Irán: cuando “progreso” sólo significa más tiempo

Por eso, cuando un alto funcionario estadounidense califica una ronda como “positiva”, lo responsable es traducirlo con frialdad: siguen hablando. Hablar puede ser útil; también puede ser táctica. Y Teherán ha perfeccionado una táctica que mezcla sonrisas de mesa con relojes de laboratorio: comprar tiempo.

  • Actualizado: 27 de febrero de 2026 a las 15:06

En la diplomacia contemporánea hay una palabra que lo cubre todo: “positivo”. Las conversaciones fueron “positivas”. El ambiente, “constructivo”. Hubo “avances”. Y, sin embargo, al final —el dato duro, el que no cabe en el titular— se repite lo esencial: no hay acuerdo.

Conviene decirlo sin rodeos: las condiciones para un pacto realmente verificable con Teherán son poco probables. No por falta de oficio diplomático, sino por exceso de realidad.

Un acuerdo serio exigiría límites duraderos, inspecciones intrusivas, consecuencias automáticas ante trampas y, sobre todo, la renuncia práctica a la ambigüedad estratégica que el régimen ha cultivado como método de supervivencia. Y ahí está el punto: la ambigüedad no es un defecto del sistema iraní; es el sistema.

Por eso, cuando un alto funcionario estadounidense califica una ronda como “positiva”, lo responsable es traducirlo con frialdad: siguen hablando. Hablar puede ser útil; también puede ser táctica. Y Teherán ha perfeccionado una táctica que mezcla sonrisas de mesa con relojes de laboratorio: comprar tiempo.

El retrato que no se negocia

Miremos al régimen no como quisiéramos que fuera, sino como se comporta. Mientras el mundo debate cláusulas, Teherán insiste en una línea roja: mantener el derecho y la capacidad de enriquecer uranio. Ese lenguaje técnico esconde una verdad política: sin capacidad de reconstrucción, el régimen pierde su palanca principal de intimidación.

A la vez, su arquitectura regional —redes armadas, frentes indirectos, “aliados” que operan como extensiones— no se apaga con un apretón de manos. La teocracia proyecta poder por delegación: presiona sin firmar, golpea sin presentarse, escala sin pagar el costo completo.

Y lo más revelador no está fuera, sino dentro. Los regímenes que temen a su propio pueblo suelen necesitar enemigos externos: les sirve para justificar vigilancia, censura y coerción. El mundo escucha “acuerdo” y piensa en paz; el régimen escucha “acuerdo” y piensa en oxígeno.

Cuando la paciencia se vuelve doctrina

Hay una señal que merece más atención que cualquier frase optimista: la postura militar estadounidense está cambiando de forma visible. La acumulación de medios en la región no es escenografía. Es un mensaje: la disuasión ya no será teórica.

El presidente Trump ha insistido en que la diplomacia es la primera opción, pero también ha dejado claro que la fuerza sigue disponible si Irán se niega a abandonar el camino hacia el arma nuclear. Ese doble carril —negociar con una mano, preparar con la otra— revela una conclusión simple: Washington sospecha que Teherán negocia para dilatar.

En ese contexto, el optimismo diplomático se parece demasiado a un error clásico: confundir palabras con hechos. Y en asuntos nucleares, esa confusión no es un detalle; es una apuesta existencial.

Los prudentes... y la pregunta que evitan

Quienes se oponen a una política más firme suelen hablar el idioma de los riesgos: “habrá represalias”, “podría haber bajas”, “no hay un final claro”, “podría volverse un atolladero”. Es un argumento respetable; toda decisión de Estado debe contar costos.

Pero hay otra pregunta —más incómoda— que rara vez se formula con la misma energía: ¿cuál es el costo de no hacer nada? Si Teherán usa conversaciones para ganar años; si recompone capacidades; si fortalece misiles y drones; si rearma su proyección indirecta; entonces la “prudencia” de hoy puede ser el conflicto de mañana, sólo que con un adversario más preparado y una región más inflamable.

La inacción también es una estrategia. Y ha sido, históricamente, la estrategia favorita del régimen: dejar que el mundo se canse, que las democracias discutan, que el ciclo electoral cambie, que la atención se disperse. Teherán no necesita convencer al planeta de su buena fe; le basta con sembrar duda suficiente para congelar la voluntad de actuar.

La oportunidad no es destruir Irán. Es liberar su futuro

Aquí conviene separar con rigor lo que algunos confunden por comodidad: el problema no es Irán como nación y civilización. El problema es un régimen que combina coerción interna con exportación de conflicto como política de Estado.

Si el sistema hoy luce más vulnerable —por presión externa, desgaste interno y costos regionales— la oportunidad no consiste en castigar a un pueblo, sino en respaldar la aspiración de la sociedad iraní a una vida normal: paz, seguridad, prosperidad, libertad. Un Irán liberado de la teocracia sería, potencialmente, un socio responsable para la región, no un patrocinador de incendios.

Eso exige claridad: apoyar derechos humanos, aislar al aparato represivo, perseguir flujos financieros ilícitos, y sostener una disuasión creíble que reduzca la capacidad del régimen para chantajear a sus vecinos o amenazar a aliados.

El principio que debe guiarlo todo

Hay una regla para lidiar con regímenes que usan el tiempo como arma: si no es verificable, no es creíble; y si no es creíble, no es acuerdo: es pausa. Por eso, el escenario más probable no es un “gran pacto” que transforme al régimen en socio fiable. Lo más probable es lo que ya se ve: Teherán intentando estirar el calendario; Washington acortándolo. La ventana diplomática podría cerrarse con rapidez si no hay concesiones sustantivas y verificables.

Y aquí está la conclusión —firme, pero sobria— para los lectores de Honduras: el mundo entra en una fase en la que la palabra “acuerdo” será puesta a prueba por la única pregunta que importa: verificación o ficción. Con Teherán, creer sin poder comprobar no es virtud. Es ingenuidad estratégica. Y la historia, con este régimen, no ha premiado a los ingenuos.

Nota: Este artículo es una adaptación editorial de análisis públicos recientes sobre las negociaciones EE. UU.–Irán y la postura de disuasión en la región.

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