El cruel asesinato de la joven de 20 años Valeria Jolette Alvarado Borjas y de Catalina Vásquez Vásquez, de 55 años, han sacudido a la sociedad hondureña, que -lamentablemente- se ha vuelto observadora pasiva de este tipo de hechos que se reportan a diario.
Sus muertes nos hacen recordar, al mismo tiempo, lo poco o nada que se ha hecho en el país para frenar la creciente ola de todos los tipos de violencia que afectan a la mujer hondureña y que en un gran número terminan con la vida de muchas de ellas.
Y es que así lo reflejan los estudios especializados y las estadísticas.
La muerte de mujeres es la culminación de una vida de diversos tipos de agresiones físicas y psicológicas, de violaciones constantes a sus derechos humanos.
De acuerdo con una encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) en Honduras, una de cada dos mujeres de 15 años o más experimentó violencia en algún momento de su vida. La violencia psicológica es la que más padecen las féminas, pues el 15.8% de las encuestadas indicó haber sufrido maltratos de este tipo en el último año. El 8.1% indicó que fue víctima de maltrato sexual durante ese mismo período. Las estadísticas del INE revelan que las mujeres que sufrieron de violencia física son el 4% de la población mayor de 15 años.
Los datos expuestos solo reflejan la gravedad de la situación, y ya que están ahí, disponibles, deberían ser la base para la ejecución de políticas más afectivas para hacer frente a la problemática.
Otro grave problema son los altos índices de impunidad que tienen los casos de violencia hacia la mujer, que solo demuestran la poca importancia que los entes de seguridad e investigación le dan.
No podemos seguir de brazos cruzados contando y llorando a las víctimas. Algo tenemos que hacer como sociedad para frenar y asegurar la vida y el respeto a los derechos humanos de todas y cada una de las mujeres hondureñas.