Es común en nuestro país que un político, que no tenía nada, llegue al poder y de repente aparezca con costosos vehículos, fastuosas casas e inabarcables fincas. Con los sueldos es imposible -aunque mal presida el Banco Central-, así que la única explicación lógica es la corrupción, tan enraizada en el subconsciente y en la práctica que la hace muy difícil de extirpar.
En países avanzados se apoyan en la filosofía antigua y en esquemas modernos de cultura y fiscalización para bajar la corrupción a mínimos, y eso que son países ricos donde el dinero saqueado tendría menos impacto social que en una economía anémica como la de Honduras, la más pobre de la América hispana que, por cierto, eso no avergüenza a los incompetentes funcionarios hondureños.
Bueno, a lo que iba: el combate a la corrupción tiene diferentes herramientas en las ciencias políticas y en los modelos de integridad internacional, que ojalá algún día fueran tan naturales en nuestro país como es ahora mismo la cleptocracia en que el enriquecimiento personal prima sobre el bien común. Estos son los conceptos de los tres “no”...
“No atreverse a ser corrupto”. El funcionario tendría pánico de corromperse, porque el riesgo de prisión y otras penas serían severos. Requiere auditorías estrictas, un Ministerio Público y una Corte de Justicia independientes y diligentes, no como las pantomimas que sufrimos ahora, instaladas y manipuladas desde el Congreso Nacional.
“No poder ser corrupto”. Se refiere a cubrir los vacíos legales, las gestiones administrativas y las oportunidades que permiten la corrupción. Crear mecanismos de transparencia en las contrataciones públicas, la digitalización y apertura del sistema, y controles para que ningún funcionario pueda tomar decisiones arbitrarias, como el festín que tienen ahora.
“No querer ser corrupto”. Si pensamos en los funcionarios actuales estamos perdidos ¿cómo les quitamos ese vicio? Se basa en la educación en ética, la formación en valores y la dignificación de la función pública -que sea un orgullo ser funcionario-, y en general, es clave una cultura de rechazo social hacia el corrupto, no como ahora, que se admira y aplaude, y hasta les toleran que sean aspirantes a otros cargos públicos.
Descarto a Transparencia Internacional porque es una organización muy cuestionada en el mundo, pero hay otros organismos de respeto que destacan el manejo óptimo de los recursos del Estado en Finlandia, Dinamarca o Suecia, que se afianzan en el “no poder” y “no querer” como doctrina.
También se subraya a China, cuyo modelo de gobernanza incluye los “tres no” y donde la corrupción puede incluir la pena perpetua o capital. Además, es frecuente acordarse de Singapur, que se sostiene en estos tres pilares. Desafortunadamente, nosotros estamos lejos de eso con tantos corruptos y una sociedad indolente y permisiva. Seguiremos en las pobrezas de todo tipo.