En Honduras sobrevivir se ha vuelto más difícil que vivir. Hoy la nueva modalidad de alimentación parece ser dos tiempos de comida al día. Uno “bien cargadito” para engañar el hambre y luego... agua, café o resignación. Total, quizá así evitamos la angustia de comprar verduritas.
Cada semana todo sube: el aceite, los frijoles, el transporte, la energía eléctrica, la gasolina y hasta la paciencia del pueblo. El pollo, que antes era parte básica de la mesa hondureña, ahora se observa desde el mostrador como quien mira un lujo imposible. Uno hace cuentas mentales veinte veces antes de decidir si lo compra o no.
¿Y las tortillas... nuestras tortillas? Las más sencillas, las más humildes, las que nunca faltaban en la mesa, hoy cuestan dos lempiras cada una. Dos lempiras por algo que representa la base de nuestra alimentación.
Pero tranquilos, seguro algún economista explicará que “la inflación es normal”.
No hay empleos, y los pocos que existen ofrecen salarios miserables para jornadas interminables. La realidad nos obliga a tener dos, tres y hasta cuatro trabajos, cambiando descanso por supervivencia y aun así llegando a fin de mes con deudas y agotamiento.
Y si tienes más de 40 años, pareciera que entras automáticamente en la nueva categoría laboral de la “tercera edad”. La experiencia ya no vale; estorba. Pero mientras intentamos sobrevivir económicamente, también vivimos otra guerra: la del miedo. Niñas y niños desaparecen y muchas veces nunca vuelven. Jóvenes aparecen días después, encostalados, mientras el país observa cómo cada tragedia se vuelve una noticia más.
Vivimos encerrándonos temprano, compartiendo ubicaciones, avisando cuando llegamos a casa y pidiéndole a Dios y a la virgencita que nos protejan, porque ya no sabemos quién más puede hacerlo.
Y entonces surgen preguntas inevitables: ¿quién lidera realmente esta nación?, ¿quién nos cuida?, “¿quién podrá defendernos?”, y al son de hoy... no recibimos una respuesta. Y quiero dejar algo claro: esto no es culpa de un solo gobierno. Honduras arrastra años de políticos más preocupados por engordar sus bolsillos que por su pueblo. No se trata de colores políticos. No es azul, rojo o verde. Se trata de quién ha sabido vender mejor a Honduras mientras el pueblo sigue pagando la factura. Mientras tanto, otros -de forma silenciosa y con pocos lempiras- tratamos de ayudar a quienes más lo necesitan. Y no porque no tengamos necesidades, sino porque hay dolores más urgentes que el propio.
Señor presidente Asfura, cuando alguien toca a mi puerta pidiendo ayuda, no crea que lo hace fácilmente. Esa persona probablemente lo pensó un trillón de veces. Llegó con vergüenza, con hambre, con miedo y con necesidad.
Hoy escribo esto con tristeza. Y es raro, porque siempre trato de encontrar lo bonito de mi país. Porque Honduras también es de gente noble, trabajadora y solidaria. Pero la realidad pesa demasiado.
Lo único que tengo claro es: el político cuida al empresario, el empresario cuida su dinero, y el emprendedor y el pobre... continuar haciendo lo único que nos queda: pedirle a Dios que mañana nos alcance y que nadie muera.