I PARTE
MARTHA. Eran más de las seis y media de la mañana cuando Martha regresaba de la escuela de dejar a su hijo de seis años que estaba en primer grado y acababa de entrar al callejón donde estaba el cuarto en el que vivía con su otro niño de tres años, cuando alguien se le acercó por detrás, le dijo algo en voz baja y, antes de que ella volteara, la atacó con un largo cuchillo de cocina hiriéndola en la espalda, bajo el omóplato derecho.
Martha gritó de dolor y miedo pero la segunda cuchillada la hizo callar, le flaquearon las rodillas y cayó al suelo, sangrando abundantemente por las heridas.
Dos cuchilladas más, esta vez en el pecho, la callaron para siempre, sin embargo, el cuchillo siguió hundiéndose en su cuerpo varias veces más, la última en la garganta. Luego de esto, el cuchillo, enrojecido por la sangre hasta el mango, cruzó la cara de Martha tres veces, deformándola horriblemente.
El medio litro de leche que Martha había comprado para el desayuno de su hijo quedó a un lado, tirado en una de las gradas del callejón y cerca de las campiranas que serían su propio desayuno.
Cuando Martha dejó de moverse, el cuchillo regresó por donde vino, dejando tras de sí una línea punteada de sangre que se perdió al final.
Cuando todo quedó en silencio, los vecinos empezaron a salir de sus casas. Martha estaba boca arriba, en un mar de sangre, con los ojos abiertos, la boca como si quisiera gritar y los puños apretados. Los vecinos temblaban de miedo.
LA DNIC. Los detectives que estaban de turno llegaron a la escena dos horas después, cuando la sangre se estaba coagulando y las moscas empezaban a alimentarse de ella. Venían de otro levantamiento. Habían tenido una noche larga y pesada y, se suponía, aquel era el último cadáver que verían ese día.
TRABAJO. Su turno había empezado a las seis de la tarde del día anterior. A las seis y minutos recibieron la primera llamada. Al final del bulevar Morazán, dos hombres y una mujer acababan de secuestrar a un taxista y habían escapado por la calle que lleva a la Villa Olímpica.
Una hora más tarde, les avisaron que el cadáver de un hombre joven estaba abandonado en una orilla del anillo periférico, cerca del río Choluteca. Dos testigos dijeron que escucharon dos disparos y que cuando fueron a ver, encontraron al hombre muerto, con dos disparos en la parte de atrás de la cabeza.
“¿Vieron algo más?”
“Solo un taxi que arrancó rápido como si fuera para Loarque”.
Antes de las ocho de la noche, los detectives habían identificado al hombre asesinado. Era el taxista que dos hombres y una mujer secuestraron al final del bulevar Morazán apenas dos horas antes.
LLAMADA. Antes de las nueve de la noche, la operadora de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) los llamó de nuevo. Acababan de matar a un hombre en la Penitenciaría. Estaba muerto sobre un charco de su propia sangre. Lo atacaron a cuchilladas por la espalda y nadie sabía por qué, ni mucho menos quién era el asesino. Los detectives regresaron a Tegucigalpa a las dos de la mañana, junto al personal de Medicina Forense, que tampoco descansó en toda la noche.
MÁS. Los vecinos de Martha se llevaron al niño de tres años, trajeron al mayor de la escuela y alguien les dio refugio en su casa. Nadie conocía parientes de Martha y los detectives confiaron en que podían encontrar alguno en su celular. Uno de ellos marcó el último número al que había llamado la
mujer la noche anterior. Nadie le contestó. Llamó varias veces más y nada, el mismo silencio. Embaló el celular en una bolsa de plástico transparente y, cuando la estaba sellando, el celular empezó a vibrar. El detective contestó la llamada.
“¿Quién habla?”
La voz al otro lado era áspera, rápida y como si la estuvieran fingiendo.
“Te hablo de parte de Martha Elena Rodríguez Macías”.
El detective no obtuvo respuesta. Al otro lado cortaron la llamada y apagaron el celular. Entonces, una luz se hizo en su cabeza y sacó su propio teléfono.
“Necesito un favor tuyo”.
Alguien empezó a hablarle.
“Me urge saber de quienes son los números que te voy a enviar por mensajito y quiero que me digás de dónde salió la última llamada que recibió el primero. Pero lo quiero para hoy. Te lo voy a agradecer”.
En ese momento sonó el radio comunicador. Era la operadora de la DNIC.
Aunque su turno había terminado, tenían que seguir. Orden del jefe de operaciones.
CADÁVER. La zona de Los Laureles se convirtió, en una época, en botadero de cadáveres. No había semana en la que no se encontraran muertos en sus alrededores, y aquel día ya los esperaba uno más.
Era el cuerpo de una mujer joven, trigueña, de regular estatura, pelo pintado en rojo y que vestía una camiseta azul, con una palmera en el pecho, y un pantalón negro. Calzaba tenis blancos, manchados de sangre y la habían matado de un balazo en la sien izquierda. Aunque la sangre había manchado su hombro izquierdo, bajando hasta el costado, también tenía manchas de sangre en el pecho, el los brazos y en las manos, aunque en estos no parecía sangre fresca y se notaba como si hubiera sido limpiada.
En la mano derecha, abajo del pulgar, tenía una herida de cuchillo, más bien un rasguño que, en opinión del forense, no debió sangrar mucho. Entonces los detectives se preguntaron de donde había salido la sangre que manchaba su pecho, sus brazos y sus manos. Además, los tenis y el pantalón. El forense dio su opinión:
“Esta no es su sangre”.
“¿Qué quiere decir?”
“La sangre de esta mujer es la que está sobre el hombro izquierdo, que se derramó por la herida de la sien y bajó por el oído y por el cuello… La otra sangre no es suya”.
Los detectives se quedaron en silencio. Se suponía que aquellas deducciones las harían ellos que eran los investigadores de homicidios. El forense continuó:
“A esta mujer le dispararon cuando estaba sentada, posiblemente en un carro; le dispararon de cerca, por las huellas de pólvora y el anillo de humo que tiene en la entrada de la herida. Tal vez fue en el mismo carro en el que la vinieron a dejar hasta aquí.”
Los detectives estaban heridos en su amor propio, pero se justificaron diciendo que estaban cansados. Iban a protestar con estas palabras cuando sonó el celular de uno de ellos. Contestó de inmediato. La voz aguda y agradable que sonaba en sus oídos lo reanimó.
“Los dos números están a nombre de Martha Elena Rodríguez Macías. Hay más de mil llamadas entrantes y salientes entre los dos números en los últimos noventa días. Unas llamadas salen de El Carrizal y las otras de Támara; la última llamada, la de esta mañana, salió de esa zona. Estás servido y no te olvidés que me encantan las costillas en barbacoa”.
INTRIGA. El detective se quedó en silencio por un momento. A Martha la llamaban de la zona de Támara, en esa zona está la aldea, la Penitenciaría de Varones y CEFAS. La última llamada la hizo un hombre, cortó y apagó el teléfono. ¿Por qué haría algo así? El detective le dijo que le hablaba de parte de Martha, y debió reaccionar de alguna forma positiva si estaba interesado en ella, tal y como demostraban las mil llamadas que se habían hecho entre sí. Pero cortó y apagó el aparato. ¿Por qué?
Había algo más que intrigaba al investigador. ¿Y si las llamadas que Martha recibía salían desde la Penitenciaría? Estaba claro que con quien se comunicaba era con un hombre, y un hombre había llamado, pero ¿quién?
Había sido una noche terrible. Muertos por todos lados, misterios cada vez más complicados y presión cada vez mayor. Y ellos estaban cansados. El cerebro se negaba a funcionar. Pero lo que decía el forense era interesante y debían tomarlo en cuenta y escribirlo para que no se olvidara.
OTRA. El radiocomunicador sonó una vez más. Hizo ese ruido lluvioso que se estaba volviendo indeseable para los detectives.
Estaban cansados, tenían sueño, no habían cenado ni desayunado y su aliento era una amenaza para el medio ambiente; además, se estaban poniendo de mal humor y, avergonzados como estaban, ante las lógicas deducciones del forense, deseaban retirarse a descansar y a refrescar las ideas. Lo cierto era que la noche había sido productiva y que aquellos crímenes se estaban convirtiendo en un reto, sobre todo el de la mujer encontrada en Los Laureles, la que estaba bañada con dos tipos de sangre: la suya y otra ajena.
¿Por qué? ¿Qué sangre era la primera? Si era cierto lo que decía el médico, ¿por qué se había limpiado y no lavado, como era lógico suponer? ¿Cómo se había manchado con aquella sangre?
Pero los pensamientos, lentos y pesados del detective se detuvieron de pronto ante el ruido molesto del radiocomunicador.
Era la operadora. La Policía Preventiva había encontrado en la zona de Mateo un taxi con la puerta del chofer abierta y el interior manchado de sangre.
Dos motorizados que custodiaban la escena pidieron apoyo a Tránsito y ahora sabían que el taxi era el que dos hombres y una mujer se robaron la tarde anterior al final de bulevar Morazán.
“Es el carro del hombre que mataron en el anillo… -dijo la operadora-; era el taxista”.
El detective se mordió los labios. El turno se estaba alargando demasiado.
EL TAXI. Era un carro viejo pero en buen estado. Estaba estacionado fuera de la carretera, bajo árboles de pino y a la orilla de un cerco de piedra, tenía la puerta del conductor abierta y adentro había sangre. Sangre en el asiento trasero, sangre en el asiento del copiloto, sangre en la perilla de la puerta trasera, sangre en el piso y salpicaduras recientes en la parte interior del vidrio delantero.
Era hora de llamar a Inspecciones Oculares y a la gente de Dactiloscopia. El misterio se hacía más grande. La cadena sangrienta de aquel turno largo y pesado se hacía más misteriosa. Los detectives estaban frente a un enorme reto.
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA...