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¿Quién escribe esta historia?

Hace varios años que Honduras parece una historia creada por un escritor visceral, digamos que Roberto Bolaño con su ficticia ciudad de Santa Teresa (Ciudad Juárez) en 2666 sería un autor muy lógico para este cuento macabro que somos.

En especial ciudades como Tegucigalpa y San Pedro Sula, entre otras, donde la violencia es parte de la cotidianidad. No tengo miedo de catalogarlas como ciudades del terror.

Cualquier persona que viva en estas ciudades o alguna parecida a esta, estará consciente de que es natural confiar en muy pocas personas, porque cualquiera puede ser un personaje que nos haga daño.

A esto le sumamos historias inverosímiles como personas que salen de los hospitales más enfermas de lo que entraron; o personas que son arrestadas un día por una razón que desconocen, como si se tratase de “El proceso” del extinto escritor Franz Kafka; o conspiraciones políticas de la más baja calaña, al estilo de “La silla del águila”, obra del mexicano Carlos Fuentes, o “Memorias de un canalla”, de Ramón Amaya Amador.

Y qué decir de los gallos encarcelados, que parece una historia sacada de uno de los cuentos de Gabriel García Márquez; personajes miserables como los de “El Periquillo Sarniento” de José Joaquín Fernández; y dejo los ejemplos de los crímenes pasionales a juicio del lector.

Definitivamente, estamos llenos de historias, lamentablemente, casi todas con finales que no pueden ser catalogados como felices.

Mi pregunta es ¿quién escribe estas historias? Sería fácil acusar al sistema y culparlo de darle vida a una situación tan grotesca. El gran problema es cómo se piensa al sistema, muchas veces se le da una forma bastante oscura e intencional, como una mano negra que busca corromper todo.

Lo primero que hay que considerar al respecto es que a nivel de discurso todas las atrocidades cometidas en el mundo se hacen en función de la búsqueda de algún bien, o al menos con ese pretexto; para el caso, las guerras se hacen en nombre de la libertad, la democracia o de la defensa del valor de la patria, aunque conlleven en sí una fuerte carga de dolor para la humanidad entera.

Ahora mismo lo vive el mundo. Del mismo modo, las malas decisiones de los estados normalmente se toman en función de algún beneficio, aunque relativo.

No existe, a mi juicio, una voz maligna que diga: “Quiero conquistar el mundo o hacerle mal”. Muchas de las cosas terribles hechas en la sociedad están fundamentadas en valores socialmente aceptados, por ejemplo una mejor calidad de vida o una vida muy cómoda que, a ojos de la sociedad, se trata de una buena vida. El problema es que esos valores soterran a otros que son más nobles.

Porque nadie negará que en la escala de valores de la sociedad es más que aceptado tener una vida cómoda y libre de aprietos económicos, llegando a ser incluso sinónimo de éxito. El problema es no determinar ni distinguir los medios correctos.

Al apoyar todas estas ideas, esta historia macabra la escribimos todos, o al menos permitimos que se escriba, que otros hagan de nuestra historia una que no nos gusta ni nos conviene.