Las cifras no son halagadoras, pero tampoco sorprenden. Reflejan, sin embargo, el principal problema que golpea a los hondureños: la pobreza.
Según los datos de la 84 Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples -realizada en dos etapas: la primera del 10 de junio al 20 de julio, y la segunda del 27 de julio al 2 de agosto, a un costo de 14 millones de lempiras-, el 61.1 % de los hogares hondureños están en condición de pobreza y pobreza extrema; es decir, que no cuentan con los ingresos económicos básicos para cubrir una canasta básica de L 5,515.2 mensuales en el área urbana y L 2,812.5 en el área rural.
Si bien combatir la pobreza es el mensaje principal de los políticos en su carrera por llegar a la administración del Estado, la realidad expresada en las encuestas es un reflejo de que poco o nada hacen desde los altos cargos que llegan a ocupar para hacer frente a ese flagelo.
Quienes gobiernan están obligados a tomar estos datos para comenzar a dar los pasos correctos y tender la mano a los más desfavorecidos, a quienes se les cierran todos los días los caminos a una educación de calidad, servicios básicos de salud de excelencia y una vivienda digna. Queda probado que los programas asistencialistas que abundan en todos los gobiernos no atacan el origen de la pobreza ni de la desigualdad; funcionan únicamente como un alivio temporal. Se requieren políticas de largo plazo para modificar las condiciones sociales y económicas del país, así como generar las condiciones necesarias para que las personas accedan a empleos con mejores ingresos y aumenten su productividad.
Es momento, entonces, de pasar del discurso a la ejecución. Si la clase política no asume estos datos como una hoja de ruta urgente para transformar la estructura económica, la pobreza seguirá siendo el costo histórico que paguen los mismos de siempre.