Vivimos en una época en la que la fama parece competir directamente con el conocimiento. En este 2026, muchos jóvenes ya no sueñan con convertirse en médicos, científicos, abogados, docentes o investigadores; aspiran, principalmente, a ser influencers, acumular seguidores y alcanzar reconocimiento inmediato en las redes sociales.
No existe nada reprochable en crear contenido digital ni en aprovechar las oportunidades que ofrecen las nuevas plataformas. El problema aparece cuando la popularidad comienza a presentarse como sustituto de la preparación y cuando el número de seguidores termina pesando más que los años de estudio, la experiencia o la capacidad para demostrar lo que se afirma.
Esta realidad también se refleja en la vida pública.
Tenemos gobernantes y funcionarios sin credenciales académicas suficientes que hablan con enorme propiedad sobre economía, derecho, seguridad, salud, educación, relaciones internacionales y prácticamente cualquier otro tema. Lo hacen con seguridad, pero muchas veces desde una profunda ignorancia. En política, la firmeza de la voz suele confundirse con conocimiento, aunque detrás del discurso no existan datos, lectura, método ni comprensión.
Sin embargo, también debemos evitar el extremo contrario.
Un título universitario no convierte automáticamente a nadie en una mejor persona. Las credenciales académicas no garantizan honestidad, sensibilidad, prudencia ni compromiso con el bien común.
Existen profesionales brillantes que utilizan sus conocimientos para servir, pero también personas con numerosos diplomas que actúan en detrimento de la administración pública.
La academia no debe ser entendida como un mecanismo para establecer jerarquías humanas. Nadie vale más que otra persona por tener una licenciatura, una maestría o un doctorado. El valor y la dignidad no dependen de un diploma colocado en una pared.
Pero reconocer esta igualdad esencial no significa restarle importancia a la formación académica. Estudiar permite desarrollar pensamiento crítico, comprender problemas complejos, contrastar fuentes, reconocer límites y evitar que las decisiones se adopten únicamente desde la intuición o el prejuicio.
Las credenciales no son la única prueba del conocimiento, pero sí representan esfuerzo, disciplina y un proceso de formación.
En tiempos donde cualquiera puede opinar sobre cualquier asunto, la academia sigue siendo necesaria. No para presumir títulos, sino para hablar con responsabilidad; no para sentirse superior, sino para comprender mejor; y, sobre todo, para recordar que antes de enseñar, gobernar o influir, también debemos aprender.
Ese es el punto central de este espacio, darle valor al que se ha esforzado por aprender, por buscar ampliar sus conocimientos, al que trabaja; lamentablemente tenemos una tendencia de idolatrar lo hueco y vacío, y eso está pasando factura, porque a ese tipo de personas hemos favorecido con el voto.