Fidel y Honduras: una solidaridad que viene de lejos

El volumen de la ayuda y el interés mostrado por Castro tras el Mitch revelan una relación histórica de largo aliento entre Cuba y Honduras

  • Actualizado: 13 de agosto de 2026 a las 00:00

Las llamadas desde La Habana a Tegucigalpa eran constantes y podían irrumpir a cualquier hora. En ese ambiente de tensión, Rubén Chávez, encargado de la Oficina de Intereses del Gobierno cubano en Honduras, modificaba su conducta habitual: de hombre sereno y comunicativo pasaba a mostrarse inquieto, siempre atento al teléfono. En una ocasión, tras recibir una llamada del comandante Fidel Castro, nos pidió guardar silencio. Luego explicó que el jefe de Estado cubano solicitaba información precisa sobre los efectos del huracán Mitch en el país.

La solidaridad cubana no se limitó al envío de brigadas médicas. El 15 de noviembre de 1998, cuando los daños del Mitch todavía se evaluaban, Fidel Castro anunció la creación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM). En su primer año, desde Honduras viajaron 250 jóvenes, seleccionados en distintas regiones para formarse como médicos. Con el tiempo, más de 1,250 hondureños han pasado por sus aulas; muchos concluyeron sus estudios como médicos generales y la mayoría accedió a programas de especialización.

El volumen de la ayuda y el interés mostrado por Castro tras el Mitch revelan una relación histórica de largo aliento entre Cuba y Honduras. Esa relación se remonta al siglo XIX, cuando Cuba inició en 1868 -bajo la dirección de Carlos Manuel de Céspedes- su lucha por la independencia del dominio colonial español. La guerra duró diez años y terminó en derrota, pero dejó una generación de combatientes experimentados y una intelectualidad sólida.

En esos mismos años, Honduras vivía un proceso reformista encabezado por Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa. El país enfrentaba un atraso estructural: economía débil, fronteras imprecisas, territorio fragmentado e instituciones precarias. Conscientes de esas limitaciones, Soto y Rosa invitaron a los luchadores cubanos a establecerse en Honduras para contribuir al desarrollo nacional. Así llegaron figuras como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Eusebio Hernández y Flor Crombet. Buena parte del estado mayor de la lucha independentista cubana se trasladó al país, aportando conocimientos militares, administrativos y académicos.

Cuando estos patriotas regresaron a Cuba para organizar, junto con José Martí, la “guerra necesaria” de 1895, el gobierno hondureño les brindó todo el apoyo posible dentro de las limitaciones de un país pobre. Ese vínculo histórico, tejido entre luchas emancipadoras y proyectos reformistas, explica en buena medida la atención que Fidel Castro prestó a Honduras en momentos críticos.

Recordar esta relación en el centenario del nacimiento de Fidel Castro no es un gesto ceremonial, sino un ejercicio de rigor histórico. La solidaridad cubana tras el desastre no puede aislarse de un proceso político que articuló proyectos, imaginarios y lealtades entre dos pueblos sometidos a presiones externas y disputas internas. Ignorar esa trama es reproducir lecturas mutiladas que favorecen la desmemoria como herramienta de poder. Y la historia, igual que la naturaleza, termina cobrando factura a quienes pretenden violentarla.

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