Honduras necesita reencontrarse consigo misma. La división se ha convertido en nuestra forma de relacionarnos. Todo nos separa. Todo se confronta. Todo se descalifica.
La diferencia de opinión ha dejado de verse como una riqueza democrática para convertirse, con demasiada frecuencia, en motivo de insulto, injuria y hasta calumnia.
La polarización destruye todos los espacios. Existe una micro polarización dentro de los propios partidos políticos, donde las luchas internas impiden la construcción de propuestas para el país. Y sufrimos una macro polarización entre el Gobierno, la oposición, empresariales y otros actores.
En medio de ese permanente enfrentamiento, quien termina perdiendo es Honduras.
¿Cómo progresar cuando la confrontación sustituye al diálogo?.
En las democracias fuertes las diferencias se discuten con respeto, en el marco de la ley y por el bien común. El pluralismo no es amenaza, es fortaleza.
Tenemos una responsabilidad: rechazar el odio y la mentira como instrumentos políticos. Verificar la información antes de compartirla, debatir ideas sin atacar personas y comprender que quien piensa distinto no tiene que ser enemigo.
La patria se construye con tolerancia Los partidos políticos, como intermediarios entre la sociedad y el Estado, tienen el deber de abandonar el manejo de la descalificación permanente y recuperar el de las propuestas.
Su misión no es profundizar las fracturas nacionales, sino ofrecer soluciones que unan a los hondureños alrededor de objetivos comunes: seguridad, empleo, educación, salud, inversión y justicia.
El Gobierno debe liderar con grandeza. Gobernar exige puentes, diálogo. No se poseen todas las respuestas.
La oposición debe ejercer crítica firme pero responsable, acompañando lo que beneficie nuestro país y señalando lo que no.
La unidad nacional no es uniformidad ni renuncia a las convicciones. Significa que se reconoce un interés superior a los de partidos, ideología o cacicazgos: Honduras, hay que enderezar el camino.