FINAL. La muerte de don Abdul fue dolorosa y triste. Enamorado de la vida, de su mujer, mejor dicho, de su hermosa, sumisa y complaciente mujer, y más enamorado todavía del dinero, don Abdul no quería dejar este mundo. Aunque Mahoma le tenía asegurado que en al-Janna, esto es, en el paraíso, encontraría huríes preciosas, de grandes ojos negros y de una belleza indescriptible, setenta y dos para ser exactos a su eterno y delicioso servicio, don Abdul prefería seguir en este valle de lágrimas donde, como buen musulmán, llevaba la vida rezando, haciendo buenas obras y disfrutando del fruto de sus manos. Ya la vejez se encargaría de llevarlo a la presencia de Alá.
Sin embargo, su corazón, que tan sano había sido los últimos cincuenta y cuatro años de su vida, le empezó a fallar de pronto. El médico le dijo que padecía arterioesclerosis coronaria y que debía cuidarse. A pesar de su disciplina, don Abdul fue decayendo hasta que una noche se despidió del mundo mientras dormía. A las dos de la mañana su esposa lo sintió helado, encendió una lámpara y se dio cuenta que su esposo esta muerto.
El mundo se derrumbó a sus pies. Don Abdul era un hombre bueno, considerado, dadivoso y padre sin igual. Antes de que saliera el sol, su médico, con lágrimas en los ojos, firmó los últimos papeles y abrazó a la viuda, a la que había asaltado una repentina y profunda tristeza.
DECISIONES. “¿Dónde será el sepelio?”
La viuda tardó en contestar.
“No sé. él desearía quedarse en Honduras. Decía que esta tierra era su segunda patria y que quería descansar aquí, pero sus hijos llamaron de Estados Unidos y dicen que van a llevar su cadáver al Líbano. No sé que hacer…”.
“Usted es su esposa, la decisión es suya”.
Nuevo silencio.
“Creo que me pondré de acuerdo con sus hijos. Yo no tengo a nadie en este país y desde hace mucho deseo regresar a Beirut. Mis padres ya son viejos y quiero estar con ellos sus últimos años…, pero él deseaba quedarse para siempre en Honduras, y así será”.
El médico no dijo nada. El fuerte olor a whisky que brotaba de sus poros inundaba el dormitorio, y la viuda creyó que iba a vomitar. Había tomado una decisión y su esposo se quedaría para siempre en esta tierra bendita de Dios. A las ocho de la mañana, los empleados de la funeraria ya lo habían vestido, afeitado y perfumado, y estaban a punto de acostarlo delicadamente en el lujoso ataúd. Sus dos hermanos lloraban, la viuda, vestida de negro y con un velo cubriendo su hermoso rostro, agradecía a los amigos y socios que reprimían sus lágrimas mientras veían el voluminoso cuerpo del muerto tendido en el que una vez fuera su lecho nupcial.
“Saldrá de su casa a la tumba –había dicho la esposa-. Puesto que su muerte fue natural evitaremos los vergonzosos trámites del Ministerio Público. No quiero que nadie mancille su cuerpo. El ya está en los brazos de Alá, Al-Rahmán. (Alá el Misericordioso).”
Y así fue. Don Abdul fue puesto en el ataúd, cruzados los brazos sobre el pecho, contrastando su palidez con la impecable blancura de los forros del féretro. El dolor de la viuda era indescriptible.
“Quiero estar a solas con él. Quiero despedirme de él…”.
Todos entendieron y dejaron la habitación prudentemente. A las once de la mañana bajaron el cuerpo a la sala que estaba acondicionada para el velatorio. El entierro sería a la una de la tarde. Quienes quisieran verlo por última vez podían acercarse pues iban a sellar el ataúd. A las tres de la tarde todo había terminado. La viuda, escondiendo su tristeza con el velo, volvió a su casa para recoger algunos documentos, sus joyas y el álbum de fotografías. Esa misma noche, en el avión alquilado de sus hijastros, volaría a Miami y de allí a Beirut. Dejaba el pasado atrás.
TRáMITES. El ejecutivo de la compañía aseguradora se puso de pie para saludar a la hermosa y triste mujer vestida de luto. La esperaba desde hacía media hora y ella se disculpó limpiándose una lágrima que corrió por una de sus mejillas. El ejecutivo entendió.
“Todo está en orden –le dijo-; lamentamos mucho la muerte de su esposo. El corazón es traicionero”.
Ella no dijo nada.
“En estos veinticinco días adelantamos mucho para no hacerle difícil la espera, ya recibimos el informe de nuestro agente en Honduras y comprobamos que todo está en orden, solamente falta su firma en estos documentos para efectuar el pago…”.
La mujer habló en un inglés impecable, aunque con doloroso acento. El ejecutivo se conmovió. El abogado de la viuda leyó los documentos y no tardó en encontrarlo todo en orden.
“Puede firmar” –le dijo. Y ella firmó. El ejecutivo, con una sonrisa forzada en los labios resecos y con los chispeantes ojos azules fijos en la luz que brillaba detrás del velo, le entregó el cheque. Dos millones de dólares. Era el seguro de vida de don Abdul, del que ella era única beneficiaria. Extrañamente, los hijos no la acompañaron. Se había leído el testamento y heredaban negocios con dificultades y casi en ruinas. A ninguno le importó. La viuda podía hacer lo que quisiera con ellos.
VIAJE. Zoraida era bella, tanto como una Al-hoor del paraíso. Su piel canela, sus negros ojos, su cara fina, su largo pelo y la esbeltez de su cuerpo atraían todas las miradas y arrancaban cascadas de suspiros. Por eso Aníbal no pudo evitar que sus miradas se fueran tras ella cuando la encontró en la salida del aeropuerto de San Pedro Sula, arrastrando una maleta de cuatro ruedas.
De inmediato, sus pies siguieron a sus miradas y, ahora más asombrado que seducido, la vio subirse a una camioneta que la esperaba con el motor encendido.
Del asombro pasó a la intriga y entonces recordó a la nerviosa y sufriente mujer que hacía apenas un mes había enterrado a su marido, entre las muestras de afecto y solidaridad de sus amigos. Pero algo extraño había en ella. Ya no vestía luto, el velo había desaparecido y su rostro se veía radiante y casi feliz.
Vestía un jean que se ceñía a su cuerpo como el guante a la mano, una camisa de seda blanca cuyos botones superiores sin abrochar formaban un escote que hacía vibrar los corazones, y calzaba sandalias de tacón de aguja, altas, que aprisionaban dulcemente sus delicados pies. Aníbal estaba confundido. Su mente era un caos. Cuando la mujer se subió al vehículo, se inclinó para besar al chofer en la boca, y después cerró la puerta con fuerza.
No había duda, Zoraida estaba feliz. Ahora al espía le ardían las sienes y sudaba a mares. Sacó su teléfono celular, marcó nerviosamente un número y esperó. Tardaron en contestarle. Habló en inglés más de diez minutos. La sorpresa de su interlocutor iba sembrando una sospecha en su corazón.
“¿Será posible?”
La voz al otro lado sonó desesperada.
“I don’t know. Do not know what to say, but anything can happen”. (No lo sé. No sé qué decir, pero todo puede suceder)”.
Algo tenemos que hacer. Debes informar a tus superiores. Ella dijo que viajaría a Beirut, para cuidar a sus padres sus últimos años. No imagino por qué regresó a Honduras.
“¿Un amante?”
“No lo sé”.
“¿Pudiste ver al hombre al que saludó con un beso?”
“No”.
“Te llamaré en una hora”.
LUZ. Los hombres bostezaban en la camioneta gris que estaba estacionada bajo la sombra de varias acacias mimosas llenas de flores amarillas. Ya no hacía calor y mordisqueaban los palitos de papas como si no tuvieran hambre realmente.
En el asiento de atrás, Aníbal se mordía las uñas desesperadamente.
“Hay luz en la casa”.
“Sí”.
“¿Estará ella allí?”
“Seguramente. La vimos entrar a las tres de la tarde y, en todo este tiempo, no ha salido nadie…”.
“¿Con quien estará?”
“¿Quiere que le preguntemos directamente?”
Aníbal guardó silencio. Aquellos dos detectives no eran muy amigables, a pesar de que les estaban pagando un bono por las
molestias de hacer bien su trabajo. Era el quinto día de vigilancia pero nada anormal sucedía en aquella casa. Mejor dicho, en aquella mansión.
“Si sus sospechas no lo dejan dormir, le aconsejamos que solicite la exhumación antes de que se coma sus propios dedos… Para mí que la mujer tiene un amante, no se fue a Beirut porque no le dio la gana y está allí gozando con su amor los dos millones que le dejó el marido… Es lógico. Don Abdul no era una belleza pero ella sí…”.
“No necesito escuchar sus razonamientos, oficial; usted está aquí para hacer su trabajo. Si pretende humillarme una vez más haré que lo releven y se puede ir olvidando de sus cincuenta mil lempiras… ¿Nos estamos entendiendo?”
El detective no dijo nada. Miró una vez más a la ventana iluminada que daba a la calle desde el segundo piso, y encendió un cigarro. En eso sonó un teléfono. Aníbal contestó rápidamente.
“Exhumation? To when? Tomorrow? ¡Excellent! Should I contact the prosecutor? Right now. Of course I’ll let you know immediately of the results. (Exhumación? ¿Para cuando? ¿Mañana mismo? Excelente! ¿Debo comunicarme con el fiscal? Ahora mismo. Claro que te avisaré inmediatamente de los resultados)”.
LA TUMBA. Eran las nueve de la mañana, hacía calor pero las flores llenaban el espacio con un aroma dulzón y agradable. Los hombres estaban sacando el ataúd del fondo de la fosa, y sudaban a mares. Arriba, la gente veía sin que aquello pareciera impresionarles. El único que se mostraba nervioso era Aníbal, el siempre fiel representante de la compañía aseguradora de Estados Unidos.
Cuando el ataúd estuvo sobre la grama, un hombre quitó los seguros y miró al fiscal que se tapaba la nariz con un pañuelo impregnado de perfume. Este le hizo una señal moviendo la cabeza hacia adelante. La tapa de cedro se abrió. El rostro sereno de don Abdul apareció de pronto debajo del vidrio. Estaba incorrupto y parecía dormido.
“No entiendo…” –dijo Aníbal.
El fiscal se quitó el pañuelo de la cara. Sus cejas se unieron en una muda pregunta y ordenó que quitaran el vidrio. Con cierto temor se acercó al cadáver. El forense se le adelantó. Después de varios segundos, una carcajada rompió la paz del cementerio. El Forense se puso de pie, se quitó los guantes y se retiró unos pasos. Seguía riéndose.
“Allí está su cadáver”.
Nadie dijo nada.
“Es un muñeco. Un muñeco muy bien hecho…”.
Aníbal estuvo a punto de desmayarse.
“Amigo, este es un fraude muy bien hecho… ¡Lo que hace la gente por dinero!”
LA CASA. A las dos de la tarde, un piquete de “Cobras” y de agentes de la Dirección Nacional de Investigación Criminal tomaron posiciones frente a la hermosa casa de don Abdul. Nadie les abrió. Cuando lograron forzar el portón, dos perros Pastor Alemán enseñaron los dientes detrás de una reja. La casa estaba vacía. El fiscal estaba sorprendido. Aníbal se estaba comiendo sus propios dedos. Gracias a su informe la aseguradora había pagado dos millones de dólares por el seguro de vida de don Abdul. El cheque había sido cobrado, el dinero transferido a varias cuentas y terminaron perdiéndole el rastro cuando lo retiraron en efectivo. Una semana después de la exhumación, a Aníbal se le ocurrió investigar en el aeropuerto. Siete días antes, a las cinco de la mañana, un avión Cessna 172 Skyhawk, pidió permiso para aterrizar; su plan de vuelo era sencillo.
Luego de cargar combustible y de que sus dos pasajeros estuvieran cómodos en el interior, la torre de control lo autorizó a despegar. La DNIC le siguió la pista, sin embargo, sus dos pasajeros, un hombre de cincuenta y cuatro años y su esposa, una bella mujer de treinta y seis, desaparecieron después de chequear su entrada en Migración. El se llamaba Emin El-Madi, ella, Soraya El-Madi. Ese mismo día aterrizaron tres jets privados, uno de ellos un avión ambulancia. Interpol confirmó su entrada a los Estados Unidos y su salida para Grecia la mañana siguiente. Allí les perdieron la pista. Se cree que viven en Siria. La investigación continúa. Los detectives que vigilaban la casa dicen que tal vez se durmieron y no se dieron cuenta si alguien salió en la madrugada. Varios años después Aníbal se pregunta cómo pudo ser tan ingenuo y todavía desea saber quién le hizo el muñeco a don Abdul.
“You will understand that after this we will be left without jobs, ¿right? (Entenderás que después de esto nos quedaremos sin empleo, ¿verdad?”
Aníbal sonríe cuando dice, con voz apagada y los ojos fijos en el suelo: “Dos millones de dólares. ¿Qué no haría yo con dos millones de dólares? Pero creo que moriré pobre, Carmilla. Y lo peor de esto es que me están investigando como sospechoso de ser cómplice del fraude de los dos millones, y los detectives de la DNIC me siguen cobrando el bono que les prometió la empresa… ¿Qué puedo hacer? Solo reírme, admirar el ingenio de la gente y reconocer que vivimos en un país de corruptos, desde el médico que certificó la muerte, el artista que fabricó el muñeco, hasta los delincuentes que les facilitaron documentos falsos. Pero ya de nada sirve llorar sobre la leche derramada… ¿Qué título le va a poner al caso?”
“Tal vez, El extraño caso del muerto vivo”.
“No le parece mejor: El ingenioso fraude de los dos millones”.
“Vamos a ver. Recuerde que los lectores son inteligentes y siempre esperan algo que rete su imaginación”.