Estimado..., ¡no gracias!

El abuso de la palabra “estimado” durante una llamada de telemarketing llevó al autor a cuestionar cómo ciertas expresiones pueden vaciar de sentido la cortesía

  • Actualizado: 08 de mayo de 2026 a las 00:00

Esta semana recibí una llamada telefónica, de esas que quisiera no haber tomado. No se trataba de una comunicación con malas noticias o del recordatorio de una fecha fatal de pago, tampoco era un despistado que había marcado por error a un número equivocado ni la oferta de un producto cuyo auspiciador había obtenido mis datos de contacto personales. Solo recuerdo que se trataba de una voz femenina que, con apuro y fingida afabilidad, me enlistaba todas las propiedades de un producto bancario que ya tengo. Por cortesía, no corté la comunicación ni interrumpí a quien la hacía, pero... escuché más del tiempo necesario y he ahí la razón de mi arrepentimiento.

Los periodistas que me han entrevistado y otro tanto de personas a quienes lo he confiado, saben que, de todas las formas de trato “respetuoso” que acostumbran en abusar comunicadores, agentes de venta u operadores de “telemarketing”, experimento un especial desagrado por aquella que utiliza la expresión “estimado” como fórmula de cortesía para sustituir el nombre o esos otros apelativos amables que se estilan en estas circunstancias (como señor, don, “joven” y hasta “amigo”). Normalmente empleado en el lenguaje escrito (formal o informal), este adjetivo se debe combinar con un nombre de pila, título o cargo, para denotar valoración, respeto, profesionalismo, afecto y cercanía hacia el individuo al que se dirige. Si bien es considerada una de las formas de salutación más segura y utilizada (y hasta desfasada) no es un uso apropiado el hacerlo en solitario y como sustituto del nombre o posición del destinatario.

Hecha la anterior aclaración, retorno a la llamada: la afanada mujer que estaba “al otro lado de la línea” me dijo al menos unas dos (¿o fueron tres?) docenas de veces “estimado”, como muletilla exclusiva e irrenunciable, a tal punto que perdí la noción del tiempo que duró la llamada y sus mensajes principales. Desprovista de dones comunicacionales básicos y haciendo una lectura tanto mecánica como “desalmada”, la señora explicaba y reiteraba mis inequívocas cualidades como cliente, a la vez que intercalaba “estimado” en cada pausa de respiración que hizo durante el tiempo que transcurrió aquel improvisado perifoneo mutado en tortura auditiva.

Nadie le dijo a la dama que, para humanizar la comunicación, realzar la dignidad del interlocutor y ser lo más cálido posible, el autor Norman Vincent Peale (“El poder del pensamiento positivo”, 1952) recomendaba utilizar y recordar el nombre de pila regularmente para mejorar las relaciones interpersonales. Por su parte, el famoso Dale Carnegie (“Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, 1936) afirmaba que usar el nombre de una persona es un principio básico de cortesía y respeto; su famosa frase “el nombre de una persona es, para esa persona, el sonido más dulce e importante en cualquier idioma”, es recordada frecuentemente por quienes promueven sus enseñanzas sobre liderazgo y autoconfianza. Mucho por aprender para ella y nada más que decir, “estimados”

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