Tegucigalpa necesita obras que se puedan pagar

Llevo años escuchando el mismo lamento estéril en los pasillos de la Alcaldía Municipal del Distrito Central: "no hay dinero"

  • Actualizado: 15 de septiembre de 2026 a las 14:03

Llevo años escuchando el mismo lamento estéril en los pasillos de la Alcaldía Municipal del Distrito Central: "no hay dinero". Es una verdad a medias que oculta la peor de las realidades. Las arcas de la AMDC están ahogadas no por la falta de recaudación tributaria, sino por una sangría burocrática y una incapacidad crónica para establecer prioridades técnicas. Cuando los ingresos se administran con disciplina contable y no se transfieren al barril sin fondo del clientelismo, los recursos alcanzan para planificar una ciudad real.

El primer examen de cualquier gestión municipal no es un discurso político ni una campaña publicitaria; es una auditoría financiera. La AMDC recauda anualmente un volumen significativo de recursos, pero más del 60% de esos fondos se esfuma en gasto corriente, financiando planillas infladas e ineficiencias operativas. Gobernar con responsabilidad exige aplicar una cirugía de austeridad inmediata: reducir el personal supernumerario, recortar el gasto suntuario y canalizar cada lempira liberado a un fondo fideicomitido e intocable, destinado exclusivamente al mantenimiento y sostenibilidad de las obras.

El error histórico de Tegucigalpa ha sido cortar la cinta inaugural con fiesta y abandonar la infraestructura al silencio. Hacemos puentes, calles y colectores sin presupuestar su vida útil ni su costo de operación anual, generando los "elefantes blancos" que hoy entorpecen la capital. Todo plan serio de desarrollo urbano debe venir sellado con dos cifras obligatorias: el capital de inversión (CAPEX) y la partida de mantenimiento operativo (OPEX) a diez años. Si un proyecto no contempla cómo se va a pagar su mantenimiento, es mejor no licitarlo.

La prioridad cero se llama agua potable. Hoy la ciudad avanza en la construcción de la Represa San José; con una inversión real que ronda entre los 40 y 50 millones de dólares— y debe acelerar los estudios para la futura represa en la cuenca de Río del Hombre. Sin embargo, creer que la infraestructura de concreto resuelve la crisis es una ilusión peligrosa. De nada servirá captar millones de metros cúbicos si la Unidad Municipal de Agua Potable y Saneamiento (UMAPS) no ataca el problema del Agua No Contabilizada, que destruye el sistema con fugas físicas y conexiones ilegales que superan el 40% de la producción.

Garantizar agua en los grifos exige una gestión técnica y financiera sostenible. Las nuevas represas requerirán millones de dólares anuales en consumo de energía eléctrica, insumos químicos de potabilización, mantenimiento de plantas de bombeo y un programa permanente de protección forestal de las cuencas de cada una de las represas. Si la administración municipal no corta la mora histórica, no instala macromedidores y no estructura un esquema tarifario justo pero autosostenible, estas megaobras pasarán de ser la solución hídrica a convertirse en monumentos a la irresponsabilidad financiera. Agua sin gestión eficiente es solo deuda presupuestaria.

La prioridad uno en movilidad es desatascar los accesos estratégicos de la capital. Puntos críticos como el nudo de El Obelisco, la salida a Olancho en El Lolo y la salida al sur en El Loarque exigen soluciones de ingeniería vial integral en lugar de parches electorales. La construcción de viaductos e intercambiadores debe concebirse dentro de un sistema dinámico de tráfico para evitar el fenómeno de "demanda inducida", donde un paso a desnivel mal planificado solo desplaza el embotellamiento quinientos metros más adelante.

La prioridad dos es mover personas de forma digna, no multiplicar el espacio para vehículos particulares. Reestructurar el proyecto del Trans-450 mediante carriles exclusivos e integrados es una deuda técnica impostergable. La capital no soporta más el esquema del transporte informal desordenado. El transporte masivo de pasajeros requiere alianzas transparentes con los concesionarios, unidades modernas y una tarifa sostenible que cubra los costos de operación, garantizando a la vez que el carril segregado se respete sin concesiones políticas.

Para las familias que habitan los cerros y laderas de la periferia, la equidad territorial pasa por soluciones innovadoras como el transporte por cable aéreo o teleféricos urbanos. Sin embargo, hay que hablarle con la verdad a la ciudadanía: estas obras no se pagan solas con concesiones privadas mágicas. El transporte público masivo en zonas vulnerables requiere coinversión estatal y subsidios cruzados bien focalizados. Prometer "cero costos municipales" en infraestructura social es pura demagogia urbanística.

En el corazón de esta transformación debe situarse el mayor activo ambiental olvidado de la capital: el Río Choluteca. Convertir esta cuenca en un verdadero atractivo turístico y eje de integración urbana exige, como paso cero e indiscutible, purificar sus aguas profundamente contaminadas. Durante décadas, Tegucigalpa ha utilizado el río como un canal abierto de aguas negras. Sanear el Choluteca requiere la construcción obligatoria de interceptores de aguas residuales a lo largo de ambas márgenes y la edificación de al menos dos Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) en los extremos norte y sur.

Una vez garantizada la calidad del agua mediante el tratamiento biológico y químico de los efluentes, la ingeniería urbana puede desplegar su potencial turístico y recreativo. La construcción de un Parque Lineal Metropolitano en las riberas del Choluteca, dotado de ciclovías, senderos peatonales, iluminación LED sustentable y plazas culturales, devolverá el río a la ciudadanía. Este proyecto no solo mitiga el riesgo de inundaciones durante la temporada lluviosa mediante la estabilización de taludes, sino que genera plusvalía urbana y reactiva el comercio en el centro histórico de Tegucigalpa y Comayagüela.

¿De dónde saldrá el financiamiento para este paquete de infraestructura sin quebrantar el municipio? De tres decisiones administrativas firmes: primero, la mencionada austeridad en la planilla para alimentar el fideicomiso de mantenimiento; segundo, la modernización del catastro multifinalitario y la cobranza digital de la mora tributaria para elevar la recaudación en un 15% sin subir tasas; y tercero, la aplicación estricta de la regla de oro contractual: ningún proyecto se licita si el contratista no garantiza la operación y mantenimiento amarrados por diez años.

Señor alcalde y corporación municipal: la ciudadanía no espera un catálogo fantasioso de cincuenta promesas incumplibles. La capital demanda tres o cuatro grandes transformaciones estructurantes que funcionen, no se caigan a pedazos y tengan financiamiento asegurado. Que las nuevas represas garanticen agua, que las arterias viales fluyan, que el transporte público sea digno y que el Río Choluteca deje de ser una cloaca para convertirse en el gran parque de la ciudad. El desafío no es de presupuesto, es de ética urbana, austeridad real y voluntad política.

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