Independientemente de si es acreedora de reconocimiento público sea por figuración empresarial, activismo en causas sociales, dirigente política, comerciante, asalariada, campesina, migrante, ama de casa; sea casada, divorciada, viuda, soltera, todas merecen igual respeto y consideración por parte del género masculino, sin pretensiones de hegemonismo y superioridad. Tanto la mujer como el hombre son sujetos de derechos y obligaciones iguales ante la ley, sin relación de subordinación entre ambos.
Deplorablemente, en la cosmovisión masculina, salvo excepciones, la mujer es percibida como inferior en iniciativa e intelecto. Ello explica el hecho que la conquista del derecho al voto femenino no fue otorgado al mismo tiempo que se concedió al hombre. Fue una lucha prolongada y persistente antes de ser incorporado a la legislación. En Honduras la lucha feminista duró décadas antes que, finalmente, en enero de 1955, se logró tal conquista cívica. Los estereotipos creados por él, la colocan a ella como objeto antes que como sujeto, como fuente de placer carnal, pecadora, provocadora, lo que se utiliza como justificación para ser ridiculizada, humillada, sometida, violentada, asesinada. Y tales distorsionadas imágenes son perpetuadas de generación en generación.
Compete al sistema educativo, desde sus primeros niveles, refutar esa deformación en la mente y sensibilidad tanto de niñas como de niños, para que crezcan física y mentalmente con la correcta imagen de género, en que la dependencia da paso a la igualdad, a la complementariedad. Que la reciproca comprensión resulte en el primer paso para que, a partir de ello, continuar ampliando y perfeccionando el objetivo igualitario entre ellas y ellos. Debe ser un esfuerzo sostenido, sin claudicaciones ni retrocesos, en que deben participar tanto mujeres como hombres, liberadas (os) de temores y recelos para, eventualmente, dar fin a la guerra entre ambos sexos y lograr la liberación de ambos.