Dentro de pocas horas va el Estado a empujar hasta el riesgo de muerte a millares de hondureños que partirán de vacaciones a playas y montañas con la más ingenua, o tonta, credibilidad. Precisamente cuando las instancias médicas independientes y no reconocidas por el gobierno advierten categórica e insistentemente que acabamos de entrar al segundo y pavoroso ciclo de infección, se repite el absurdo invento de la llamada semana morazánica, que no es más que el elaborado engaño del gremio turístico para —sin importar la amenaza a la salud— atraer y lucrar con visitantes. Que ocurriera en años previos, pues bueno, así aconteció, las circunstancias eran otras, pero ahora, sabiéndose con lucidez que los índices de contaminación crecen, que las autoridades de transporte son absolutamente incapaces (o negligentes o cómplices) para imponer el servicio higiénico en los autobuses, y que no conviene favorecer la movilización ciudadana sino, lo opuesto, reconcentrarla para prolongar la distancia social, que se llame a fiesta, al merengue, el pijín y la distracción es crimen público, causa de lesa nacionalidad.
Población viajera que además irá a sitios donde se está cometiendo delitos de represión, sicariato, abuso a etnias, secuestro y desaparición, que es lo que ha acontecido con los defensores del ambiente en Guapinol, injustamente encarcelados, y con los dirigentes comunales garífunas de Triunfo de la Cruz, hasta hoy desvanecidos, quien duda que por una fuerza superior armada. Para colmo de la crisis y para capitular la imagen de deterioro que a lo interno e internacionalmente tiene el país, el estamento oficial (civiles y militares) se cae a pedazos acosado por sospechas de estar involucrado en actividades de corrupción, narcotráfico, lavado de activos y violencia gubernamental, lo que incluye agresión de género, ocultamiento, manipulación de leyes para cubrir culpables e incluso ahora intentos obvios de plagio, ya que al capitán Santos Orellana lo quiso capturar sin orden judicial la policía. De no ser por un valiente grupo de periodistas y amigos probable que se le hubiera desaparecido.
¿Hasta dónde llevarán la pudrición de la patria estos canallas y sus cómplices evangélicos? ¿Cómo se le ocurre a los dirigentes de gobierno y de turismo activar a un país paralizado por la pandemia para que se lance suicida a la vacación veneno, que no es sino ocio mal parido, disipación y ahora peligro viral? Para atender el derecho que la sociedad tiene para distraerse y hallar solaz tras meses de encierro, ¿no existen otras rutas y métodos…?
Regalarle un millón de libros y otro de música hondureña, ambos compuestos por autores tradicionales y jóvenes; copiarle las diez mejores películas producidas en el país; donarle internet limitado, juegos de ajedrez y dominó, instrumentos musicales, facilitarle subsidios honestos, como hizo Lula da Silva, vía libretas de ahorro y tarjetas de débito y no mediante manejo de pícaros activistas; convertir a la televisión privada en escuela o, lo menos, exigirle que reduzca siquiera un décimo su mediocridad.
Para ciertos funcionarios y comerciantes Morazán y su pueblo son cosa, mercancía. Para los justos es otra pendiente batalla por la dignidad.