Existen profesiones curiosas, pero pocas tan reveladoras como la tanatopraxia, el arte de preparar cadáveres para que luzcan bien durante el velatorio y la última despedida. El tanatopractor no devuelve la vida. No cura enfermedades. No repara órganos. No resucita. Su trabajo consiste solamente en maquillar, reconstruir apariencias y crear la ilusión temporal de “normalidad” en los cadáveres.
En muchas sociedades y épocas se ha negado la realidad de la muerte, tratando de “rescatar” lo que queda de la historia o de la imagen de quien ya no es, porque ha dejado este mundo. Tratan de construir una apariencia lo más real posible de ese ser amado mediante los servicios de un profesional de la tanatoestética, para despedirse sin traumas y con el menor dolor posible.
Como analogía de lo que ocurre en el sector energético, esto calza a la perfección al ver que el Gobierno sigue, al igual que los anteriores, negando la realidad de la muerte de una de las instituciones más antiguas del aparato estatal: la ENEE. La negación es tal que han buscado a los mejores tanatopractores para que el público pueda seguir viendo un cadáver como si estuviera vivo, cual momia de Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), exhibida en el Mausoleo de la Plaza Roja en Rusia.
La comparación puede parecer dura, pero nos resulta inevitable al ver el enésimo intento de “rescatar” a la ENEE.
Después de varias décadas de pérdidas multimillonarias, endeudamiento, ineficiencia, politización, robo de energía, incapacidad de inversión y dependencia permanente, la pregunta ya no es cómo salvar a la ENEE; la pregunta es si todavía el Estado quiere discutir seriamente una transformación profunda de todo el modelo eléctrico nacional y no solo el de la ENEE. Sin embargo, el país vuelve a escuchar promesas, anuncios, reorganizaciones administrativas y discursos optimistas. Es decir, maquillaje. Mucho maquillaje para un difunto.
Se intenta presentar una imagen de recuperación de la ENEE donde ya no hay posibilidad. Se intenta transmitir esperanza donde no existen resultados. Se intenta proyectar fortaleza con finanzas en rojo. La tanatopraxia tiene una función legítima pero limitada: Permite a las familias despedirse de sus seres queridos con dignidad, pero no puede devolverles la vida. Tampoco las campañas publicitarias, los discursos oficiales o las reformas superficiales pueden devolver la vida a una institución que durante años ha ignorado los problemas fundamentales que la llevaron a su situación actual. Y eso parece estar ocurriendo nuevamente. La realidad es incómoda, pero sigue siendo realidad.
Y por mucho maquillaje que se aplique, ningún cadáver se convierte nuevamente en una persona viva. Mientras no se acepte esa realidad, el Gobierno seguirá comprometiendo el futuro de nuestro país, presentando un cadáver maquillado en una hermosa urna y proclamando que solamente duerme. Es hora de declarar la fecha y hora del fallecimiento de la ENEE y pasar la página para darle espacio a nuevos actores. Vivos. Fuertes. Capaces.
Tener un cadáver en la sala, por más caro que sea el maquillaje y viva la apariencia, pronto comenzará a supurar, hincharse y apestar. Y en la difunta ENEE hace ya mucho que aparecieron los gusanos.