Hay países que se miden por su producto interno bruto. Honduras se mide de otra manera: por el precio de la canasta básica en el mercado, por el pasaje del bus, por el galón de combustible y por la angustia de la madre de familia que hace malabares con las cuentas frente a la señora que vende las tortillas.
Esa estadística no la publica el Banco Central de Honduras (BCH), pero tal vez sea la más honesta de la crisis. Los economistas del Foro Socia de Deuda Externa y Desarrollo de Honduras (FOSDEH) arrojan datos duros: el costo de la vida está limitando las compras de las familias y golpeando a los negocios. La inflación interanual de agosto fue de 6.20 %, según el BCH. Asimismo, el informe Estado País 2026 estima que el alto costo de la vida afecta a 800 mil hogares.
No es que nadie haya avisado. El Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP) ya advertía que la inflación estaba siendo impulsada por el alza de los combustibles y el encarecimiento de la canasta básica.
En buen castellano: cuando sube la gasolina, aumenta el costo de mover las cosas, se encarece el transporte y la presión termina trasladándose al precio de los alimentos. El problema es que esa cadena funciona siempre en la misma dirección: el aumento comienza arriba y termina abajo, en el bolsillo de quien tiene menos margen para absorberlo.
Mientras los hogares se ahogan, el Gobierno anuncia con orgullo más inversión extranjera. Por supuesto que la inversión importa, pero el dato duro dice otra cosa: la inversión extranjera directa sumó 213.4 millones de dólares entre enero y marzo de 2026, un 27 % menos que los 292.3 millones registrados en el mismo período de 2025.
Y ahí llegamos al problema que verdaderamente importa: el empleo que no llega. Llevamos años escuchando las mismas recetas y seguimos sin resolver una pregunta elemental: ¿por qué resulta tan difícil producir en Honduras?
Hace tiempo hubo quien dijo -y la frase sigue vigente- que es más fácil importar que producir en Honduras. Lo impresionante es que lo dijo un productor, no un economista de escritorio. Basta mirar las condiciones en las que trabaja quien produce para entender por qué la frase sigue teniendo sentido.
Los números de las exportaciones también deberían hacernos pensar: las de aceite de palma cayeron 20.2 % en 2024 y las de camarón 16.2 %.
Entonces, lo obsceno no es la crisis, sino la desigualdad del sacrificio. Unos viven el ajuste en el estómago; otros lo administran desde el lujo de las oficinas estatales. Unos preguntan cuánto cuesta la libra de arroz; otros preguntan cuánto cuesta el contrato.
No pedimos milagros. Pedimos lo elemental: protección real al ingreso de las familias, crédito acompañado de asistencia técnica para quien produce e infraestructura que permita sacar la producción y competir.
La estabilidad de Honduras no debería descansar sobre el aguante pacífico de su gente. Exigir un cambio de rumbo no es pedir milagros económicos. Es reclamar algo mucho más básico: el derecho a vivir del propio esfuerzo, a producir con garantías y a que el Estado deje de ser un espectador -o un obstáculo- frente al sufrimiento de sus ciudadanos.