La sequía es una amenaza nacional, golpea la producción de alimentos, la salud pública, la economía rural, la estabilidad social, la producción de energía eléctrica y la gobernabilidad democrática. Honduras, por su fragilidad ambiental, la destrucción de sus bosques, la pobre planificación hídrica, está obligada a tratar este grave problema como asunto de seguridad nacional, con autoridad, conocimientos y continuidad.
El cambio climático ha alterado el ciclo del agua, hay períodos secos más prolongados, lluvias irregulares, inundaciones repentinas y temperaturas que castigan los cultivos, los animales, los suelos, los ríos y los acuíferos. Frente a esto, el gobierno no puede continuar improvisando, debe establecer un plan permanente de contingencia, prevención y respuesta, con presupuesto verificable y participación de productores, alcaldías, universidades y comunidades organizadas. Cuando se destruye el bosque, se destruye la fábrica natural de agua comprometiéndose la vida humana, animal y vegetal.
En agricultura se requiere cosecha de agua, reservorios, riego tecnificado, conservación de suelos, semillas resistentes, diversificación de cultivos, asistencia técnica, créditos oportunos y seguros agrícolas. La planificación debe ser permanente, comenzar antes de la sequía, con mapas de riesgo, alertas tempranas, crédito oportuno y compras públicas que protejan al pequeño productor.
En ganadería, la sequía reduce alimentos, agua, peso, fertilidad, leche y carne. Por lo tanto, los ganaderos deben contar con asistencia técnica, crédito oportuno, seguro ganadero e impulsar regionalmente los centros de producción de alimentos balanceados, ensilaje, henificación, pastos resistentes, sistemas silvopastoriles, suplementación vitamínica y mineral, vacunación, desparasitación, manejo racional de potreros y protección de fuentes de agua. Cada animal muerto es una pérdida económica, alimentaria y patrimonial para familias rurales.
En silvicultura, urge prohibir la tala irracional, prevenir incendios, controlar plagas, restaurar microcuencas y promover plantaciones forestales, árboles frutales, maderables y sistemas agroforestales. El bosque no solamente es un almacén de madera; es fábrica de agua, oxigeno, equilibrio climático, biodiversidad y vida.
La camaronicultura también es golpeada por la sequía, la reducción de agua dulce, el aumento de la salinidad, temperatura, la baja oxigenación y la mala calidad del agua afectan al crecimiento, reproducción y sobrevivencia de camarones. Por eso, se necesitan monitoreo técnicos: aireación, recirculación, bioseguridad, reservorios, protección de manglares y regulación estricta del uso de aguas subterráneas.
Los daños son severos. En lo económico, disminuye la producción, suben los precios de alimentos, aumentan las importaciones, aumenta la deuda de productores, el productor empobrece y se reduce la recaudación fiscal. En lo social, se incrementa el hambre, desnutrición, enfermedades, migración, desempleo y los conflictos por el agua. En lo político, la sequía mal atendida además de provocar protesta, desconfianza y desgaste institucional, los gastos resultan más elevados en hospitales, subsidios, conflictos y pérdida de gobernabilidad.
Honduras necesita una política de Estado suelo-bosque-agua, fundamentada en ciencia, ley y responsabilidad pública. Sin agua no hay producción ni salud, no hay paz social ni futuro nacional digno. Queda Planteado.