Nuestras relaciones internacionales con las distintas naciones debe reexaminarse para que sea posible consolidarlas con aquellos países que a lo largo de nuestra trayectoria independiente nos han favorecido con su amistad, cooperación y alianzas estratégicas, orientadas a forjar lazos de recíproco beneficio, de carácter humanitario, comercial, educativo, cultural.
No debe ser una diplomacia de vasallaje, sí de mutuo respeto, aun si existe asimetría con respecto a sus respectivas economías, extensión territorial, recursos humanos y materiales.
Tal meta implica contar con un servicio exterior altamente calificado, con sólidos conocimientos jurídicos, comerciales, políticos, capaces de negociar hasta alcanzar coincidencias mutuamente beneficiosas para ambas partes, vale decir diplomáticos de carrera que cuenten con estabilidad laboral y reciban evaluaciones periódicas en su desempeño. Simultáneamente, con un Canciller que sepa planificar, coordinar y ampliar tanto las relaciones bilaterales como las multinacionales, contando con el pleno respaldo del titular del Poder Ejecutivo.
Los y las compatriotas que aspiran a formar parte de la Secretaria de Relaciones Exteriores a nivel de agregados, cónsules, embajadores deben someterse a concurso riguroso que determine el grado de aptitud profesional y ética de que son poseedores para representarnos con inteligencia, provecho y dignidad en otras latitudes. El nepotismo debe ser definitivamente descartado, lo que ha resultado en escándalos que han deteriorado severamente la imagen de Honduras. El principio de la soberanía y autodeterminación de los pueblos debe guiar la filosofía subyacente en nuestras relaciones con el mundo, sin excluir que la integración global es una realidad que no puede obviarse, pero que debe ser aprovechada de manera concertada, sin ganadores ni perdedores.