La humanidad ha estado sometida a conflictos agravados profundamente en la última década por gobiernos de naciones poderosas, quienes hicieron a un lado el temor de Dios, la razón y la moral, para dar paso a la codicia, fuerza bruta, violencia y destrucción.
Los conflictos bélicos en Europa y Asia, repercuten en las comunidades de nuestras naciones, representando grandes desafíos para la comunidad internacional.
El desorden es global y los gobernantes actúan como si la humanidad fuese eterna. Como si las guerras, el hambre, el desplazamiento humano, la crisis climática y la carrera armamentista fueran capítulos separados y no síntomas de una misma enfermedad moral: la pérdida del sentido de responsabilidad ante Dios, ante la vida y ante las futuras generaciones.
La comunidad internacional habla de paz, comprando cada vez más armas de guerra. Discursan sobre derechos humanos mientras millones de personas abandonan sus hogares por conflictos. Se realizan cumbres climáticas mientras los recursos naturales son tratados como botín, mercancía y basurero. Esa contradicción no es accidental; es la radiografía de un sistema global que ha confundido progreso con dominio y seguridad con intimidación.
El desorden global no nace sólo de los misiles, también nace de la mentira política, de la soberbia económica, de la manipulación tecnológica, del narcotráfico, de la corrupción, del desprecio por las naciones pequeñas y de la vida misma.
El desorden global se multiplica por la falta de aplicación de trazabilidad en la justicia, para saber quién ordena, financia y ejecuta abusos; trazabilidad en la guerra, para identificar estrategias, recursos y beneficiarios; trazabilidad en economía, para seguir flujos de dinero ilícito; trazabilidad comercial, para probar origen y legalidad de productos; y trazabilidad ambiental, para proteger bosques, agua, suelos y biodiversidad.
Honduras y Centroamérica deben concientizarse que las guerras lejanas encarecen fertilizantes, alimentos, combustibles, transporte y crédito. Las tensiones geopolíticas afectan el comercio, la migración y la seguridad. La crisis climática golpea nuestras cosechas, nuestras fuentes de agua y nuestras comunidades rurales. También toca la mesa del campesino, el bolsillo del trabajador y la esperanza de la juventud.
El desorden global debe detenerse antes que la fuerza bruta sustituya al derecho, antes que la economía sirva únicamente al poder, antes que el comercio pierda su ética y antes que la humanidad destruya la creación que Dios le confió.
Para frenar el desorden global se necesita reconstruir una ética internacional basada en justicia, verdad, respeto, cooperación, protección de la naturaleza y la defensa de la dignidad humana. Entender que ningún imperio, mercado o ejército podrá garantizar la paz si el corazón humano continúa gobernado por codicia, arrogancia y odio.
El poder sin moral termina siendo un abuso. La tecnología sin conciencia termina siendo una amenaza. La economía sin justicia termina siendo explotación. Y la política sin Dios termina en desorden. Queda planteado.