pero la sonrisa no le iba a durar mucho tiempo.
VATICANO. Era un hombre alto, fornido, de agradable presencia y fácil sonrisa. Sin embargo, su sonrisa era la de la serpiente. Era un asesino consumado. Estaba condenado por la eternidad. Aun así, se vestía como sacerdote y se peinaba como sacerdote. Lo apodaban, por eso, “Vaticano”, y a él le gustaba el apodo. No tardó en aliarse con “El Chacalín”. La alianza darías sus frutos. Esa noche, a las once, segundos más, segundos menos.
LÁTIGO. El ladrón de la joyería dormía a pierna suelta cuando dos guardias le lanzaron un balde de agua fría. Protestó. Un culatazo lo hizo callar. Volvió a protestar. Otro culatazo le demostró que no estaba soñando. Cuando lo arrastraron fuera de la celda, ante el silencio de los compañeros que dormían en las tarimas que llegaban al cielo, el ladrón supo que lo esperaba una pesadilla. Y cuando lo amarraron a los postes donde estaba asegurada la pantalla de cine, empezó a preguntar qué era lo que pasaba. El coronel apareció, saliendo como un fantasma de entre las sombras. Su rostro, de blanco, brillaba, sus ojos echaban chispas y su sonrisa era siniestra.
“Ahora vas a ver que no es bueno entrar y salir de la PC” –le dijo. Hizo una señal y el “Vaticano” descargó el primer golpe sobre su espalda desnuda. El ladrón aulló de dolor. Los latigazos siguieron, uno tras otro. Entonces vino la sal. El “Vaticano” la restregaba con tanta destreza que los alaridos no se detenían ni un segundo.
Una semana después, el ladrón salió de la cárcel. No volvió a delinquir. El remedio del coronel era santo remedio. Y lo mismo pasó con los huéspedes esporádicos de la PC. A las once de la noche les desgarraban las espaldas a latigazos. Y era tanta la destreza del “Vaticano” que se le ocurrió ponerle púas al final para que arrancaran la carne. Además, le agregó alcohol a la sal. Con esto disminuyeron las visitas de los incorregibles.
“Yo tenía cincuenta años y escuchaba perfectamente –dice doña Ernestina–. Era horrible oír a aquellos hombres suplicando piedad... A veces me despierto en las madrugadas y me parece oírlos... Y se me pone la piel de gallina”.
NANDO. Exmilitar, Nando llegó a la PC acusado de haber matado al amante de su mujer, una niña de dieciséis años que, como Martina, apenas empezaba a experimentar en los misterios del amor. Nando no le dio tres tiros pero sí la ahorcó. Después quiso escapar a Nicaragua pero lo capturaron en Las Manos. En la Penitenciaría lloraba y se endurecía su corazón. Pero, recién llegado como era, Nando debía entrar en confianza con la pantalla de los lamentos. A las once de la noche del segundo día de su ingreso, lo arrastraron, después de someterlo a toletazos, y lo amarraron en los dos postes manchados con la sangre seca de los otros desgraciados.
“Matar a la mujer es lo peor que puede hacer un hombre –le dijo “El Chacalín”–, y eso aquí se paga caro”.
Nando tembló. El “Vaticano” descargó el primer golpe. Las garras de alambre de púas le desgarraron la piel del abdomen y los siguientes latigazos le dejaron la espalda en carne viva. La sal y el alcohol fueron peor que los golpes. Nando deseó estar muerto. Sin embargo, a “El Chacalín” nadie se le moría. Solamente se les disciplinaba. Pero Nando, vacío su corazón de buenos sentimientos, lo llenaba con los malos, y entre estos, el odio ocupaba la mayor parte y los deseos de venganza.
GUILLOTINA. Como bien hubiera dicho el poeta Ramón Ortega, el sistema penal de Honduras es un mercado donde se compran honores, voluntades y conciencias. Y Nando compró la cuchilla de una guillotina, de esas que se usan para cortar papel. Era enorme, de más de un metro, y pesada. Nando la afiló con esmero y con paciencia. Y esperaba, solo esperaba.
“¿Para qué la querés? –le preguntó un amigo.
“Para castigar a un maldito” –respondió.
“¿Quién es?”
Nando miró al amigo, le dedicó una sonrisa y le dijo:
“Y también sirve para cortarle la lengua a los sapos”.
Nadie le volvió a preguntar nada.
CASTIGO. Era día de visita –dice Jorge Quan–, el día más esperado por los reos. El salón estaba lleno, habían mujeres y niños, ancianos venidos de las aldeas, madres que besaban a sus hijos presos, esposas que lloraban al lado de sus maridos y pastores que predicaban la paciencia y el arrepentimiento de los pecados.
Había, también, mujeres alegres, solteras por naturaleza que iban en busca de amistad. Era un día hermoso.
El “Vaticano”, vestido de negro, con cuello blanco, corte bajo y rostro de santo, sonreía, mostrando toda su presencia a quien necesitara deleitarse con ella. Caminaba como si repartiera la bendición. Repartía sonrisa y recibía sonrisas, sin embargo, dos ojos de fiera lo seguían de cerca, dos ojos inyectados de odio, dos ojos que anhelaban venganza.
LA SILLA. Cansado de pasear su belleza, el “Vaticano” se sentó en una silla de madera, cruzó una pierna sobre la otra, puso los brazos a los lados y se quedó inmóvil por largos segundos, como la estatua de Abraham Lincoln. Fue en es momento que los ojos que lo seguían se acercaron a él. Nando estaba blanco por la ira, sudaba y un temblor intermitente se notaba en sus labios. Cuándo sacó, no se sabe de dónde, la enorme hoja de la guillotina, el “Vaticano” se puso de pie, pero era demasiado tarde. La cuchilla, como un gigantesco machete, cruzó el espacio hiriendo el aire, brilló por un instante y se estrelló justo en el centro de la cabeza del “Vaticano”, cortó la piel, partió los huesos del cráneo, bajo sobre la nariz, separó la cara en dos, dividió el cuello y se detuvo en el pecho, donde separó para siempre los pulmones e hizo dos tapas del corazón. Fue una escena terrible. El “Vaticano” vio venir la muerte pero no pudo apartarse de ella. Nando estaba satisfecho. La sangre del verdugo formaba un lago a sus pies. Ya no brillaban con odio sus ojos. Ahora estaban tristes. El caos que se hizo a su alrededor no lo inmutó. Cuando los guardias lo golpearon con las culatas, no opuso resistencia. Lo hecho, hecho está, y como bien dicen, hay tres cosas que no regresan: una piedra después de lanzarse, la palabra que sale de la boca y la oportunidad que se pierde. Y él agregaba una más: el machetazo que castigaba a un verdugo despiadado.
Cuando “El Chacalín” se dio cuenta de lo que había pasado, no asomó la nariz por la escena. Un juez ordenó investigar el caso. Nando declaró que el “Vaticano” era el verdugo del director y contó lo que pasaba con los reos en la pantalla de los lamentos. El coronel fue destituido, mejoraron las cosas en la PC y, poco tiempo después, volvieron a estar igual, o peor. Nando fue condenado. Salió en libertad hace algunos años. Es un hombre triste... y bueno. La pantalla de los lamentos fue tema de conversación por mucho tiempo. Hoy, es un retazo de la historia negra de Honduras, la historia que no se puede olvidar.
A los lectores
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