En los últimos días, las redes sociales se han convertido en un verdadero hormiguero. Basta mencionar la violencia contra las mujeres o la necesidad de fortalecer las leyes que buscan protegerlas para que aparezcan descalificaciones, burlas y comentarios que desvían la atención del verdadero problema. Pareciera que hablar de prevención incomoda más que la propia violencia.
Con demasiada frecuencia, el debate se reduce a estereotipos. Se dice que estas leyes favorecen únicamente a mujeres divorciadas, feministas o lesbianas. Pero la realidad es muy distinta. No se trata de etiquetas ni de ideologías. Se trata de aquella hija, aquella hermana, aquella madre, aquella prima, aquella amiga o aquella compañera de trabajo que, en cualquier momento, puede convertirse en víctima de violencia. La violencia no pregunta por el estado civil, la orientación sexual ni las creencias antes de destruir una vida.
Seguimos cuestionando más a las víctimas que a los agresores. Preguntamos por qué no se fue antes, por qué denunció o por qué guardó silencio. Sin embargo, la violencia rara vez comienza con un golpe. Empieza con el control, las humillaciones, el aislamiento y las amenazas, hasta que el miedo se vuelve parte de la vida cotidiana. Cuando una mujer rompe el ciclo de violencia, ya no lucha por una relación; lucha por su vida.
Las leyes son indispensables, pero por sí solas no cambiarán una cultura que normaliza la violencia. La prevención debe comenzar mucho antes. Necesitamos impulsar proyectos que promuevan la crianza respetuosa desde la primera infancia, fortalecer la educación emocional y construir masculinidades basadas en el respeto, la corresponsabilidad y el rechazo a toda forma de violencia. También debemos enseñar a niñas y niños que el amor nunca debe confundirse con el control, el miedo o la dominación.
No podemos seguir reaccionando únicamente cuando una tragedia ocupa los titulares. La prevención exige familias comprometidas, escuelas que eduquen para el respeto, comunidades que rompan el silencio y un Estado que fortalezca las políticas públicas dirigidas a proteger la vida.
Proteger la vida de las mujeres no es tomar partido por un género; es defender un derecho humano fundamental que nos involucra a todas y todos. Significa reconocer que cualquier víctima podría ser alguien a quien amamos: una hija, una madre, una hermana, una prima o una amiga. El verdadero debate nunca ha sido quién tiene más poder. El verdadero desafío es construir una sociedad donde ninguna mujer tenga que elegir entre permanecer en la violencia o arriesgar su vida para escapar de ella.
Mientras sigamos discutiendo etiquetas en lugar de proteger vidas, estaremos llegando demasiado tarde. La violencia contra las mujeres no distingue edades, profesiones, estado civil ni orientación sexual. La prevención no debe incomodarnos; debería unirnos como sociedad, porque proteger la vida nunca será un privilegio, sino una responsabilidad compartida.