Los resultados de la primera ronda electoral de Colombia del pasado domingo 31 de mayo han sido valoradas de manera ambivalente. Para unos analistas, el país no se ha movido ya que se mantienen prácticamente iguales los porcentajes de participación entre las opciones de derecha e izquierda resultantes de la primera vuelta presidencial de 2022. En cambio, otras interpretaciones dicen que hubo una reconfiguración en el mapa político, particularmente por el lado de la derecha.
En todo caso, se mantiene y se complejiza la profunda polarización entre izquierdas y derechas. En 2026, el escenario aumenta aún más la temperatura con el trasfondo de la experiencia del primer gobierno de izquierda, con sus aciertos y sus errores. Petro, el presidente saliente, se involucró abiertamente a favor de Iván Cepeda, que parece no superó el “techo” alcanzado por él mismo en 2022. No obstante, los beneficios sociales otorgados desde el Gobierno y el Congreso no pudieron evitar que la correlación de fuerzas favoreciera a la derecha, con dos tipos de sorpresas: por un lado, el debilitamiento del denominado uribismo con la candidata Paloma Valencia y, el ascenso de un “outsider” considerado de extrema derecha personificado en Abelardo de la Espriella.
De la Espriella sorprendió obteniendo la punta con una ventaja de 700 mil votos por encima del candidato favorito del actual oficialismo, Cepeda, representando respectivamente el 43.7 y el 40.9 de los votos. El centro político, representado por Sergio Fajardo, quedó completamente marginado con apenas el 4.25%, convirtiendo su millón de votos en la carta clave de negociación para la segunda vuelta que, desde ya, se perfila favorable a la derecha.
La derecha sufrió una metamorfosis; mientras en 2022 el fenómeno antipolítico de Rodolfo Hernández dispersó el espectro conservador, en 2026 la derecha se unificó de manera directa en torno a una propuesta de mano dura institucional, a la que se sumará Uribe aparentemente como socio “minoritario” con 1.5 millones de votos de su pupila.
Aun en el estrés de las pugnas extremistas, parece que un elemento estabilizador y de contrapeso ante una inminente derrota de la izquierda en segunda vuelta pueden ser los comicios parlamentarios de marzo. El Pacto Histórico de Petro y Cepeda se impuso como la principal fuerza con el 23% de los votos, mostrando un Congreso fuertemente fragmentado pero favorable al oficialismo. La diferencia con la elección presidencial demuestra que el electorado quizás votó de manera estratégica en marzo para equilibrar el Congreso, pero se polarizó de forma absoluta e irreversible en mayo para definir la jefatura del Gobierno.
Quizás la principal lección que este resultado deja a los demás países latinoamericanos es un colapso aunque no definitivo del centro político y el auge de opciones extremas ante el desgaste de los partidos tradicionales. Colombia demuestra que las coaliciones moderadas ya no logran canalizar las demandas ciudadanas en contextos de alta crispación social y económica. El éxito de discursos polarizantes -tanto en la izquierda como en la nueva derecha radical- evidencia que las sociedades de la región exigen definiciones categóricas, dejando a las democracias formales de América Latina ante el desafío latente de gestionar la gobernabilidad en naciones profundamente divididas y con alta situación de violencia.