Es delgada y de apariencia endeble, pero por dentro Micaela Durón es toda fortaleza y energía. Se forjó entre enfermos, de esos que muchos despreciaban por tener tuberculosis, y en las luchas sindicales, incluso con sus propios compañeros para evitar que el comunismo ingresara al movimiento obrero.
¿Intratable? No, sus luchas obreras jamás implicaron el cierre de un hospital, porque “vivíamos por los pacientes”, dice la enfermera retirada que por medio siglo trabajó en el sistema de salud pública.
También tiene su historia en la política en el Partido Nacional, por sus venas corre sangre del general Tiburcio Carías Andino, a quien confiesa solo llamaba “general”.
EL HERALDO
conversó con Micaela Durón para conocer sus alegrías, sus tristezas, en fin, su historia contada por ella misma.
¿Enfermera a los 12 años? ¿Cómo logró iniciar ese trabajo tan joven?
A los 12 años salí de mi primaria en la escuela Francisca Reyes y entré al hospital San Felipe, pero me retiró mi padre. Trabajé seis meses en el hospital San Felipe y me retiré; me gradué de magisterio en la Normal de Señoritas.
Nunca me gustó el magisterio, mis hermanas todas eran maestras, entonces decidí entrar al San Felipe y luego nació el sanatorio nacional para tuberculosos y me pasé al sanatorio.
¿Cómo logró ese puesto?
Andaban reclutando personal porque nadie quería trabajar con los tuberculosos, incluso hasta botaban las casas, eso fue allá por 1948.
Como nadie quería trabajar, estaban pagando más que el hospital San Felipe, ganaba 50 lempiras y el sanatorio nos pagaba 60. Ahí trabajé hasta que lo convirtieron en el Instituto Nacional del Tórax.
En ese tiempo era una labor humanitaria, nos entregábamos al paciente, lo limpiábamos, lo bañábamos, les dábamos de comer, principalmente a los que venían del campo y venían con sus pies sucios.
¿Le tocó llevar a su hija Daysi de Anchecta (actual presidenta del Tribunal Superior de Cuentas) al hospital en sus jornadas de trabajo?
Daysi nació en 1955 y a ella le gustaba ir a los hospitales, andaba conmigo en las salas, mi mamá me regañaba, me decía que ella se iba a enfermar porque era un hospital de tuberculosos. Me la traía un rato y luego llamaba a un motorista que se llamaba Roberto y me la iba a dejar a la casa.
¿Es reservada para hablar de su vida en el matrimonio?
Estuve casada, no me gustó y decidí criar a mi hija porque era un sueldo de hambre que recibíamos en ese momento. Mantenía a mi mamá y me mantenía yo, lo único (con lo que) perseveramos fue una herencia que me dejó mi papá, esta casa (donde vive) y la de la par -donde vive mi hermana- es herencia de mi papá.
¿Quién es su otra hija?
Una niña de mi hermana que yo crié desde los tres días de nacida, se llama Lizeth Castro Chirinos de Laínez.
¿A los movimientos sindicales cómo se integró?
Cuando inició el enfrentamiento de los democráticos con los movimientos obreros, que les decían comunistas, me acerqué a la Confederación de Trabajadores de Honduras, ahí estaba Andrés Víctor Artiles.
Comencé a recibir seminarios, seminarios y seminarios, viajé por toda Centroamérica, Latinoamérica y Europa. Anduve de cerca con las campesinas.
¿Contra quiénes les tocó luchar en ese tiempo?
Bueno, nosotros no queríamos que esto (el movimiento sindical) fuera a caer en el comunismo, contra eso luchamos.
¿Luchaban contra el mismo gremio sindical?
Mire, por ejemplo, en los desfiles del 1 de mayo ellos peleaban por estar al inicio de los desfiles, para salir en las fotos y enviarlas al exterior y decir que ellos tenían toda la fuerza.
¿En qué se diferenciaban?
Porque nosotros protegíamos a los trabajadores, les dábamos todo y no queríamos caer en esos campos que ellos andaban, pero a los compañeros de la Stibhys, de la universidad o de donde sea, nosotros estábamos defendiéndolos y así ellos con nosotros. A la hora de la defensa del trabajador estábamos unidos.
¿Qué la motivó a entrar a los grupos sociales?
La huelga de 1954, mi mamá tenía un radito y no dejaba de escuchar HRN y me decía: “Mirá, Micaela, que están peleando en La Lima”.
¿Cuántas huelgas hizo?
Uyyyy, no me recuerdo, fueron muchísimas... pero sí le voy a decir una cosa, hubo huelgas, pero se respetó a cada ciudadano, los hospitales jamás de la vida de cerraron, nunca de la vida.
Mire, yo estuve en Israel en un curso de organización sindical y nos decían los israelitas que habían partes en donde se hacían paros de labores y otras partes donde no, nos decían que en el caso de los hospitales no se podían cerrar los portones, porque ahí estaba la salud del pueblo.
Yo no he sido una mansa paloma, he sido una mujer combativa porque he hecho que se respeten los derechos de los trabajadores, porque haraganear no es derecho ni agarrarse un portón es derecho.
¿Pero ahora es diferente?
Ahora no se fijan en eso, pero sí meten al amigo, puede estar un paciente que necesita (atención) y no lo dejan entrar.
¿Han perdido calidad humana?
Claro que sí, han perdido calidad humana, porque en cuestión de salud no debe haber huelgas.
Es que mire, las luchas se ganan en la mesa dialogando, ese es mi principio, yo nunca cerré el hospital del Tórax. Yo fui presidenta de la Unión de Sindicatos de Hospitales y yo no permití que se cerraran hospitales, dialogábamos con las autoridades.
Mi mamá me regañaba, cuando regresaba de reuniones de la Fecesitlih me decía que si no me daba pena llegar en horas de la madrugada y si no pensaba en lo que iba a decir la gente, y yo le decía que pensaran lo que quisieran, porque yo sabía dónde andaba.
Me reclamaba que mi hermano estaba siempre temprano en la casa y yo no, y me decía que por lo menos me llevara una chalinita ( tipo de chal) para que la gente dijera que venía de misa.
¿Y su papá le decía algo?
Mi papá ya había muerto, murió joven, yo iba a cumplir 18 años, murió de un infarto, yo sufrí muchísimo porque yo era la más apegada a él y vi la muerte de mi padre.
¿Cómo sucedió?
Yo estaba jugando cuando el cayó, estábamos jugando así en una cama, en un catre que había cuando él cae y yo me imaginé que estaba jugando y es que estaba muerto.
Cuando yo le hablaba él no me contestaba y yo grité, ‘¡Caya!, ¡Caya!’, que era la trabajadora, y vino ella y me dijo ‘¿qué fue, niña Micaela?’, y yo le dije ‘Mi papá, mi papá’, y empezamos a moverlo, pero ya estaba muerto.
¿Qué recuerda de su crianza?
Una buena crianza, con padres que enseñaban respeto, solo bastaba una mirada para saber que no había que hacer algo, no había falta de respeto.
¿Cuándo entra a militar al Partido Nacional?
Desde muy joven, mi mamá era hermana del general
(Tiburcio) Carías
( presidente de 1932 a 1949)
, yo fui sobrina del general.
¿Tuvo tratos con el general Carías?
Yo lo visitaba, mi papá lo visitaba muchísimo, su casa estaba ahí por donde es Salud Pública y él se llevaba sentado en una silla con las manos así (entrelaza los dedos de la mano), y yo lo agarré (conocí) cuando ya estaba de edad avanzada y nunca le dije tío, solo le decía general.
Mi papá nunca incursionó en política porque teníamos una farmacia, La Reforma, estaba frente al parque Central y se dedicaba más a la farmacia.
Yo me metí más en la política con el licenciado Zúniga Agustinos, a quien conocí en Casa Presidencial.
El Comité Central era un lugar botado, no había servicios sanitarios y nos cortaban el agua y las secretarias orinaban en latas.
El licenciado Zúniga me dijo qué hacer en el partido, ya andaba Daysi tras de mí. Ella le decía papá al señor Zúniga.
¿Qué cargos tuvo?
Vicepresidenta del Comité Local Nacionalista, yo manejaba muchas colonias. Por ejemplo, en la campaña de Rafael Leonardo Callejas manejé 18 colonias.
¿Ya se había retirado de la enfermería?
Primero pedí un permiso y luego ya me retiré en el gobierno del expresidente Maduro.
¿Y la “mancha brava” cómo se formó?
Yo fui parte, la fundo Débora de Bude.
¿Por qué la llamaron “mancha brava”?
Había un grupo de señoras de mayor edad que yo y ellas luchaban con cualquiera por el partido.
Había quienes garroteaban hasta a los mismos hombres cuando había problemas. Por ejemplo, si se metía un liberal disfrazado al Comité Central, Laura Durón, prima hermana mía, solo lo agarraba de atrás y lo sacaban guindadito.
¿Trabajó con “Pepe”?
Sí, pero quisiera poder hablar con él, tengo cosas que decirle, pero no he logrado que me reciba, él tiene que escucharme porque él sabe quién soy en la política.
Yo no he vivido de la política ni logrado un trabajo por medio de la política.
Ahora que está jubilada, ¿qué hace?
He sido católica toda mi vida, desde mi nacimiento, y ahora estoy manejando la iglesia del Sagrado Corazón de María, soy su coordinadora desde hace 10 años, el cura párroco es el padre Rigoberto Velázquez. Quisiera que existiera ayuda para poder darle mantenimiento.