Lo monárquico del cariño

Son comunes en relaciones de pareja, de amistad, fraternales o paternofiliales las fórmulas de tratamiento que remiten a la vida monárquica

  • Actualizado: 13 de mayo de 2025 a las 00:00

Hay en el cariño una especie de sentido monárquico, o al menos en algunas expresiones que se utilizan para comunicárselo a las otras personas. Son comunes en relaciones de pareja, de amistad, fraternales o paternofiliales las fórmulas de tratamiento que remiten a la vida monárquica: mi rey, mi reina, mi príncipe o mi princesa. Apostaría sin dudarlo de que usted las ha usado o, en su defecto, las ha escuchado, y no una sola vez. A mí, en primera instancia, me parece muy curioso. Debo agregar que su uso prácticamente se reduce a los mencionados títulos nobiliarios.

Para este fenómeno de la lengua afectiva y doméstica hay una posible explicación. Este lenguaje connotativo posiblemente encuentra una gran inspiración en algún tipo de literatura clásica, en cuentos medievales o que por lo menos remiten a la Edad Media. También abundan estos personajes en la literatura infantil y, por supuesto, en la cultura televisiva y cinematográfica.

No se va por la vida diciéndole “mi presidente” o “mi gobernador” a los hijos, ni las publicidades dicen que le lleven el regalo a la presidenta de la casa. Ni hablar de la idea del príncipe azul, que afortunadamente la escucho cada vez menos y ojalá haya desaparecido. Quizá la semiótica de los reinos, siempre por influencia de la literatura y otros hechos culturales, nos parece más mágica que la de los Estados modernos y democráticos.

Si, por ejemplo, analizamos la figura del rey nos encontramos que es un gobernante que tiene poder absoluto y permanente, además de una completa obediencia de parte de la corte y de la población. Hay en el reinado un sentido de linaje y, además, de destino divino. Representa también una vida cómoda, de lujos y, al menos en apariencia, sin sufrimiento alguno.

Para que nos parezca natural que una mamá le diga “mi príncipe” a su bebé o que la publicidad nos haga pensar en la “reina del hogar” cuando nos quiere vender productos para nuestras mamás o “los reyes de la casa” cuando nos quiere vender productos para nuestros hijos es necesario que haya elementos compartidos entre el sentido original del término y el segundo sentido (connotativo).

Dicho esto, el afecto comunicado en estas expresiones tiene la pretensión de ser absoluto, permanente, fruto de algún destino, tributario e incluso obediente. Es cierto que son frases que se dicen en casi todos los casos con bastante ligereza, pero desde el punto de vista semántico, si se conocen los significados y los usos originales de las palabras es inevitable que haya una relación cuando se usan.

Esa moneda de la que hablo hoy, como todas, tiene dos caras. Por una parte habla de la nobleza del afecto que profesan algunas personas. Pero por otra parte, y traigo aquí el ejemplo (muy a mi pesar) del príncipe azul, ¿qué sucede cuando el príncipe azul es de un azul perverso y se descubre soberano de la relación, incluso de la vida de la otra persona? Es una situación francamente no deseable. Evidentemente este supuesto príncipe perverso y azul no se entera de su poder por cómo lo llaman, sino por las acciones.

Este artículo, por supuesto, no es una crítica al uso de estas expresiones; a mí me parecen válidas, lindas y nobles y, en consecuencia, estoy a favor de su uso, pero pueden connotar más de lo que pensamos y no son, como creemos, simples frases. También es cierto que todos entendemos a la monarquía como una forma obsoleta y se nos asemeje más a la fantasía que a otra cosa.

Josué R. Álvarez
Josué R. Álvarez
Escritor y docente

Autor de “Guillermo, el niño que hablaba con el mar”, “Instrucciones para un taxidermista” y “De la estirpe del cacao”. Ganador del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Concurso de Cuentos Cortos Inéditos “Rafael Heliodoro Valle” y el Premio Nacional de Poesía Los Confines.

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