Presupuesto 2026: La urgencia de transformar el gasto en desarrollo

Tras superar el primer trimestre del año, el Congreso Nacional finalmente ha dado luz verde al Presupuesto General de la República para el ejercicio fiscal 2026

  • Actualizado: 27 de abril de 2026 a las 00:00

Tras superar el primer trimestre del año, el Congreso Nacional finalmente ha dado luz verde al Presupuesto General de la República para el ejercicio fiscal 2026. Con una cifra histórica de 444,335.8 millones de lempiras, el instrumento financiero más importante del Estado nace bajo una sombra de escepticismo técnico y una legítima demanda social de transparencia.

La aprobación tardía no es un detalle menor; es, más bien, es un síntoma de las fricciones políticas que suelen priorizar el cálculo partidario sobre la planificación estratégica. Sin embargo, más allá del calendario, el fondo del debate se centra en la calidad del gasto y su verdadera capacidad para transformar la economía en mecanismo de bienestar para la gente. Economistas y sectores productivos coinciden en un diagnóstico preocupante: Honduras está atrapada en un ciclo de presupuestos expansivos que no se traducen en desarrollo humano ni en competitividad. Gran parte de esta masa monetaria se destina al gasto corriente -pago de salarios y servicio de la deuda-, dejando un margen peligrosamente estrecho para la enclenque inversión pública productiva.La reducción drástica de la inversión pública en 2026 no es solo una cifra, es una decisión política con consecuencias sociales profundas. Detrás del ajuste fiscal se esconde la eliminación y contracción severa de los fondos de inversión social que, en 2025, sostenían subsidios, transferencias y programas de alivio directo gestionados a través de diferentes programas. La llamada “reingeniería” del presupuesto ha depurado artificialmente el concepto de inversión, pero en ese proceso ha dejado al descubierto una realidad incómoda: miles de hogares que dependían de estas transferencias quedan ahora expuestos a la incertidumbre de cómo enfrentarán la vulnerabilidad de la que son víctimas. El Estado ha pasado de inflar la inversión con asistencia social a recortarla sin una estrategia clara de transición, lo que no solo compromete la cohesión social, sino que evidencia la ausencia de una política pública coherente para proteger a los más pobres mientras se ordenan las finanzas públicas.

Sin infraestructura de calidad, energía a costos competitivos y un sistema educativo alineado con el siglo XXI, el presupuesto corre el riesgo de ser simplemente un mecanismo de subsistencia estatal, en lugar de un motor de riqueza.

En este contexto político, hay que añadir la urgencia ética. Con un calendario electoral que no descansa y precandidatos en el horizonte, el riesgo de que el erario público sea utilizado a mansalva en campañas proselitistas es una amenaza real a la democracia. Históricamente, el clientelismo ha sido el cáncer de la administración pública de este país de asaltos y promesas, donde los recursos que deberían construir hospitales, escuelas y carreteras terminan financiando las misas negras de la política.

La ejecución de este presupuesto debe romper con esa herencia maldita. No se trata solo de cuánto se gasta, sino de cómo y para qué. La discrecionalidad en el uso de los fondos públicos es la antesala de la corrupción; por ello, la vigilancia de los entes contralores y de la sociedad civil organizada debe ser más férrea que nunca.

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