“El Salvador bajo alerta: calor sofocante, se advierte de temperaturas de hasta 42º C”; “Tercera ola de calor en México deja decenas de muertos y colapsa sistema eléctrico en 18 estados”; “Calor extremo en Guatemala: niveles récord mientras la sequía golpea la canasta básica”; “Salud Pública emite recomendaciones ante ola de calor persistente” (República Dominicana); y “Efecto de El Niño se intensifica: escasez de agua y temperaturas récord ponen en jaque la generación eléctrica en el país” (Costa Rica).
A estos titulares de prensa de los últimos días en la región más golpeada, por ahora, de nuestro hemisferio, habría que agregar este otro que muestra la magnitud del problema: “Océanos rozan récords de calor”, una advertencia que lanza el observatorio climático europeo Copernicus, en referencia a lo que viene sucediendo por el llamado “Fenómeno del Superniño”.
Una noticia que conmociona o impacta, es la de dos niñas mexicanas de San Luis Potosí –de 3 y 5 años– que murieron a causa del golpe de calor y deshidratación severa. Estos son hechos reales, son noticias confirmadas, no la desinformación que tanto confunde por medio de las redes sociales.
No se trata de predicciones apocalípticas ni dramáticas. Son hechos, basados en lo que marcan los termómetros –hasta 48º C en algunos lugares–, con pérdida de vidas, cosechas y colapso de sistemas de electricidad, entre otros efectos que, en este momento, golpean a más de 226 millones de habitantes.
Hace exactamente dos décadas (2006), el exvicepresidente estadounidense Al Gore produjo una documental titulada “Una verdad incómoda”, con la cual pretendía dar una voz de alerta a la humanidad, denunciando la inacción política para sensibilizar sobre el cambio climático y el calentamiento global, a la vez que anticipaba las consecuencias catastróficas si no se hacía algo significativo para detener el deterioro ambiental.
Poco se ha hecho sobre el particular en estos veinte años. Hasta el Acuerdo de París, que pretende normar para lograr la estabilización de la temperatura del planeta y fue visto como esperanzador por su ambiciosa meta de alcanzar la neutralidad climática para mediados de siglo, pronto se ha visto estancado o debilitado por la salida de los Estados Unidos de Donald Trump, uno de los activistas más fervientes en contra de la protección ambiental.
Tengo la impresión de que en aquel no tan lejano 2006, cuando Al Gore alzó su voz ambiental con autoridad, se podía encontrar a lo largo y ancho del planeta fuertes movimientos ambientalistas. En las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI, esos movimientos se han debilitado, o se han institucionalizado tanto que han perdido algo de su autoridad moral.
Greenpeace, WWF, CI o UICN, entre otras, siguen siendo voces globales, pero su activismo es menos poderoso. Lo mismo ha sucedido con organizaciones nacionales, vinculadas cada vez más con lo que podríamos considerar el “establishment” político, por lo que sus voces se ven bastante neutralizadas. A ello hay que agregar otro ingrediente que se ha vuelto vital en estos días: la desinformación.
En las redes sociales proliferan teorías conspirativas que afirman que el calor es “es inducido artificialmente para controlar la economía”, entre otras muchas mentiras que pretenden desacreditar la postura de las corrientes ambientalistas.
En enero pasado se reunió el Foro Económico Mundial en Davos, con la participación de más de 3,000 lideres globales –jefes de Estado, magnates, y personajes de primer orden y capacidad, casi todos conservadores–, quienes concluyeron que los dos desafíos más graves que debe enfrentar la humanidad en los próximos años, son: 1) la desinformación; y 2) el cambio climático, con el calentamiento global.El problema es que los políticos –gobernantes– no han visto la necesidad de incluir el tema ambiental en sus programas de desarrollo.
Incluso hay quienes hacen lo contrario: encabezados por Trump, aseguran que lo que hay que hacer es desarrollar, desarrollar, perforar y extraer, extraer, sin reconocer que, si no se detiene la emisión de gases de efecto invernadero, ese calentamiento que hemos visto que avanza y sube año con año, terminará por asfixiarnos.
El drama hemisférico es tal, que la Amazonia, considerada “pulmón de oxígeno”, pronto podría ser un emisor de carbono. Quienes creen que el tema ambiental y el desarrollo compiten, necesitan entender que no se trata de que uno u otro prevalezca, se trata simplemente de proteger el planeta para nuestros hijos, nietos y demás generaciones.
Los líderes mundiales, muchas veces, ignoran el tema. Así ocurrió esta semana en Washington, en donde Donald Trump y Lula da Silva se reunieron para limar asperezas. En una “maravillosa reunión”, simplemente ignoraron el tema ambiental, que para Brasil debiera ser prioritario.
El “ambientalista” Lula se conformó con las sonrisas y apretones de mano, para hablar de temas comerciales y de seguridad.Sin agenda ambiental auténtica, el mundo marcha a la deriva... aunque sea una verdad incómoda.