Se dice mucho en internet, sobre todo en redes sociales, que hace algunos años los hondureños, por lo menos aquellos a quienes nos gusta el fútbol, nos despertábamos muy temprano los domingos, el día en el que usualmente nos podemos quedar en la cama hasta un poco más tarde, para ver jugar a David Suazo, Rambo de León y Edgar Álvarez en la Serie A italiana.
Lo mismo los sábados para ver a Wilson Palacios y Maynor Figueroa, entre otros, en la Premier League de Inglaterra, para algunos la mejor liga del mundo. Nos “preocupaba” (nótense las comillas, por favor, es solamente una forma aproximada de decirlo) cuando no les iba muy bien, cuando se quedaban en la banca, cometían un error o su juego no era el mejor.
Y esencialmente seguimos a cualquier hondureño que haga algo bien en este deporte, en otro o en cualquier otro ámbito. Nos invade, digamos, un extraño orgullo, que configura parte de nuestra identidad nacional. Nos gusta ver a nuestro país liderando un ranking regional o mundial (positivo), no importa de lo que sea.
Creo que percibimos que en esa persona o institución que nos representa hay algo de nosotros y nos hace sentir bien, y tal vez que las cosas son un poco más posibles, solo porque nos fue bien (quiero comentar que mientras escribía me salió “nos” en lugar de “les”: sentido identitario). Quizá no sería descabellado pensar en una mejor autoestima, tanto individual como colectiva.
Lo que siempre me ha parecido muy curioso es que ese orgullo brota cuando los logros se dan en el extranjero, y entiendo que es una conducta general, es decir, no es exclusiva de nosotros los hondureños. Es más, diría que es hasta una conducta humana.
Siento que en el caso de los hondureños siempre pensamos en que vivimos en un país con muchas adversidades, y por eso valoramos tanto lo que logran nuestros compatriotas en el extranjero. Pero para mí hay dos hechos importantes que quisiera resaltar al respecto de lo que he comentado.
El primero es que para validar nuestras acciones es necesario compararse con lo que sucede más allá de nuestras fronteras. Esta es una idea que aunque no la percibo como nociva, sí es necesario ser cautelosos con ella, porque si se da de manera generalizada o absoluta, la aceptación de nuestra identidad podría estar condicionada por unas variables que no son las correctas.
Pero el más importante para mí es el segundo hecho: esa alegría que sentimos cuando un hondureño tiene un logro en el extranjero, incluso esa empatía cuando se trata de algo no tan positivo o enteramente trágico es un indicativo de que sí existe en nosotros un sentido identitario.
Insisto, es algo que hay que traer a nuestro terreno, a lo que sucede de las fronteras para acá. Los logros de aquí adentro también son logros.
Entonces, allá donde haya un hondureño o una hondureña nos alegraremos con sus alegrías y tendrá compañía en sus tristezas, sea deportista, artista, modelo, de la academia, del empresariado o un obrero u obrera. Creo que ese es el verdadero sentido de la identidad. Si no entonces, ¿para qué sirve?
Por último, otro hecho es que estas alegrías (y a veces tristezas) nos hacen parecer uno solo, no por iguales o uniformes, sino porque parece que nos entendemos, y entendernos es mucho de lo que nos hace falta en este país.