Metrópolis colombiana: el fin de una era o su reinvención

"El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón".

  • Actualizado: 19 de junio de 2026 a las 10:55

En 1927, Fritz Lang imaginó una ciudad partida en dos: arriba, las élites que diseñan el futuro; abajo, los obreros que lo sostienen sin entenderlo. Para mantener el orden, esas élites fabrican un robot con apariencia de María, una figura "revolucionaria" que en realidad sirve para canalizar —y finalmente traicionar— el descontento de quienes viven en las profundidades. Casi un siglo después, esa imagen sigue siendo la mejor metáfora para entender lo que está en juego este domingo en Colombia.

Las elecciones presidenciales de este domingo son mucho más que la disputa entre dos candidatos: definen qué narrativa gobernará la próxima década. Desde la llegada de Gustavo Petro al poder en 2022, el debate colombiano ha alcanzado una intensidad pocas veces vista desde la Constitución de 1991. Estado y mercado, seguridad, política energética, relaciones exteriores e instituciones han sido sometidos a un escrutinio implacable. El resultado es un país dividido entre quienes ven en el proyecto de izquierda una transformación necesaria y quienes lo perciben como fuente de incertidumbre y deterioro institucional.

En ese contexto, la candidatura de Abelardo de la Espriella es reveladora. Su irrupción refleja la consolidación de un electorado que exige firmeza en seguridad, economía y alianzas internacionales, cansado de la erosión de la inversión privada, del debilitamiento del Estado frente a los grupos armados y de la fractura con las democracias occidentales.

Pero el verdadero significado de esta elección no está solo en quién gane, sino en la magnitud de la victoria. Los márgenes importan: una victoria estrecha produce gobiernos débiles, obligados a negociar cada paso ante una oposición fortalecida; una amplia se lee como mandato claro y como reconfiguración ideológica del mapa nacional. Si De la Espriella obtiene una ventaja contundente, será evidencia del desgaste del proyecto que llegó al poder en 2022 —no su desaparición, porque las corrientes ideológicas rara vez se extinguen, pero sí el cierre de una era y la necesidad de una revisión interna profunda. América Latina está llena de precedentes: proyectos que parecían invencibles sufrieron derrotas severas y regresaron después bajo nuevas figuras. La política, por esencia, es pendular.

Para la izquierda colombiana, un resultado adverso debería abrir una reflexión honesta sobre lo que más ha erosionado su proyecto: la inseguridad, la gestión económica errática, las relaciones exteriores volátiles y, sobre todo, la corrupción política y el papel de las élites —tanto las tradicionales como las emergentes— que han antepuesto sus intereses al bien común. La corrupción es el cáncer que corroe las instituciones colombianas desde hace décadas; ningún proyecto político, de izquierda o de derecha, ha logrado extirparlo, y eso alimenta el resentimiento social y el ciclo de promesas incumplidas que hoy define el ánimo del electorado.

Gobernar no será fácil para nadie. Convertir promesas en resultados exige humildad, capacidad de consenso y visión de Estado. La composición del Congreso será decisiva: ningún presidente gobierna en solitario. Y la posición internacional de Colombia —su relación con Estados Unidos, Europa, Israel y los socios estratégicos— dejará de ser secundaria para volverse herramienta vital de desarrollo y seguridad en un mundo de tensiones geopolíticas crecientes.

Aquí vale volver a Metrópolis. Algo similar a lo de Fritz Lang ha intentado la izquierda en Colombia y buena parte de América Latina: fabricar narrativas y figuras "revolucionarias" para canalizar la frustración popular contra "el establishment", mientras las verdaderas élites —políticas, ideológicas, clientelistas— retienen el control desde arriba. Petro y Cepeda han recurrido a esa estrategia: agitar agravios legítimos para sustituir un sistema corrupto por otro más centralizado y clientelar, profundizando la brecha social en lugar de sanarla. Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia son el espejo de adónde conduce esa retórica redentora: autoritarismo, colapso económico y mayor desigualdad.

Las urnas hablarán este domingo. La verdadera prueba no será la victoria de un candidato ni la derrota de otro, sino la capacidad de las instituciones democráticas para canalizar las diferencias y responder a una ciudadanía consciente de los problemas de fondo: la corrupción endémica, el juego de las élites y la manipulación ideológica. El corazón que mencionaba Lang —la mediación honesta entre quienes deciden y quienes sostienen el país— sigue siendo, casi un siglo después, lo que más le falta a la política colombiana.

Porque las elecciones terminan el domingo. La responsabilidad de gobernar —y de reconstruir— empieza el lunes.

@rosenthaaldavid

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