La “dignidad” se derrumbó en Venezuela

En 2012 el dictador Hugo Chávez anunció con bombos y platillos que la llamada Revolución Bolivariana devuelve la dignidad a los venezolanos y, como prueba de eso, inauguró el macro complejo habitacional Gran Misión Vivienda en La Guaira, que ahora deja al desnudo la corrupción e incapacidad del chavismo.

  • Actualizado: 03 de julio de 2026 a las 12:55

Las zonas más afectadas fueron la 1 y la 3. Allá arriba todo eso se cayó. Se hundieron. Y hay muchos muertos... No queremos ir a un refugio del gobierno, de ahí nunca se sale. Pedimos el milagro de una reubicación, para donde sea, pero menos a un refugio. Este es uno de los muchos testimonios que hemos escuchado por la televisión o radio tras el doble terremoto que el 24 de junio dejó destrucción dolor y luto entre el pueblo venezolano. El joven que así habla se refiere al enorme complejo habitacional Gran Misión Vivienda, que ha sido objeto de varios reportajes de la prensa internacional por todo lo que afloró en esta comunidad de La Guaira, en donde un día se les dijo a sus habitantes que recibían dignidad... y ahora cosechan muerte.

Las imágenes de la prensa internacionales son espeluznantes, pues dejan al descubierto la corrupción que envolvió aquella mega obra social. Tablas de madera ordinaria, vigas delgadas, capas de espuma y cimientos ineficientes quedaron al descubierto. Los edificios, que albergaban a miles de familias, literalmente se desmoronaron o quedaron severamente inclinados, hundiéndose en el suelo como si fueran galletas. Chávez ofreció dignidad, pero en realidad recibieron muerte y dolor. Las desgracias familiares estaban en cada uno de los edificios destruidos, convertidos hoy en claro ejemplo de lo que es la corrupción estatal en proyectos sociales cuando no se fiscalizan adecuadamente.

Al momento de escribir esta columna, los muertos, oficialmente reconocidos, superan los 2,500, pero las cifras de Naciones Unidas apuntan a unos 50,000 desaparecidos, lo que significa que el número de víctimas mortales seguirá subiendo en los días sucesivos, mientras afloran otros hechos que explican la magnitud de la tragedia. Ahora se habla de la incapacidad que muestran las autoridades –todavía chavistas– para atender la emergencia.

Estados Unidos parece encaminado a tomar las riendas para la reconstrucción, pero eso tampoco es alivio para el pueblo venezolano, al que se le sigue negando la posibilidad de retornar a la democracia. En vez de eso, ese chavismo corrupto, incapaz y represivo, trata de mostrar un rostro diferente para mantenerse en el poder, ahora bajo la fachada de Delcy Rodríguez, un rostro mal maquillado de la dictadura de los Chávez y Maduro.

En enero de 2024 y diciembre de 2025, Japón sufrió dos terremotos de 7.5 grados –los de Venezuela alcanzaron los 7.2 y 7.5 grados–, pero en ninguno de ellos se reportaron muertes, ni edificios caídos. Sonaron alarmas, los trenes se detuvieron y los edificios oscilaron, pero no hubo víctimas mortales, la vida continuó prontamente con normalidad. En la madrugada del 4 de febrero de 1976, Guatemala sufrió el terremoto más mortífero de su historia.

Entre 23,000 y 25,000 personas fallecieron a causa de la sacudida telúrica que alcanzó los 7.5 grados. Aquellas víctimas no fueron producto de grandes obras públicas corruptas, sino de una histórica deuda social de pobreza. La sacudida de la tierra destruyó viviendas de adobe, barro y teja sin estructura formal. Pueblos enteros quedaron destruidos. Aquello fue una auténtica tragedia nacional. La culpa de fondo fue el sistema cuasi feudal que ha mantenido a millones de guatemaltecos en la pobreza o pobreza extrema, con autoridades que no verifican la calidad de las construcciones. Algo se ha mejorado en los controles desde aquella fecha, pero no considero que el país esté preparado para un nuevo sismo de esas magnitudes.

Aquí tenemos tres ejemplos de lo que pueden provocar los terremotos, según sucedan en Tokio, Caracas, La Guaira, o Guatemala. Lo que puedo sacar como conclusión es que la diferencia entre la vida y la muerte en un desastre natural como estos, no lo define –necesariamente– la magnitud del epicentro, sino la integridad de las instituciones encargadas por velar porque se hagan bien las construcciones.

En Venezuela ha sido el cemento de la cleptocracia y la propaganda gubernamental, sin conciencia social auténtica. Estos terremotos han desnudado a un Estado que gasta millones en equipar fuerzas de represión, enriquece a sus dirigentes, pero es incapaz de garantizar que las viviendas de dignidad para su pueblo serán un hogar seguro. De hecho, les entregan en realidad una trampa mortal.

En Guatemala la pobreza sigue siendo un gran peligro ante un terremoto de estas magnitudes, mientras que en Japón, un país del primer mundo, se han preparado conscientemente, pues saben que viven en una región en la que la tierra tiembla casi a cada momento. Que Venezuela quede como un buen ejemplo: mientras en Japón la ingeniería y la prevención seria y responsable salvan vidas, en el llamado socialismo del siglo XXI... la corrupción mata.

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias