El huracán es una fuerza destructiva contra la que poco se puede hacer: arranca árboles, destruye infraestructura vieja e incluso altera la geografía. Deja destrucción a su paso, aunque en el centro de ese poderoso fenómeno natural –el ojo del huracán– se siente una calma engañosa que contrasta con todo lo que sucede a su alrededor.
Todos sabemos que los meteorólogos sufren para predecir el rumbo exacto de un huracán, y muchas veces se sorprenden porque pasa de categoría 2 o 3 a categoría 5, mientras cambia de rumbo, todo de forma imprevista. ¿En qué se parece esto a lo que vive el mundo hoy en día?
Sigo con interés la política internacional desde allá por los años 70. He visto actuar de fuertes líderes mundiales que dominaron el escenario internacional como Richard Nixon, el alemán Willy Brandt, Margaret Tatcher, Ronald Reagan, Leonid Bréshnev, Mao Zedong, Mijaíl Gorbachov y, en nuestro continente a dictadores como Fidel Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega.
Se podría decir que todos ellos fueron una especie de fuerza natural que conmovía al mundo con noticias de impacto... pero nunca tantas y tan profundas como las que provoca –a diestra y siniestra– Donald Trump, el cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos.
Lo de Trump puede clasificarse de “insólito”. Es un auténtico huracán que tiene una fuerza indomable y cambia de rumbo constantemente. Parece un experto en partidas de ajedrez simultáneas, porque juega con fuerza contra los migrantes, dispara aranceles, destartala e irrespeta a los organismos internacionales y sus reglas –incluyendo la justicia–, y se da el lujo hasta de insultar o menospreciar a sus aliados, no digamos a sus enemigos, a quienes estigmatiza con calificativos de lo peor.
En las últimas dos semanas, este “Huracán Trump” ha estado en el centro de las noticias casi a diario. En el plano doméstico no le ha ido del todo bien –de hecho, está muy golpeado–. Primero, fallos en su contra de la Corte Suprema de Justicia –que no aceptó que niegue la nacionalidad estadounidense a los niños nacidos en el país, aunque sus padres estén de forma irregular–, y luego una celebración de los 250 años de independencia de EEUU, conmemoración que mostró la gran división y confrontación que el presidente ha provocado en la sociedad del que fuera un país unido hace dos siglos y medio.
Pero peor que eso ha sido el escándalo causado por las propias declaraciones financiera de la Casa Blanca, que muestran que Trump obtuvo ganancias superiores a los US$1,200 millones en el mercado de criptomonedas, operando en una “industria” que su administración se ha encargado de desregularizar.
Por si eso fuera poco, los fondos de inversión de Trump realizaron más de 3,600 operaciones bursátiles en solo tres meses, moviendo ciento de millones de dólares. Esto no solo es extraño para un presidente en funciones, sino que se ha visto una precisión quirúrgica para realizar compras masivas de acciones tecnológicas, petroleras y de defensa, ejecutadas apenas horas antes de que Mr. President anunciara pausas en aranceles o treguas militares en Oriente Medio, hechos que alteran la bolsa de valores.
Este uso de información privilegiada ha empezado a pasarle factura por ser un acto de clara corrupción. Según una encuesta de The Economista (Reino Unido), el 21% de sus simpatizantes desaprueba este comportamiento.
Pero esas noticias solo sirvieron para que Trump se activara como huracán y se trasladara a Ankara para la cumbre de la OTAN, a la que llegó para dar una sarta de regaños, hacer criticas fuertes a sus aliados por no apoyar la guerra contra Irán –por cierto, reactivada en los últimos días... ¿movió algo en la bolsa?–, y mostrarse como el líder implacable que llegaba a poner orden en la casa.
Insultos para España, vuelta a exigir que Dinamarca permita que Groenlandia esté bajo mando estadounidense, y reclamos directos o velados hacia Alemania, Francia e Italia no faltaron, por más que con una frase intentó cerrar positivamente un capítulo más bien controversial: Si hay una palabra que define lo que pasó hoy, es: unificación, dijo antes de volver a Washington en un vuelo alterado por el cambio de un Air Force One a otro, por supuestas amenazas contra su vida por parte de Irán. Un buen show para que el huracán siga llamando la atención pública.
Pronto lo veremos como salvador de los venezolanos tras los recientes terremotos, o impulsando su guerra en Oriente Medio, para luego buscar una salida negociada y presentarse como amante de la paz.
Lo cierto es que, mientras el huracán va y viene, destruye aquí y allá, sacude Wal Street como jugador estrella y remodela la Casa Blanca y monumentos de Washington, la tendencia es que pierde simpatizantes y antiguos trumpistas son cada vez más críticos de las acciones bursátiles, decisiones arancelarias o del impulso a sus guerras. Esas decisiones que salen del Despacho Oval como disparos intencionales, causan más incertidumbre que aplausos.