Nada es eterno en la vida de las naciones. Todo imperio tiene un momento de inicio y una fecha de caducidad. Por eso, la consigna de Donald Trump en la campaña electoral, de que “Estados Unidos vuelva a ser grande”, es el reconocimiento de los problemas económicos, sociales, políticos y culturales por los cuales atraviesa ese país.
Recuérdese que Estados Unidos entró a la condición de un país con características imperiales a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, luego de una situación de crisis a los límites expansionistas internos del capitalismo, lo que provocó una crisis de sobreacumulación en la que fueron a la quiebra miles de empresas, generando desempleo y pobreza, provocando con ello la necesidad de abrir las fronteras para convertirse en un país exportador, con una política de mercados abiertos hacia el exterior, especialmente a América Latina y Asia.
La guerra hispano-norteamericana representó el fin del dominio español en América, al tiempo que formalizó a Estados Unidos como la nueva potencia dominante sobre el Caribe. En esta guerra, Estados Unidos impuso a Cuba a una situación de seudorrepública, quedándose con parte de su territorio, del cual, todavía ejercen control sobre Guantánamo. Puerto Rico era otra isla en disputa que quedó bajo el dominio de Estados Unidos.
Estados Unidos, después de haberse convertido en una potencia imperial, aplicando diferentes modalidades intervencionistas, incluyendo las acciones militares y apoyo a golpes de Estado, fue un factor clave para entender la inestabilidad política y económica de la región.
La lista sería interminable, para citar algunos casos, derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954), la invasión contra Cuba (1961), Golpe militar en Chile (1973) y la invasión a Granada (1973).
En el desgaste de los imperios, el sostenimiento de su dominio requiere recursos y en algún momento surgen formas de gobernar y de hacer política que se convierten en contrapeso que los debilita.
En la actualidad, Estados Unidos atraviesa por una coyuntura muy compleja; una deuda externa que está llegando a los 36 billones de dólares, un comercio deficitario con la mayoría de las naciones, inflación y unos problemas sociales que agobian el normal funcionamiento de las tradiciones de esa sociedad.
No es extraño que, en el programa de gobierno de Trump, se esté apelando a las tradiciones familiares, al oponerse al cumplimiento de la agenda 2030 que le abre las puertas a la ideología de género, esto entrará en choque con algunos gobiernos de Europa que apoyan políticas de población en las corrientes filosóficas de la doctrina de la percepción.
Por ahora algunos planteamientos de Trump no resultan claros, incluso contradictorios y hasta dañinos para países como Cuba, a la cual, después de habérsele suprimido la resolución de ser patrocinadora del terrorismo, el nuevo inquilino de la Casa Blanca, el mismo día de ascenso al poder, le revierte esa ignominiosa designación.