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Cicatrices en el alma

<p>Una tragedia que destruyó a una familia y que manchó con sangre de inocentes la historia de Choluteca. Este relato narra un caso real.</br> Se han cambiado los nombres</br> y se han omitido algunos</br> detalles para proteger a los inocentes.</p>
16.03.2013

CHOLUTECA. La Villa de Jerez de la Frontera y mis Reales Tamarindos, Choluteca, es una ciudad hermosa, cálida, llena de gente noble y trabajadora; es una ciudad que encierra en su historia grandes momentos, que le ha dado a Honduras grandes hombres, como Dionisio de Herrera, José Cecilio del Valle y Florencio Xatruch, y que guarda en su casco histórico la esencia colonial que la convierte en un paraíso de la historia del mundo.

Y, como dice Quintín Soriano, el mejor alcalde que ha tenido esta ciudad en siglos, “a Choluteca hay que llevarla en el alma, en la sangre, en la vida misma”. Y, como quizás hubiera dicho José Cecilio del Valle, el Sabio, “Choluteca de día, cuando escribo; Choluteca de noche, cuando pienso”.

Sin embargo, no todo ha sido color de rosa en la Sultana del Sur.

Hace más de veinte años, en el barrio Campo Sol, una tragedia terrible manchó con sangre inocente su historia y dejó en el recuerdo de miles de personas los fantasmas de un asesinato brutal, despiadado y sin sentido.

CASO. Era la madrugada del seis de noviembre de mil novecientos noventa, la noche había sido fresca, el cielo estaba limpio y lleno de estrellas, y la luna brillaba, colgando de la nada, como un hermoso medallón de plata que se movía imperceptiblemente en el espacio.

El silencio era total. De vez en cuando se escuchaba el aullido lastimero de un perro y el canto viril de algún gallo y, a lo lejos, el canto triste y monótono de un pájaro solitario. El viento se había detenido y la oscuridad envolvía las calles de tierra roja por donde se paseaba la muerte.

TESTIGOS. Don Silvino dijo que él fue a buscar a doña Estela para advertirle que su esposo estaba como trastornado, que algo malo le pasaba y que estaba diciendo cosas que a él le parecían imposibles. Todo el día había pasado en su casa, y se había dedicado a afilar un guarizama, un machete de casi metro y medio de largo, en una piedra de afilar; y mientras lo afilaba, murmuraba incoherencias.

“¿Cuáles eran esas incoherencias?”, le preguntó el detective de la Dirección de Investigación Nacional, (DIN). Don Silvino respondió por enésima vez.

“Don Ramón decía que iba a cometer un desastre, que aquel machete le iba a limpiar su honor y que esas put… se las iban a pagar”.

“Y, ¿usted qué hizo?”

“Yo fui a avisarle a la señora pero no estaba; solo estaba su hija, estudiando afuera de la casa…, pero no quise decirle nada a ella”.
“¿Y por qué no le avisó a la Policía?”

Don Silvino se rascó la parte de atrás de la cabeza, miró hacia el suelo, torció un poco la boca y dijo, tras una larga pausa:

“Pues es que yo no creí que don Ramón fuera a hacer eso”.
Don Silvino se había equivocado.

LUZ. “Un día le pregunté a mi papá que por qué él no me quería, que por qué él no me apoyaba. A mí me dolía en el corazón que él me despreciara, que me tratara mal y que hasta me ignorara. Ese día me puse de rodillas frente a él, yo estaba por graduarme de maestra y mi mamá andaba pagando el local donde iban a celebrar mi graduación.

Él me dijo que para que hacíamos tanto macaneo, que yo no me iba a graduar y que ya iba a ver yo lo que nos iba a pasar a mi mamá y a mí. Yo estaba de rodillas ante él, que estaba acostado en una hamaca, en la sala de la casa, las lágrimas rodaban por mis mejillas y una tristeza muy grande me apretaba el pecho.

Él era mi padre y yo sentía que no me quería; y yo amaba a mi padre. Él me miró con desprecio y hasta se rió de mí, y su risa era burlona, maliciosa, malvada. Le pregunté que si es que yo no era su hija y su respuesta me taladró el alma”.

AMIGO. Asdrúbal no olvida lo que pasó aquel día, cuando don Ramón afilaba el machete en casa de don Silvino, y al traer aquellos recuerdos a su memoria, las lágrimas saltan de sus ojos.

“Fuimos vecinos con don Ramón por muchos años, y éramos buenos amigos. Don Ramón era trabajador, era un hombre honrado y buen padre, a mí me consta. Pero de pronto había cambiado, tenía diabetes, no podía controlarse el azúcar y se sentía viejo y cansado. Aparte de eso, estaba muy enamorado de su señora y decía que ya no podía servirle como hombre y que tenía miedo que ella se buscara otro. Y aseguraba que si se llegaba a dar cuenta de eso, sería la muerte para él. De verdad la quería”.

LA AMIGA. La profesora María fue buena amiga de doña Estela y todavía la recuerda con el mismo cariño de siempre, aunque con llanto y con tristezas.

“Yo le decía que no se enamorara de Ramón porque él era casado, pero como el amor es así, ella se enamoró de él y se fueron a vivir juntos, formaron una familia y vivieron bien por mucho tiempo. No sé como a Ramón se le metió el diablo en la cabeza y empezó a celar a Estela hasta con su propia sombra; incluso llegó a decir que ella y yo nos entendíamos”.

“Yo creo que es que la diabetes lo estaba dañando mucho, pero las cosas empeoraron cuando Estela se metió a negociar para el Guasaule. Le fue bien, llegó a tener tres puestos y ganó bastante dinero. Pero Ramón sentía que ella se había alejado de él, que le importaba más el negocio y que ella ya no lo quería”.

ASDRÚBAL. “A mí me dijo Ramón que su mujer había cambiado mucho desde que se había metido a negociar para Guasaule; también me dijo que le habían soplado la oreja que su mujer le pagaba mal y en esos días yo lo veía desesperado, pero yo estaba seguro de que esas cosas eran inventos de la gente malvada porque Estelita era una mujer honrada, trabajadora y que quería mucho a don Ramón.

Pero los celos son así, y a Ramón le habían envenenado el alma. Yo creo que estaba enfermo, y hasta le dije que nos fuéramos a dar una vuelta a Tegus para que visitara un doctor en el Mario Mendoza, pero no me hizo caso, a pesar de que yo sabía que los nervios lo estaban traicionando”.

LUZ. “Yo tenía diecisiete años, no sé cómo iba a graduarme si los problemas en mi casa eran el pan nuestro de cada día. Cuando estudiaba yo lloraba y mojaba mis cuadernos con mis lágrimas porque ya no soportaba los problemas entre mi papá y mi mamá. Mis hermanos mayores se habían ido porque tampoco soportaban los gritos y los insultos y solo quedábamos con ellos mi hermanito de cinco años y yo. Y yo solo deseaba graduarme para irme porque ya no quería seguir sufriendo, pero el problema era que yo era la única hembra de mi mamá y no quería dejarla sola”.

EL NOVIO. “Teníamos unos seis meses de ser novios con Luz y yo ya estaba pensando en casarme con ella; yo sabía que ella sufría, que no era feliz, que su papá la maltrataba y que su mamá también sufría; y yo la quería mucho y quería que fuera mi esposa”.

HERMANO. “Yo tenía un viaje para Tegucigalpa ese día, seis de noviembre; era un asunto del trabajo y yo no vi a mi papá ese día, a pesar de que lo visitaba todas las noches. Me dijeron que él había ido a dejar el carro a la casa y que se había ido a pie para la casa donde vivía con su otra familia”.

LUZ. “Esa noche mi mamá vino casi a las ocho de la noche, me trajo un camisón y me obligó a que me lo pusiera porque no le gustaba que yo durmiera desnuda pues por el calor no me gustaba dormir vestida, a pesar de que ya era una muchacha, pero como solo dormía con ella y con mi hermanito en el cuarto, no había problema; y me puse el camisón que me regaló. Ella se puso otro parecido al mío”.

“Esa noche cenó, escuchó música en una grabadora que le había regalado a mi hermano el día de su cumpleaños y nos fuimos a dormir, pero mi papá se levantó de la hamaca en la que dormía en la sala y le dijo que iba a ir a El Obrador a quemar ladrillos y que ya iba a regresar. Sacó el camioncito y se fue. Regresó como a las doce, pero lo extraño es que nos había dicho que le abriéramos la puerta cuando él regresara, a lo que mi mamá le dijo que llevara sus propias llaves, pero él no le hizo caso”.

“Cuando volvió, rascó con la uña el cedazo de las ventanas y nos dijo que le abriéramos. Mi mamá se levantó a abrirle y él se acostó en la hamaca. Y nos dormimos”.

CRIMEN. “Pero a la una y cinco de la mañana del seis de noviembre de mil novecientos noventa, una fecha que no voy a olvidar jamás, yo oí un grito, un grito horrible, un alarido, y me desperté de repente solo para ver que mi papá le había dado un machetazo a mi mamá y que le había abierto la cabeza; ella gritaba y él le dio otro machetazo, esta vez en el cuello, le cruzó la cara y le cortó la yugular en dos. Yo grité para pedir ayuda y no recuerdo en qué momento mi papá me atacó a mí.

Cuando acordé, yo estaba empapada en sangre, y creí que era la sangre de mi mamá, pero era mi propia sangre; mi papá me había dado un machetazo en la cara, me había cortado la quijada y estaba a punto de matarme cuando mi hermano mayor, que esa noche se había quedado en la casa, le dijo que dejara a mi mamá. Él tiró el machete ensangrentado al suelo, sacó una pistola y le hizo dos disparos a mi hermano, que a saber cómo se salvó”.

“Yo estaba ayudando a mi mamá, que se agarraba a las paredes con las manos manchadas de sangre y que me decía: ‘Hija, no me dejés morir; hija no me quiero morir’”.

“Yo había agarrado a
mi hermanito, que estaba bañado en sangre, y trataba de protegerlo de mi papá. Ya había sentado en mi cama a mi mamá y gritaba por la ventana para que vinieran a ayudarnos porque mi papá había cerrado la puerta de la calle con doble llave, para que no saliéramos.

Fue en ese momento en que yo prendí la luz y vi a mi papá pararse frente a mí, con la pistola en la mano y con los ojos rojos, rojos, como un chile; recuerdo que me miró, se puso la pistola en la cabeza y se disparó; se vino hacia adelante, con la sangre brotando a chorros por la herida, y cayó a mis pies, con la cabeza deshecha”.

“Un vecino nos llevó a la clínica y una doctora no nos quería atender porque no llevábamos dinero. Mi mamá se iba desangrando, le pusieron suero y el suero se le salía por la herida en la yugular. Ella pidió que me atendieran a mí primero y poco después sentí que me agarró la mano y me dijo que no la dejara morir, pero en ese momento echó espuma por la boca y murió. Se había desangrado”.

REGRESO. “A mí me atendieron en el Hospital del Sur, mi novio dio la sangre que necesitaba para que me operaran y él estuvo a mi lado hasta que salí. Pero ya habían enterrado a mi mamá y me queda ese pesar de no haberla visto en el ataúd. Mi mamá era todo para mí. Yo le agradezco a mi esposo que siempre estuvo a mi lado y, a pesar de la fea cicatriz que me dejó mi papá en la cara, él me amó y no me abandonó nunca. Por todo eso y por lo bueno que ha sido es que yo lo amo y lo amaré hasta el final de mis días”.

CICATRIZ. La cicatriz que quedó en el rostro de Luz era la marca de la tragedia y eso le amargaba la vida, la avergonzaba y, en varias ocasiones, hasta quiso suicidarse. Pero el apoyo de la profesora Rebeca y el de su novio, la hicieron seguir adelante, y más cuando formó su propia familia.

Sin embargo,la
cicatriz tenía que desaparecer para que empezaran a borrarse las cicatrices de su alma. Había perdonado a su padre y deseaba ser feliz. Cuando se encontró con el doctor Emec Cherenfant encontró una esperanza y se sometió a la cirugía. La cicatriz no sería más una marca dolorosa y cruel. El Doctor 5-04 ayudó a cambiar su vida desde el
quirófano.

Hoy, Luz lleva una vida mejor, con sus hijos, su esposo y la noble mujer que la crió después que quedó en la orfandad, la profesora Rebeca.

Aunque quizás no olvide nunca aquella madrugada terrible, Luz siente que el peso de la tragedia ya no está sobre sus hombros, y le agradece a Dios la paz emocional que hay en su corazón.

GONZALO. Según Gonzalo Sánchez, el mejor criminalista de Honduras, el crimen que cometió don Ramón fue pasional, motivado por los celos, por el terror a quedarse solo en la ancianidad, por la diabetes que sufría y por algún tipo de trastorno mental que no detectó a tempo. Por desgracia, dice Gonzalo, un hombre celoso es peor que un león herido; movido por los celos, un hombre es capaz de cometer los peores crímenes y no se detiene ante nada.

Lamentablemente, las pasiones de la gente se convierten a veces en un volcán en erupción que nadie puede detener y que destruyen todo a su paso. Eso sucedió con don Ramón.