Migrar o no migrar... he ahí el dilema

La migración es un problema global. Es complejo para quien decide abandonar su tierra y es complicado para el país receptor, aunque este puede tener grandes beneficios si sabe aprovechar las ventajas

  • Actualizado: 14 de febrero de 2025 a las 00:00

A siete horas de camino desde ciudad de Guatemala se llega a la comunidad de Soloma, en las imponentes montañas de Los Cuchumatanes, que significa “aquello que fue reunido por una fuerza superior” en lengua mam.

En el siglo XVI, este municipio fue creado para reunir a habitantes que estaban dispersos en aldeas y caseríos. Es gente trabajadora que vive del fruto del campo, pero que, en términos generales, ha permanecido en el olvido del Estado.

En ese lugar, la educación es deficiente, la atención de salud casi inexistente, y las oportunidades de trabajo son exclusivamente las propias, que no van más allá de las siembras que puedan hacer en pequeñas parcelas que heredan de generación en generación.

En ese lugar nació Pablo Diego (Diego es su apellido), un hombre de 70 años que no tuvo la oportunidad de estudiar, pero siempre fue trabajador y padre ejemplar para sus hijos e hijas.

Cuando su padre murió recibió un pequeño terreno en herencia y con el maíz producido –muy poco para el sostenimiento familiar–, intentó mantener la economía familiar, pero tuvo que inmigrar a la capital para buscar “mejores horizontes”, que no llegaron más allá que encontrar trabajo como lustrador –limpiabotas le dicen en otros países–, para complementar sus ingresos mensuales.

Es así como le conocí. Pronto me presentó a tres de sus hijos, que siguieron sus pasos en busca de una vida mejor... que resultó igual que la de su padre: otros tres lustradores en las calles de la gran metrópoli centroamericana.

Luis y Pablo (hijo), me contaron un día que estaban pensando inmigrar hacia Estados Unidos, pues conocidos suyos lo habían hecho y estaban saliendo adelante. Se dieron cuenta de que el país no ofrecía nada mejor que limpiar zapatos y ellos no querían eso para sus hijos. Para pagar su expedición, hipotecaron el terreno familiar –que pagaron a pesar de los abusivos intereses que les cobraba un prestamista– y se marcharon uno a uno, tres en total, en busca del “sueño americano”.

Finalmente, se encontraron en Florida, en donde mostraron habilidad para los acabados en construcción y formaban parte de equipos de trabajo en los muchos desarrollos habitacionales de aquel estado de la Unión. Les siguieron sus esposas e hijos y con el paso de los años tuve noticias halagüeñas. Sus hijos estudiaban y sus condiciones de vida eran muy superiores a las que podrían alcanzar en su país natal.

El viaje no fue de turistas, fue un viaje sacrificado, como su vida era sacrificada, aunque satisfactoria, pues veían que sus familias tendrían mejor futuro.

Ahora, dos de ellos están de vuelta en el país porque han sido deportados –Florida es un estado anti migrante–, mientras la atención del núcleo familiar se centra en lo que les sucederá a hijos, esposas y hermano que permanecen allá, pero que han tenido que dejar de trabajar y estudiar, por el temor de caer en alguna redada de “migrantes delincuentes”, como les llaman desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Aunque no hay cifras oficiales, más de un millón de guatemaltecos indocumentados se esfuerzan y, en la medida de sus posibilidades, contribuyen con su trabajo eficiente y honrado en el desarrollo económico de Estados Unidos, como sucede en estados en los que la mano de obra hispana es vital para la agricultura.

En fin, hay muchísimos ejemplos de trabajo ejemplar de migrantes, ya sean guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, dominicanos o colombianos. La inmigración desde estos países es principalmente derivada de la situación socioeconómica de quienes quieren una vida mejor y no encuentran oportunidades en sus propios países.

Hay otra fuente de migración proveniente de países en los que el sistema político los expulsa, como es el caso de venezolanos y nicaragüenses. Sin embargo, el común denominador es que se trata de gente trabajadora que está dispuesta a correr riesgos con tal de buscar su superación personal, familiar y profesional.

En el caso de los inmigrantes guatemaltecos indocumentados, su reacción en el mes de enero –además del miedo e inseguridad–, fue la de incrementar el monto de sus remesas. Fueron cientos de millones de dólares más que ingresaron al país durante enero, un fenómeno que muestra que se están anticipando a lo que pueda suceder con las políticas anti migrantes que lleva a cabo Trump.

Es comprensible que un país tenga ciertas preocupaciones por lo que sucede con migrantes indocumentados. Lo que no se vale es que no se aprecie lo que han hecho y el valor que tienen como personas.

Las deportaciones de migrantes engrilletados viene a estigmatizarlos, porque les hace ver como delincuentes, cuando lo que en realidad han hecho, es ser auténticos héroes para sus familias y sus países, porque no olvidemos el impacto que tienen en las economías de sus países las remesas que envían.

Para recordar: las migraciones nunca se han detenido a lo largo de la historia.

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