Todavía reverenciamos haber alcanzado los últimos vestigios de un periodismo de rigor en el que decir lo más cercano a la verdad y escribir bien tenían valor. La irrupción de las redes sociales desenfrenó las noticias falsas, el sensacionalismo y la posverdad y, de paso, arrastró la credibilidad de la prensa tradicional. El mundo informativo que conocíamos desapareció.
Debió ser interesante hacer periodismo en la segunda mitad del siglo pasado, aunque también el mundo era una porquería -hasta lo cantaba Discépolo-, y no imaginen el cliché del periodista al fondo de un bar, entre humo y alcohol revisando notas, varios sí; pero la mayoría eran meros intelectuales, algunos afanados con la poesía de Eliot, la escritura de Pérez Galdós o inquietos por Marcuse. Lo sé por algunos de sus libros entusiastas. Estos periodistas no querían figurar en la televisión ni producir contenido, hacerse famosos, ganar clics y “Me gusta”, y todo ese rollo de ahora. Ninguno era Clark Kent ni Peter Parker. La mayor aspiración era publicar una obra. Quizá por esto surgió el periodismo riguroso: contrastar la información, confirmar, verificar, y antes de publicar pasaba varios filtros, que dejaban textos antológicos de una envidiable redacción y profundidad.
Es verdad que los periodistas eran entonces escritores, poetas, académicos, de ahí la cuidada edición, la cultura y la investigación. No todo era perfecto, también había sensacionalismo, monopolio, censura y sesgo ideológico, a veces imperceptible por la redacción artesanal. Pero estas fueron las premisas que crear escuelas de periodismo y llegaron a nosotros en la universidad. Así fue hasta finales de los años 90, cuando internet y sus redes sociales envolvieron el planeta entre cosas buenas y alguna maldad insolente.
Los analistas creyeron que las redes democratizarían la información, quitarían el control a los medios tradicionales y, ya ven, ha sido un desastre de desinformación, una espantosa ensalada de mentiras, acusaciones, insultos, y sólo de vez en cuando alguna noticia veraz y valiosa. Ese odio enriquece a Google, a Meta, acaparando la publicidad en perjuicio de la prensa mundial.
Ahora, cualquiera con un teléfono y un microfonito va por ahí tendencioso y prejuiciado fingiendo periodismo, sin conocimiento del oficio ni de cultura general, y sube cualquier necedad -hasta con mala ortografía- para ganar seguidores y el dinero que se pueda. También hay incontables páginas web que simulan periódicos, algunas manipuladas y malintencionadas por periodistas o activistas políticos.
Este domingo es el Día del Periodista Hondureño, que se balancea entre el sangramiento de las redes y la confrontación política. El periodismo no ha muerto, pero deberá adaptarse a la era digital, ojalá que sea recuperando la profundidad, la verificación, la ética, la cultura. Que termine la crisis económica mundial de los medios.