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La disimulada semántica de tasa y tazón

Hay que ver dos veces la cifra para ir haciéndose una idea de cuánto es: ¡30,600 millones de lempiras! Es la Tasa de Seguridad que los gobiernos anteriores derrocharon en nueve años.

Para un ciudadano normal es difícil imaginar cómo lo gastarían, pero los funcionarios encontraron la forma de esfumar eso y más, y sin dejar apenas rastro, hasta ahora.Una controvertible “Ley de secretos” animaba a los funcionarios a despilfarrar el dinero en sus gustos personales que estrenaban en sus nuevos puestos.

El poder que lograron y la adulación de sus pares los hacían creerse invencibles; hasta que llegó el nuevo gobierno y eliminó el decreto que los privilegiaba impunes.

Pero ni tanto dinero ni mucho poder permitían esconder sus simplicidades de personas básicas de mezquina cultura general, que gastaban el dinero público porque podían -ahora lo sabemos- en despreocupadas fiestas de cumpleaños, en cosméticos y bisuterías, floristerías, comedores, centros nocturnos, y hasta en boletos para el concierto de ¡Romeo Santos!

Era tanto dinero al principio que alcanzaba para todo: compraron cientos de vehículos para medio mundo y ahora nadie sabe dónde están muchos de ellos; alquilaron otra gran cantidad de carros; enriquecieron a concesionarias y arrendadoras.

También adquirieron bienes inmuebles, menajes, en fin.Dinerales que manejaba a su antojo el Consejo Nacional de Defensa y Seguridad, una hermética organización que dirigía el presidente de la República, y eran inexplicables subalternos el jefe del Poder Judicial, del Congreso Nacional y el fiscal general.

Aunque era tanto dinero, no les alcanzó, y acabaron endeudándose hasta el año 2029.Aprobado en 2012, el Fondo de Protección y Seguridad Poblacional -como en realidad se llama- se nutre de impuestos agregados a las transacciones financieras, telefonía móvil, franquicias de alimentos, cooperativas; al final, son afectados empresarios, comerciantes y, cómo no, el hondureño medio que sobrevive como puede.

El despilfarro y secretismo es tan grave que el asunto semántico es lo de menos: como “tasa” se refiere exactamente a un impuesto; pero como era tan grande la gente lo elevó a “tazón”, que deriva de taza; como dirían por ahí, no es lo mismo ni es igual.

Dicho esto, ese tazón tenía como excusa un destino: suplir a los operadores de justicia de las herramientas, equipos, tecnología y personal suficiente para enfrentar la recia criminalidad, que sigue puntual con sus muertes, la extorsión, el atraco; eso que, ahora, los nacionalistas en la oposición reclaman con grotesca desvergüenza.

Derogar la ley que acorazaba la dilapidación es un primer paso para esclarecer lo que pasó y lo que no, y será otra ocupación de la anunciada CICIH, temida por muchos que llaman y ruegan al gobierno para que no la traiga nunca.