Para algunos hondureños, viajar a El Salvador es reencontrarse con el recuerdo de la guerra inútil de julio de 1969, conflicto que por un tiempo fracturó la relación entre ambos países. Es evocar los años de insurrección que marcaron al vecino país entre 1979 y 1992, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. Acuerdos que silenciaron los fusiles, pero no resolvieron las causas estructurales que habían alimentado la lucha armada. Los horrores de la guerra quedaron atrás, aunque persisten heridas abiertas, como la masacre de El Mozote, en Morazán, donde las fuerzas gubernamentales asesinaron a unas 800 personas. Cinco días después de la masacre, la embajada de Estados Unidos en San Salvador envió a Washington un informe calificando lo ocurrido como un “éxito total”. Cecilia, una de las sobrevivientes de la masacre, arrugó el periódico que anunciaba la firma de la paz y lo arrojó al fuego: sabía que esos acuerdos no reparaban daños ni reconocían responsabilidades.
Con esa carga de memoria llegamos a El Salvador. En la aduana de El Amatillo nos atendieron con cortesía.
Sorprendió la ausencia de controles policiales: apenas una patrulla de la Policía Civil. Pregunté por la razón y me explicaron el sistema de Fotomulta, que registra la velocidad mediante cámaras y envía la sanción directamente al conductor.
En el Centro Histórico, visitamos el sitio donde reposan los restos de monseñor Óscar Arnulfo Romero. El espacio funciona como santuario y lugar de memoria: sobrio, silencioso, cargado de devoción. Allí la memoria no es ornamento, sino una presencia que interpela.
Luego avanzamos hacia la Biblioteca Nacional de El Salvador (BINAES), edificio moderno y luminoso financiado con fondos no reembolsables de la República Popular China. Su arquitectura expresa una apuesta estatal por la renovación urbana.
Después fuimos a conocer el mausoleo dedicado al general Francisco Morazán. Ese gesto de sacar a Morazán de los parques -espacios saturados de bullicio, comercio, abandono y rutina- para colocarlo en un recinto de belleza arquitectónica sobria y elegante es mucho más que una reubicación física. Es sustraerlo del desgaste cotidiano por parte de los que están, por sentimiento patrio, obligados a perpetuar su memoria y es devolverle el sitial de honor que corresponde al héroe más grande que ha producido la región.
La plaza, donde se ubican los símbolos que le dan prestigio al gobierno y pueblo salvadoreño, es un lugar libre de comercio informal y muestra de la seguridad en que viven, libre de la presencia policial. La plaza está limpia y ordenada. Para quienes llegamos de Honduras, donde el espacio público es territorio de la economía popular y, en algunos casos, de actividades ilícitas, el contraste es inmediato: la revitalización urbana parece también una operación de control territorial, una estética que disciplina.
Mientras miles de hondureños honraban el legado de Morazán, desde el poder se deslegitimó a quienes ejercieron su derecho constitucional a movilizarse hacia El Salvador, evidenciando una contradicción entre la exaltación histórica y lo que debería ser la práctica democrática.