A partir del período independentista de América (siglo XIX), Estados Unidos ha tenido una política exterior hacia América Latina muy cambiante, aunque casi siempre enfocada en la dirección de mantener la región como su zona de influencia, por las buenas o por la fuerza, como tantas veces hemos comprobado con el correr de los siglos.
Podríamos partir del llamado “Destino Manifiesto” de 1845, el cual decía que Estados Unidos estaba destinando a expandirse, y así lo hizo con territorios mexicanos y otros. A inicios del siglo XX (1904), Theodore Roosevelt, impulsó la diplomacia de “el Gran Garrote”, que consistía en hablar suave, pero con el garrote en la mano, que se tradujo en intervenciones militares en Panamá, Cuba, Haití, República Dominicana y Nicaragua, alguna más significativa que otras.
Apenas cuatro años después, el presidente William H. Taft, impuso la “Diplomacia del Dólar”, que abrió sus arcas a préstamos para los gobiernos latinoamericanos, pero a cambio de controles de aduanas, ferrocarriles y otras áreas económicas que controlaban grandes consorcios estadounidenses.
En 1933, otro Roosevelt, Franklin D. puso en marcha lo que llamó “La Política del Buen Vecino”. El fin, era mitigar el creciente sentimiento antiamericano en la región por medio de un mayor intercambio comercial y cultural, mientras se apoyaba el ascenso de dictaduras militares afines a los intereses de Washington.
Luego vino la llamada “Guerra Fría” entre la Unión Soviética (URSS) y Estados Unidos que trajo cambios en la política hacia la región: a la “Doctrina de Contención” (1947), le siguió la “Alianza para el Progreso” (1961), como un dique contra el comunismo, que llegó acompañada con el “Plan Cóndor”, de apoyo a las dictaduras militares de fuerte corte anticomunista, hasta llegar en 1990 a la “Iniciativa de las Américas”, para promover el libre comercio, las privatizaciones y la apertura de mercados, como esfuerzos para frenar las corrientes marxistas.
Como se puede ver, durante la segunda mitad del siglo XX los esfuerzos eran para frenar el expansionismo comunista impulsado por la URSS. Solamente Cuba cayó bajo la cortina soviética, aunque más tarde, Nicaragua y Venezuela tuvieron regímenes autoritarios de extrema izquierda, al mejor corte de la vieja filosofía del desaparecido Kremlin.Con la Unión Soviética desaparecida y Rusia sumida en una prolongada y desgastante guerra tras invadir Ucrania, ha bajado la intensidad de la rivalidad entre Washington y Moscú. Sin embargo, desde hace algunas décadas, se libra otra batalla entre potencias a nivel latinoamericano.
Mientras todo esto ocurría en América, en Asia había lo que entonces se consideraba un “dragón dormido”. Hay que remontarse a la visión de Napoleón Bonaparte, quien dijo sobre China lo siguiente: “Déjenla dormir, porque cuando despierte, el mundo temblará”...
En efecto, estamos viendo que hoy en día las dos potencias hegemónicas son: Estados Unidos y la China comunista-ultramoderna. Militar y comercialmente son las potencias indiscutidas, ambas ahora compitiendo por expandir su influencia en diferentes regiones, incluyendo América Latina.
Hasta finales del siglo XX, la presencia china en la región era reducida y prácticamente inexistente. Mientras Washington mantenía una fuerte hegemonía, Pekin trazaba su nueva estrategia. Hace algún tiempo, Xi Jinping dijo lo siguiente –seguramente en alusión a la frase de Napoleón–: “China es un dragón que ha despertado, pero es un dragón pacífico, amable y civilizado”.
En ese “despertar” China ha puesto sus ojos en América Latina. Con la llegada del siglo XXI, “el Dragón” ingresó a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y hoy es la segunda potencia global, con una presencia cada vez más fuerte en Latinoamérica, con mayor influencia, pero con una estrategia muy diferente a la estadounidense.
Donald Trump ha puesto más atención en nuestros países, en donde está influyendo los procesos electorales para que colocar gobiernos de corte “trumpista”, una derecha ultraconservadora que sirva para detener el avance de China que, como respuesta, tiene comercio, financiamientos, y mucha tecnología. Tres herramientas con las que “el dragón” espera enfrentar la fuerza, poder y palabras que resuenan desde la Casa Blanca en las capitales del hemisferio.
A la fecha, solamente Paraguay, Guatemala y un grupo de pequeñas islas del Caribe mantienen relaciones con Taiwán, en lo que puede calificarse como un éxito de la diplomacia de Pekín, porque ha fortalecido su política exterior. Trump busca imposición y sumisión, mientras Xi quiere seguir vendiendo carros, tecnología e incrementar el comercio con los latinoamericanos.
Sobre el tablero regional hay dos jugadores poderosos. Trump, con palabras, ideología y garrote; y Xi, con silencio, comercio y financiamiento... pero, sobre todo, uno logrando cosas ya, mientras que el otro trabajando sin plazos y presiones, pero con paso firme.