Sentimientos encontrados, si se quiere antagónicos, están presentes en la mayoría de nuestros compatriotas, con justa razón. Un cúmulo de problemas se han ido acumulando a lo largo del tiempo sin que hayan sido enfrentados con inteligencia, capacidad, visión por parte de quienes han dirigido los destinos de nuestra nación. Tal negligencia ha pasado factura, que hoy nos encuentra inmersos en un laberinto existencial, individual y colectivo.
El crimen organizado, la corrupción e impunidad, la violencia e inseguridad, el desempleo, la inexistencia de suficientes oportunidades de mejora en sus vidas, han hecho mella generando la convicción de estar excluidos y marginados -social, económica y políticamente-, sin tener control de su presente y su futuro, sin alternativas de superación, a menos que abandonen su patria para intentar encontrar en otras latitudes lo que aquí no existe.
Se dirá que estas notas están revestidas de pesimismo, creemos que no es así, mas bien de realismo que no debe conducir a la inacción y la apatía. La actual coyuntura con el relevo de autoridades en la administración publica es propicia para un nuevo rumbo y dirección, que posibilite una nueva Honduras -solidaria, compasiva, fraterna-, que deje atrás los odios recíprocos acumulados, el egoísmo y la codicia que perciben el Estado como botín a ser repartido entre los vencedores, que destierre la violencia oficial y privada, el narcotráfico, la zozobra cotidiana, con apertura permanente con la ciudadanía y no de espaldas a ella, propiciando la inversión local y extranjera otorgando los debidos incentivos y facilidades a efecto que genere suficientes fuentes de trabajo y evite el tener que verse las personas a migrar al exterior.
El tiempo avanza velozmente, cada día transcurrido sin trabajo productivo son veinticuatro horas perdidas que refuerzan la inacción y el mero vegetar, que va agravando nuestra grave condición sumiéndonos en mayores abismos de atraso, miseria, frustración.